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lunes, 23 de enero de 2017

Memorias al rojo vivo (III y final)


Debido a un manuscrito crítico sobre el centralismo de Estado predominante en el país, había sido encarcelado y condenado a 8 años de cárcel por “propaganda enemiga” bajo acusación de “revisionista de izquierda”. Luego había conocido en la prisión Combinado del Este a Ricardo Bofill, antiguo miembro del Partido Socialista Popular (PSP), condenado anteriormente en la famosa causa de la Microfracción. Ahora, en octubre de 1983, en su tercera prisión por sus denuncias enviadas a la comunidad internacional, me había ofrecido sus recursos para sacar una información sobre el caso de un compañero incomunicado en las peores condiciones y habíamos firmado ambos con nuestros nombres verdaderos el documento que luego circularía en el exterior del país y que llevaba, como apéndice, la noticia de la existencia en Cuba del primer comité de derechos humanos.

Inmediatamente envió un mensaje a la prisión de Boniato a Elizardo Sánchez, y luego se comunicó con Gustavo Arcos Bergnes, asaltante del Cuartel Moncada, incomunicado en Los Candados, calabozos de los sótanos del edificio 3 donde estábamos recluidos. Gustavo era uno de los hombres más idealistas y puros de la historia insurreccional. Había quedado cojo por una bala en la columna durante el ataque al Moncada, fue fundador del Movimiento 26 de Julio en Las Villas y uno de los principales organizadores de la expedición del Granma, en la que no se le permitió embarcar por su defecto físico y quedó al frente del movimiento en México. Desde ese país enviaría cargamentos de armas a la Sierra Maestra. Tras la caída de la dictadura fungió como embajador de Cuba en Bélgica. Pero sus discrepancias con el nuevo modelo instaurado en Cuba lo llevaron por dos veces a prisión. En los años 90 hasta su muerte, se convertiría en la figura más emblemática del Movimiento de Derechos Humanos en Cuba.

En muy pocos días, un pequeño grupo de media docena de hombres constituiría el núcleo original de donde surgiría, con los años, el amplio diapasón de organizaciones del movimiento disidente integrado por miles de hombres y mujeres en todo el país. La represión no se hizo esperar. Bofill fue incomunicado casi inmediatamente y toda la guarnición militar en un operativo devastador en todo el piso 4, habitado por presos políticos, arrasó con bolígrafos, lápices, plumas, cuadernos, libros y hasta el más mínimo pedazo de papel, lo cual nos dejó arrinconados y reducidos casi a nada, entre la represión policiaca y una población penal que nos veía como causantes de su actual infortunio.

La versión gubernamental sobre los llamados disidentes, o como se diría luego en la calle, “la gente de los derechos humanos”, sería la de “elementos contrarrevolucionarios” alentados y pagados por el imperio para socavar los cimientos de la Revolución. Pero al menos puedo afirmar, categóricamente, que los que comenzamos en prisión ese movimiento, no sólo no recibíamos paga de nadie, sino que estábamos prácticamente desnudos y a merced de la represión de la policía política. Nada teníamos que ganar excepto la satisfacción de ayudar a quienes no tenían cómo defenderse de los atropellos, y nada que perder, excepto una celda de la que habríamos estado dichosos de no volver a ver jamás.

Los propios agentes de Seguridad del Estado infiltrados en las filas disidentes saben muy bien que ese movimiento no puede ser juzgado en blanco y negro, que no es un bloque monolítico y que como en todas partes, hay todo tipo de personas con una gran variedad de posiciones ideológicas. Las motivaciones eran diversas. Una gran mayoría había apoyado en sus inicios el proceso revolucionario y muchos de ellos pensaban que los ideales democráticos y libertarios por los cuales se había luchado habían sido traicionados y se había impuesto, en su lugar, una nueva dictadura. Confundían el guión con la puesta en escena. Si la realización práctica había sido un desastre, entonces había un vicio de origen en la teoría, y no sólo Marx se equivocaba sino todos los teóricos socialistas. En consecuencia, habían dado el bandazo hacia el otro extremo. Se consideraban neoliberales y admiraban a la Thatcher y a Reagan. Unos pocos en cambio, creíamos que esa escenificación nada tenía que ver con el guión al que se atribuía sino a otro muy diferente. Las iniciales discusiones sostenidas entre Bofill y yo en la cárcel, serían el germen de la contradicción ideológica posterior del movimiento disidente.

