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sábado, 6 de junio de 2009

Harry Potter y la revolución escatimada (IV)


Por Tania Quintero


Tensos fueron también los días por desbancar a David Salvador y su grupo de la dirigencia de la Confederación de Trabajadores de Cuba, cuya sede central quedaba muy cerca del periodico Hoy. En el centro de aquellas pugnas estaba Lázaro Peña, finalmente elegido secretario general de la CTC.

Lázaro tenía una voz ronca, no acorde con su carácter alegre y su sonrisa Colgate. Como casi todos los comunistas de la época, se vestía con guayaberas, de mangas largas o cortas, y cuando la ocasión lo requería, de traje, con cuello y corbata o sólo con el saco.

Desde la década de 1940, la clase obrera había tenido en Lázaro su mayor representante. No fue el único: estaban también Aracelio Iglesias, portavoz de los portuarios, y Jesús Menéndez, líder de los azucareros. A los dos los conocí, a los dos los asesinaron en 1948.

El 22 de enero, cuando descendía de un tren en la estación de Manzanillo, a 800 kilómetros al este de La Habana, dispararon hasta acabar con la vida de Jesús Menéndez, al frente de la poderosa FNTA (Federación Nacional de Trabajadores Azucareros) y tratar así de detener importantes reivindicaciones conseguidas por Menéndez, como el llamado diferencial azucarero: al aumentar los precios de los productos estadounidenses importados por Cuba, los americanos se vieron obligados a elevar sustancialmente el importe del crudo cubano. En 1947 el diferencial alcanzó 37 millones de pesos, de los cuales 29 millones correspondieron a los trabajadores azucareros.

El 17 de octubre de 1948, Aracelio Iglesias fue acribillado a balazos mientras se encontraba en la sede del sindicato portuario, en la calle Oficios, Habana Vieja. Pistoleros pagados por compañías navieras foráneas a las cuales Aracelio se había enfrentado para conseguir mejores salarios y condiciones laborales, sobre todo después que fuera elegido secretario general de la Federación Obrera Marítima Nacional, decidieron eliminarlo del mismo modo gangsteril como ocho meses atrás habían eliminado a Jesús Menéndez.

La tercera esposa de Lázaro fue Zoila, más conocida por su nombre artístico: Tania Castellanos. Lázaro combinaba muy bien su faceta de dirigente político y obrero con la música y la vida cultural. En los primeros tiempos los Peña vivieron en el edificio Areíto, en Infanta y Manglar. Más de una vez, cuando Adalberto, el chofer, me llevaba o traía de su casa, coincidí con Bola de Nieve, vecino del inmueble. Lo recuerdo siempre impecable, gentil, con un paraguas negro. Otras veces lo ví caminando por Infanta y tengo la impresión de que siempre fue a pie al Monseñor, restaurante donde cada noche actuaba. Servían buena comida y tenía un bar acogedor, pero lo que realmente valía era disfrutar de Bola de Nieve tocando el piano e interpretando Vete de mí, Chivo que rompe tambó, Si me pudieras querer... Cualquier canción en su voz era un regalo. No ha nacido otro como él ni como Benny Moré, a quien mi padre nunca me dejó ir a ver actuar al Ali Bar. Decía que ése "no era sitio para señoritas".

Tania Castellanos y Lázaro Peña tenían muchos amigos en el mundo artístico, uno de los más allegados fue Pacho Alonso. Ya desde que el PSP fundara la emisora Mil Diez, en la década de 1940, la vinculación de los comunistas cubanos con la música, el arte y la cultura fue muy destacada. Lázaro era un negociador innato. Buena parte de la dictadura de Batista la había pasado primero en Praga, en la Federación Sindical Mundial, y después en México, en otra misión del partido. Sus más cercanos colaboradores fueron Carlos Fernández R. y Rafael Ávila, sindicalista de buenos modales, pero Carlitos -como le decíamos a Fernández- era más ácido que un limón criollo. Tan berrinchoso como él eran los hermanos Escalante, enérgicos y nerviosos. Carlos Rafael, no tan pesado como prepotente: él sabía que sabía.

Los mas caballerosos: Salvador García Agüero, Juan Marinello y Fabio Grobart. Los más campechanos: Severo Aguirre, Antero Regalado, Ramón Monguito Calcines y, por supuesto, Blas Roca. el "tío Paco".

No sé cómo (me lo imagino) los del PSP se enteraron muy pronto de que los americanos nos iban a quitar la cuota azucarera y a continuación vendría una represalia (aún sin nombre, después sabríamos que se trataba del embargo decretado en marzo de 1962, aún vigente). Y allí me fui yo otra vez, a la oficina de Blas, ahora a mecanografiarle a Carlos Rafael tablas con decenas de cifras. Tenía que hacerlo con las hojas apaisadas, usando todo el tiempo el tabulador. El destinatario no lo sabía: también me lo imaginaba. Lo mío era ver, oir, mecanografiar y callar.

Los trajines de Joaquín Ordoqui y Osvaldo Sánchez pasaban por el verde olivo, por las nacientes Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior. Flavio Bravo y César Escalante tuvieron activa participación en la creación de las milicias. La ley de reforma agraria y la creación de la Asociación Nacional de Pequeños Agricultores fueron tamizados también en el colado pesepesiano. Los experimentados en el tema agrícola eran Romárico Cordero, José "Pepe" Ramírez, Antero Regalado y Severo Aguirre. De la vieja guardia provinciana, los más recordados son Juan Taquechel, de Santiago de Cuba, y Gilberto del Pino, camagüeyano. De los poetas, Nicolás Guillén, miembro del comité nacional del PSP, y el manzanillero Manuel Navarro Luna.

Cuando la extraña desaparición de Camilo Cienfuegos, en octubre de 1959, Navarro Luna estaba en La Habana. Por aquellos días me encontraba trabajando en la oficina de Lázaro, una de las más amplias y cercana a la entrada: era la más visitada. Una mañana vino Navarro Luna y me pidió que le pasara en limpio un poema que acababa de componer. Me dio el papel y cuando terminé, lo declamó. Lo más impactante para mí era aquella estrofa: "Tienes que estar muerto, tremendamente muerto, Camilo...". El poema apareció al día siguiente en el periódico Hoy. También el órgano del PSP publicaría la poesía que a Camilo le dedicara Guillén, mulato camagüeyano, irónico y peculiar.

Del ahora mítico Che Guevara mis primeras impresiones fueron las de una piedra en el zapato. Para referirse a él le llamaban "el argentino", no por desprecio nacionalista, sino como una forma de distinguirlo. Siempre que algo se estaba adobando o a punto de ir a la candela, aparecía una opinión distinta, la del Che. Por ello no es descabellado pensar que pronto la dirección máxima de la revolución quisiera deshacerse del atravesado argentino. Su paso por la revolución cubana fue breve, pero intenso: de 1956 a 1965. Nueve años.

(Continuará)

Foto: Lázaro Peña (izq.) con el Ministro del Trabajo, mayo de 1945. Ed Clark, revista Life.

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