Sin embargo, un movimiento de derechos humanos, por su naturaleza, no es de izquierda, ni de derecha, ni de centro, sino de arriba, esto es, está por encima de todo el esquema unidimensional de las referencias políticas. Lo que nos unía a todos era, justamente, el carácter universal del ideal de derechos humanos. Todos luchábamos por un estado de derecho, aunque algunos de nosotros queríamos ir más allá, hacia un estado de satisfacción plena de los derechos. Después de un largo período de incomunicación, Bofill fue excarcelado, pero como no sabíamos si en realidad había salido directamente al extranjero, realizamos una votación entre los miembros del Comité en el Combinado, a la sazón doce miembros, y fui elegido como “presidente interino”.

En realidad pronto supimos que estaba en su casa de Guanabacoa y no demoraría mucho en agrupar a algunos antiguos compañeros de la Microfracción. Elizardo Sánchez, ya liberado, era parte de este grupo. En realidad quedarían creadas tres secciones del Comité: la que dirigía yo en prisión, limitada sólo al Combinado del Este, la que dirigía Bofill en las calles, limitada todavía a la ciudad de La Habana y otro grupo en el exterior del país, integrado fundamentalmente por mujeres, donde estaba mi hermana, dirigido por Hilda Felipe, ex miembro del PSP y esposa del líder comunista Arnaldo Escalona, también microfraccionario, quien años después moriría en Miami sin abjurar jamás de sus ideales de justicia social.

Inmediatamente comenzó a darse en prisión algo así como la maqueta o ensayo de lo que se produciría más tarde en todo el país. Siguiendo el ejemplo del Comité y bajo su influencia, comenzaron a constituirse distintos grupos según los diferentes intereses e inclinaciones: uno de escritores, Asociación Disidente de Artistas y Escritores de Cuba (ADAEC) que creó una revista mensual clandestina, El Disidente. Escrita a mano, se confeccionaban tres o cuatro ejemplares por número, circulaba de mano en mano y llegó a tener 64 páginas, un record en toda la historia del presidio político. La Junta de Autodefensa de Religiosos Perseguidos (JARPE), realizaba sus cultos diarios con gran número de prisioneros. Y finalmente un grupo de lucha cívica, la Liga Cívica Martiana, crearía la revista Aurora, con menos páginas que El Disidente, pero con mayor número de ejemplares circulando no sólo en la prisión, sino también en las calles y algunos, incluso, llegando al exterior del país. Decenas de presos se integraron a estas actividades de una u otra forma, pero yo era partidario de mantener al segmento del Comité de la prisión, como un núcleo selectivo y establecí como norma imponer a cualquier aspirante un período de prueba de seis meses. Como algunos fueron liberados, nunca pasaría de doce miembros efectivos.

Mi idea entonces era que si se creaban en todo el país grupos semejantes, podía llegar a darse un renacimiento de la sociedad civil cubana con una autorganización de la población para impulsar pacíficamente los cambios hacia una sociedad participativa y autogestora. Ya se sabe, por supuesto, al cabo de más de veinte años, que aunque luego las cosas tomaron un rumbo parecido, el resultado no sería el esperado, pero no porque la idea no fuera buena, sino por otras circunstancias que yo no había previsto entonces.

Adoptamos, igualmente, una nueva metodología. Cuando se presentaba alguna situación arbitraria que merecía ser denunciada, no la dábamos a conocer de inmediato al extranjero, sino que pedíamos hablar con las autoridades. Cuando un preso acudía a nosotros quejándose de algún abuso, les planteábamos el problema y ellos, para evitar que el hecho trascendiera, regularmente lo resolvían, por lo que ya no había necesidad de denunciarlo. Lo ideal era que se hubiera procedido siempre de esa forma y tengo entendido que por un tiempo así procedería Elizardo Sánchez. Incluso pensábamos que las autoridades, no sólo de la prisión sino incluso del país, debían agradecernos que realizáramos aquel trabajo de detectar y notificar todo lo que en el país estaba marchando mal y que indisponía a mucha gente.

¿Quién perjudicaba más a la dirigencia? ¿El que denunciaba el hecho o el que lo cometía? Sin embargo, había males que eran muy difíciles de corregir porque intentar hacerlo iba contra los intereses de una burocracia corrupta. Cuando las autoridades del penal vieron que íbamos adquiriendo gran influencia entre la población penal, cortaron la comunicación.

Por entonces se produjo una ruptura entre Bofill y Elizardo Sánchez, quien se separó y creó la Comisión de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional. El hecho provocó escisiones tanto en la sección de La Habana como en la del exterior. Como los ánimos estaban caldeados, para evitar lo mismo con la sección del presidio, tuve que hacer una concesión. Algunos compañeros redactaron un texto de adhesión al grupo de Bofill donde se satanizaba a Sánchez como agente de Seguridad del Estado. Yo no estaba de acuerdo con esos términos, pero quedé en minoría diez contra dos. Los que perdimos accedimos a firmarlo, pero haciendo constar en documento aparte nuestro desacuerdo. El tiempo nos dio la razón, pues ninguna de las acusaciones pudieron probarse y finalmente la causa real de la ruptura había sido simplemente una discrepancia de métodos, la misma que me llevaría a separarme a mí mismo dos años después.

Durante los años 1987 y 1988 la actividad de derechos humanos había tomado tal fuerza que el caso se llevó a la Asamblea General de Naciones Unidas, numerosos periodistas y representantes de organizaciones internacionales de derechos humanos viajaban a Cuba para solicitar vernos. Algunos lograron entrevistarnos y se permitió entonces que Amnistía Internacional, la Cruz Roja Internacional y algunos miembros de Human Right Watch, visitaran algunas prisiones y entrevistaran a algunos de los miembros del Comité en el Combinado. Mi caso, en particular, suscitó el interés en muchos círculos de izquierda fuera del país. Intelectuales como Noam Chomsky, Paul Sweezy y Margaret Randall, pidieron mi liberación, así como varios intelectuales y militantes de izquierda de América Latina.

Varias veces me habían sacado de mi celda para ser entrevistado por algunos de esos periodistas, pero en una de esas ocasiones me encontré con dos hombres que luego comprendí no venían con esa función, sino simplemente a traerme un mensaje del entonces Ministro del Interior José Abrantes. El recado era escueto, pero tajante: jamás se me daría la libertad a menos que decidiera salir del país. Lo tomé muy en serio, pues conocía varios casos de presos recondenados con nuevos encausamientos, algunos de los cuales habían muerto en prisión.

Por eso, cuando fueron a comunicarme que estaba incluido en una lista de presos cuya liberación solicitaba el Cardenal O’Connor de Nueva York, acepté realizar todos los trámites migratorios. Para septiembre de 1988 se esperaba la llegada a Cuba de una Comisión de Naciones Unidas que tenía prevista una visita al Combinado del Este. Un mes antes, en la tarde del 4 de agosto, fui sacado de una celda, vestido de civil y llevado en un jeep hasta Río Cristal donde se realizaron los últimos trámites legales.

Cuando en la medianoche salí de allí en un ómnibus hacia el aeropuerto de Rancho Boyeros, ya estaba legalmente fuera de Cuba.

En 1989, al año siguiente, varios oficiales del Ministerio del Interior fueron condenados a prisión, entre ellos el propio Abrantes, quien no saldría jamás con vida de la cárcel.

Ariel Hidalgo
Blog Concordia, 10 de febrero de 2010.
Foto de Gustavo Arcos Bergnes tomada del blog Cuban Exile Quarter.

jueves, 19 de enero de 2017

Memorias al rojo vivo (II)



En un manuscrito que había ido tomando forma de libro, a fines de los 70, había llegado a la conclusión de la necesidad de una segunda revolución. Consideraba que los medios de producción habían pasado de unas manos a otras, pero no a las de los trabajadores, sino de capitalistas y terratenientes al Estado centralizado con el encumbramiento de una nueva casta de burócratas. No se trataba simplemente de corregir el rumbo, sino de dar un timonazo tan radical como fue el proceso inicial que transformó la gran propiedad privada en estatal. Mas la cuestión no era ya centralizar, sino descentralizar, no se trataba ya de estatizar ni de privatizar, sino de convertir las riquezas realmente en propiedad social, delegando todos los medios en los trabajadores de base para que éstos los controlaran directamente sin intermediarios burocráticos.

Tras mis desacuerdos con las prácticas de repudiar a los que en 1980 decidían emigrar, fui expulsado de mi cátedra de Marxismo, sometido a un registro de Seguridad del Estado en mi domicilio con la consecuente ocupación del manuscrito fui arrestado y entrevistado en Villa Marista por un oficial que se me daba a conocer como Mayor Ricard, con quien discutí mis diferencias y me informó que quedaría definitivamente expulsado del Ministerio de Educación. Para mi sorpresa, fui liberado a los tres días.

Inmediatamente destruí todos los escritos que pudieran considerarse críticos del sistema y comencé a trabajar en labores de construcción junto con muchos de mis antiguos alumnos que aún allí, paleando arena y gravilla, seguían llamándome Profe. A lo largo de más de un año recibí las visitas de uno que otro “amigo” que venía a hacerme alguna propuesta de operaciones ilícitas. Las rechacé todas, por supuesto, a pesar de mis precariedades. Nadie podría incriminarme en una causa común como un delincuente “vulgar” a pesar de que la inmensa mayoría del pueblo participaba en tráficos ilícitos.

Pero no estaba tampoco dispuesto a resignarme a permanecer diez o quince años en la construcción esperando el día venturoso en que se produjese un gesto de conmiseración de quienes yo consideraba más culpables que yo. Reinicié los apuntes de mis ideas y no me abstuve de exponerlas verbalmente a todo aquel que consideraba en condiciones de asimilarlas. Finalmente, en el amanecer del 19 de agosto de 1981 reaparecieron en mi vivienda para hacer un nuevo registro, ocuparon los nuevos escritos y me llevaron nuevamente a Villa Maristas.

Ya no vería al Mayor Ricard sino a un teniente que no le interesaba debatir ideas sino saber quienes más conocían la naturaleza de ese manuscrito y si existían copias. No le dije que había logrado salvar una copia enviándola a mi familia en Estados Unidos. Allá se publicaría años después con un título que posteriormente yo consideraría inadecuado: Cuba, el Estado Marxista y la Nueva Clase, inadecuado porque llegaría a considerar que lo que existía en Cuba y en los demás países del llamado Campo Socialista no era la materialización de los ideales de Carlos Marx, sino más bien los de Hegel, quien había considerado al Estado como la encarnación de Dios en la tierra y por tanto estaba supuestamente destinado a absorber todas las instituciones de la sociedad civil. “La acción del Estado consiste en llevar la Sociedad Civil, la voluntad y la actividad del individuo, a la vida de la sustancia general, destruyendo así, con su libre poder, éstas subordinadas, para conservarlas en la unidad sustancial del Estado”.

No hubo en Villa Marista discusiones teóricas. Sólo en el último interrogatorio, cuando le dije que no perseguía el regreso de Cuba al capitalismo, me preguntó airado: “¿Qué es lo que quiere usted entonces para Cuba?” Y respondí: “Pues una sociedad donde los obreros de cada fábrica, los dependientes de cada comercio, los empleados de cada banco y los maestros de cada escuela, puedan elegir libremente a las administraciones de sus respectivos centros”. Me miró con ojos muy abiertos y me gritó: “¡Usted está loco, completamente loco!” Y al día siguiente me envió para un manicomio.

No era una sala psiquiátrica cualquiera aquella del Hospital Psiquiátrico de La Habana, más conocido como Mazorra, sino un espacio cerrado con muros y barrotes a donde llevaban a los reclusos con problemas mentales de todo el país. Esa convivencia con tantas personas desquiciadas, convictas por asesinatos, violaciones y otras barbaridades sin que ninguna autoridad se atreviese a entrar allí, era lo que hacía de la Sala Carbó Serviá un verdadero infierno. Un par de veces me sacaron para hacerme algunos tests mentales y el diagnóstico fue “trastorno de la personalidad”, nada grave, por lo que a los diez días fui enviado a la Fortaleza de La Cabaña.

La Cabaña era entonces una prisión de tránsito, donde los presos nuevos esperaban ser llevados ante un tribunal. Pero en mi caso no esperaron al juicio. Al poco tiempo trasladaron a once presos considerados como los más bravos por sus protestas y huelgas de hambre. Yo, que jamás había protestado ni había ayunado un solo día, era uno de ellos. Ninguno de los otros diez podía entender por qué yo había sido incluido en ese grupo. Nos llevaron a la prisión Combinado del Este, pero no a una celda normal o a una galera cualquiera con los demás presos políticos, sino incomunicados en un área especial.

El recibimiento no fue nada agradable. Una columna de guardias nos esperaba a la entrada de una edificación de una sola planta para desnudarnos y escoltarnos hasta cada una de nuestras respectivas celdas a donde sólo nos permitían llevar nuestra ropa interior y una toalla. El Destacamento 47, con 99 celdas tapiadas, sin camas y sólo una llave de agua y un agujero para las necesidades, era el lugar a donde llevaban a los condenados a muerte y a reos muy peligrosos que no podían convivir con otros sin riesgo de “hechos de sangre”. Algunos llevaban allí dos o tres años en total aislamiento.

Cuatro rejas había que abrir para llegar al interior de una de esas celdas sin contar las puertas de madera que a lo largo de los tres pasillos ocultaban a la vista de quienes los caminaran, los calabozos tapiados con planchas de hierro. Como era un edificio rectangular, a diferencia de los demás edificios en forma de U, uno de los once, Jacinto Fernández, que en otro tiempo había sido fundador de lo que entonces fue el DIER, antecedente de Seguridad del Estado, lo calificó como “Rectángulo de la Muerte”, nombre con el que se conocería luego en las denuncias internacionales.

Aquellos cubanos que jamás hayan estado internados en una prisión de su país desconocen una arista muy importante de su realidad social. Aunque existen, como en todas partes, personas honradas y sensibles entre oficiales y carceleros, había también personas corruptas y abusivas, solo que por las características particulares de una prisión, el abuso de poder es más marcado y frecuente. Sin embargo, el Destacamento 47 parecía reservado exclusivamente para ser custodiado por el segundo tipo de hombres, y en general, en cualquier lugar de la prisión donde se realizaran aquellos actos vergonzosos, como golpizas, por ejemplo, daba la impresión de que eran conocidos y tolerados desde los altos mandos.

El gobierno cubano siempre negaría la existencia de violaciones de derechos humanos en sus cárceles, y ni siquiera reconocería que habían existido cuando años después procesara y condenara a varios altos oficiales en el famoso caso del 89, la mayoría de los cuales se sabía, habían sido responsables indirectos de muchos de aquellos actos, como si no fuera lógico que al aceptar de hecho que aquellos oficiales, habiendo practicado la corrupción y el abuso de poder mientras gozaban de tanta autoridad en el Ministerio del Interior y en particular en Cárceles y Prisiones, no se reconociera también la posibilidad de que aquellas violaciones se hubiesen cometido. En el Destacamento 47 era raro el día que no escucháramos personas corriendo por los pasillos, gritos, sonidos de los golpes y lamentos de las víctimas.

Durante muchos años, ya en libertad, cualquier carrera estrepitosa que escuchara por algún pasillo cercano, me sobresaltaba y me alteraba. Debo reconocer, no obstante, que en mi caso particular, durante mis años en el Combinado del Este jamás me pusieron una mano encima, ni siquiera en la época en que se conocía de mis actividades sistemáticas de denunciar aquellos hechos. Hubo siempre un trato mutuo de respeto entre mis carceleros y yo.

A los 21 días de incomunicación nos entregaron algunas de nuestras pertenencias, como libros, cuadernos y plumas y nos juntaron de dos en dos en cada celda. Me tocó por compañero Jacinto Fernández, acusado de espía por sacar información de violaciones de derechos humanos por vía diplomática. El 25 de diciembre me llevaron en un carro jaula al tribunal para el juicio y pude ver por primera vez a mi esposa, aunque desde lejos. Me acusaban de “revisionista de izquierda”, se leyeron algunos fragmentos para demostrarlo y sugirieron que yo estaba sembrado el veneno en mis alumnos con mis ideas. Luego me llevarían la sentencia a mi celda. Se me condenaba a ocho años de cárcel por propaganda enemiga, “y en cuanto a sus obras, destrúyanse mediante el fuego”.

¿Por qué tanto ensañamiento? ¿Por qué se me aislaba sin explicarme nunca la razón y se ordenaba quemar todas mis obras? El manuscrito no había sido distribuido por las calles; una copia enviada al extranjero cuando consideré inminente mi detención, nunca fue publicada, ni antes de ser arrestado, ni mientras estuve en prisión; y el original fue encontrado en una gaveta de mi escritorio.¿Dónde estaba, pues, la propaganda enemiga por la que era juzgado? La razón sólo podía ser una: Hasta entonces la dirigencia cubana podía enfrentar cualquier crítica de “derecha” e incluso de izquierda, siempre que se fundamentara en presupuestos sociológicos tradicionales. Para esa dirigencia bastaba simplemente con oponerles una lógica diferente, ajena por completo a los parámetros “burgueses”. Pero no le era fácil contrarrestar una crítica basada en su propia lógica y que por tanto estremecía desde la misma ideología marxista los cimientos argumentales de la lealtad al oficialismo entre sus propias filas.

El libro, por tanto, no se había escrito para ser leído en el exterior por personas con una formación cultural totalmente ajena a esa realidad, sino dentro del país, por militantes del Partido y de la Juventud Comunista, por académicos oficialistas, por militares y dirigentes de organizaciones progubernamentales. Se trataba, en pocas palabras, del primer trabajo crítico del sistema estatal centralizado de la nueva Cuba desde una óptica marxista, donde se demostraba el surgimiento de una nueva clase social dominante a partir de la definición leninista y donde se ponía de manifiesto que en el nuevo sistema la ley económica era la apropiación, por parte de los burócratas designados desde las altas instancias, de parte del plusproducto para ser intercambiada mediante el trueque tácito. Con palabras más llanas, “te resuelvo hoy para que tú me resuelvas mañana”. En conclusión, se demostraba que el modelo establecido en Cuba nada tenía que ver con socialismo ni con marxismo.

Un día logró llegar hasta muy cerca de mi celda un preso que decía haber oído de mí y quería conocerme. Su nombre era Elizardo Sánchez Santa Cruz. Había sido profesor de la Universidad de La Habana, pero había sido cesanteado bajo acusaciones de inclinaciones sinoístas. Luego, aquella noche, hablamos de celda a celda, casi a gritos y según dijo iba a ser trasladado a la prisión de Boniato en Santiago de Cuba. Me pareció un hombre inteligente y de elevada cultura política. A la mañana siguiente ya no estaba allí.

Un día nos mandaron a salir con nuestras pertenencias y nos enviaron a las galeras de presos políticos. Habíamos permanecido en el Destacamento 47 un año y veinte días. Sólo uno de los once permaneció allí, Jacinto. Unido a los demás presos de lo que se conocía como “nuevo presidio político”-el que había surgido con posterioridad al indulto del 78-, comencé a realizar varias actividades: impartiendo clases a los menos instruidos, asistiéndolos como auxiliar de enfermero y participando en un taller literario. El sistema penitenciario permitía la visita de instructores literarios que organizaban concursos. Un cuento mío resultó ganador frente a otros competidores del Combinado del Este. Supuestamente debían llevarme a la Prisión Occidental de Mujeres para competir a nivel nacional, pero Seguridad vetó mi participación a pesar de que el cuento nada tenía que ver con política.

Se ha propagado la creencia de que el movimiento de los derechos humanos en Cuba nació por los años 70 tras la liberación de los condenados en la llamada causa de la Microfracción, principalmente de ex militantes del Partido Socialista Popular. Pero independientemente de esos posibles antecedentes, el movimiento surge realmente, ya organizado, en octubre de 1983 en la propia prisión del Combinado. Un día de ese mes fue llevado al piso que ocupaban los presos por motivos políticos, uno de aquellos microfraccionarios, Ricardo Bofill, recientemente encarcelado en su tercera causa, esta vez por enviar misivas de denuncias a organismos internacionales. Las firmaba a título personal con su propio nombre y me decía que lo seguiría haciendo desde la cárcel de ese modo, a diferencia de lo que hasta entonces se hacía en el presidio de usar sólo seudónimos para evitar la represión.

Bofill consideraba que era indispensable dar la cara para que los documentos tuvieran credibilidad. Aunque decirme aquellas cosas parecía como una invitación, porque decía tener contactos para sacar los escritos de la prisión y luego enviarlos al extranjero, no me decidí en los primeros momentos. Pero en mi conciencia me pesaba la suerte del compañero que había dejado atrás en el Destacamento 47 en pésimas condiciones sin que yo hiciera nada por su suerte. Por eso, finalmente, acepté sus servicios. No sólo me ofreció sus contactos, sino que incluso se dispuso a redactar conmigo la denuncia.

Al finalizar la carta dirigida a la opinión pública internacional, firmamos los dos con nuestros nombres e inmediatamente después, para mi sorpresa, escribió debajo estas palabras: “Comité Cubano Pro Derechos Humanos”, y agregó, al lado de su nombre y el mío, los títulos respectivos de “presidente” y “vicepresidente”. No le di importancia a aquello, no anoté la fecha como un día memorable. Para mí era sólo un acto humanitario que hacía por un amigo. Pero sin saberlo, aquel documento fue noticia en muchos medios: un grupo defensor de los derechos humanos había nacido por primera vez en Cuba.

Ariel Hidalgo
Blog Concordia, 27 de diciembre de 2009.

Foto: Ricardo Bofill, durante el homenaje que en diciembre de 2015, le hiciera la ciudad de Miami. Tomada de El Nuevo Herald.

lunes, 16 de enero de 2017

Memorias al rojo vivo (I)


Mi familia, que había participado activamente en la lucha contra la dictadura, se desilusionó desde los primeros años con el curso tomado por el proceso revolucionario y partió al exilio. Yo, impedido de tomar el mismo rumbo por la edad militar, fui llamado a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Luego estuve tres meses fugitivo, fui atrapado y encarcelado. Y cuando la UMAP fue disuelta y fui liberado, me encontré prácticamente solo. Hasta mi novia, con quien tenía planes de boda, había partido.

En todo ese tiempo había leído y reflexionado mucho. Me había entusiasmado aquella gran proeza de la campaña de alfabetización y veía muy positivo que los servicios de atención médica y educación extendidos hasta los lugares más recónditos del país, se hubiesen puesto al alcance de todos. Por otra parte, lo que más me molestaba era la imposición de un modelo cultural unidimensional donde determinadas manifestaciones artísticas, religiosas o filosóficas eran censuradas, o incluso estilos de vida, mirados con menosprecio. Si te gustaba la música americana, o eras religioso, o usabas el cabello largo o pantalones estrechos, te calificaban de “pequeñoburgués”.

Me sentía como un ateniense entre espartanos, o como un científico renacentista en medio de amenazas inquisitoriales. Y a pesar de todo tomé la determinación de permanecer en el país. Consideraba que había que luchar por lo que uno creía y que el proceso podía corregir en la marcha todo aquello que consideraba como desviaciones y errores, pero que había que hacerlo desde dentro. Y me integré de lleno a las organizaciones de masa y al trabajo educativo.

Siendo en los años 70 secretario general del sindicato en mi núcleo de trabajo de escuelas obrero–campesinas de Marianao, La Habana, pude comprobar que el papel de las secciones sindicales, agrupadas en la CTC, era casi exclusivamente el de movilizar a los trabajadores en las diferentes tareas y actos convocados por el Partido, o como se decía entonces, “poleas de transmisión del destacamento de vanguardia”.

Era lógico pensar que si los trabajadores eran finalmente los dueños de fábricas, bancos, comercios y centros de servicios como se decía en discursos, círculos de estudio, conferencias y por todos los medios de difusión, no había que defenderlos ya de sus antiguos patrones capitalistas. Sin embargo, yo escuchaba constantemente entre mis alumnos quejas que reflejaban evidentes contradicciones entre las administraciones y los operarios de los diferentes centros laborales.

Por entonces, estudiaba Licenciatura en Historia en la Universidad de La Habana, publicaba artículos historiográficos en varias revistas sobre el movimiento obrero y el desarrollo de las ideas sociales y políticas en Cuba, y mi libro Orígenes del Movimiento Obrero y del Pensamiento Socialista en Cuba se incluía como bibliografía suplementaria en casi todas las carreras de letras en las universidades del país, por lo que estaba muy familiarizado con las diferentes doctrinas y propuestas socialistas y anarquistas de los albores de la República, algunas bajo la influencia de revolucionarios españoles, en particular de Madrid y Barcelona.

Pero sobre todo me habían llamado la atención las referencias de José Martí -numen de varias generaciones de revolucionarios cubanos-, acerca de estas ideas, en específico su crítica al ensayo La Futura Esclavitud de Herbert Spencer, quien condenaba la tendencia de la sociedad hacia un sistema caracterizado por “el despotismo de una burocracia organizada y centralizada”. A diferencia del inglés, sus reflexiones no las hacía desde un plano de adversario ideológico liberal, sino de alertar sobre posibles peligros de una sociedad “socialista”, como el probable encumbramiento de una casta de burócratas y el surgimiento de una nueva forma de servidumbre para el ciudadano. “De ser esclavo de los capitalistas…-advertía- iría a ser esclavo de los funcionarios”. Luego volvía a referirse a esos peligros en carta a su íntimo amigo Fermín Valdés Domínguez, a quien elogiaba por sus simpatías hacia los movimientos de lucha por la justicia social, pero añadía que, no obstante, “los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa”.

En 1979, mientras estudiaba un post-grado en Filosofía Marxista impartía la misma asignatura en el 12 Grado del preuniversitario Manolito Aguiar. Las preguntas que surgían, tanto entre mis alumnos como entre mis condiscípulos, me llevaron poco a poco a un replanteamiento sobre lo que en verdad estaba ocurriendo en el país y fui sacando mis propias conclusiones. El dueño de una fábrica, de un comercio o un banco, no es un asalariado, y si lo fuera, sus principales ingresos no le llegan de salario alguno sino de las utilidades y es él el que determina quién administra su propiedad. Pero en el caso de los trabajadores cubanos, ¿cómo concebir un propietario cuyo único derecho es recibir de su empresa un exiguo salario, y ni siquiera tiene la facultad de elegir a sus propios administradores?

Por el contrario, se ve sometido a una administración impuesta desde altas esferas y que por tanto tiene facultades y poderes de la que él carece. Aplicando la definición leninista sobre clases sociales de “grandes grupos humanos que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan con respecto a los medios de producción”, se me revelaba con claridad la diferencia entre ambos grupos. Los trabajadores eran, nominalmente, los propietarios, pero lo determinante no era la propiedad, sino la posesión directa sobre esos medios y esa posesión la ostentaba otro grupo humano.

¿Cómo habíamos llegado a esa situación? Como en el capitalismo los trabajadores no podían por sí mismos lograr el control de las riquezas, necesitaban de un Estado revolucionario encargado de expropiar a las clases poderosas, pero una vez que esos medios pasaban a manos de ese Estado, éste requería de un ejército de funcionarios capaces de asumir el papel que antes desarrollaban capitalistas y terratenientes para hacer que dichos medios se pusieran en función de los trabajadores, y una vez que estos funcionarios asumían ese control, se generaban nuevos intereses y nuevas relaciones de producción. Independientemente de la buena o mala voluntad de la máxima dirigencia, una vez creado ese nuevo estamento, ya era incapaz de controlarlo, porque aún cuando oficialmente estuviera bajo la fiscalización del gobierno y del Partido, estos dos últimos pertenecían a la esfera de la superestructura política, mientras que esa burocracia era parte de la nueva base económica, y como en última instancia la base determina sobre la superestructura y no a la inversa, ese gobierno y ese partido eran incapaces de detener la corrupción y las arbitrariedades de esa burocracia, por muchas fiscalizaciones, auditorías e investigaciones que realizara para detener desvíos y faltantes de productos de un inmenso tráfico clandestino. Podían destituir a diez, cuarenta o cien funcionarios, pero en general, no podían prescindir de decenas de miles que en conjunto conformaban ese poderoso sector.

Esto implicaba la necesidad de una segunda revolución, pero esta vez muy diferente, porque si antes se habían expropiado a miles de grandes propietarios privados, ahora se trataba de uno solo, el Estado; o dicho de otra forma, el Estado, que hasta ahora había sido depositario de riquezas pertenecientes al pueblo, debía delegar esas funciones en los colectivos de base. El pueblo debía convertirse, de propietario formal en propietario real.

Los apuntes fueron tomando forma de libro y aún no tenían título –aunque sabía que la palabra Estado era clave- cuando en 1980 se desataron la crisis de la Embajada del Perú y el éxodo masivo del Mariel. A mí particularmente me repugnaron los excesos de los que entonces fui testigo: turbas que secuestraban en plena calle a personas que habían decidido vivir fuera del país para colmarlos de improperios y ensañarse en ellos, algunas veces casi hasta el borde del linchamiento público, y el asedio o allanamiento de sus hogares sin importar que dentro hubiesen niños o ancianos. Aquellos hechos no me hubieran impactado tanto si no hubiera sido porque en la mayoría de los casos se realizaban con la tolerancia y hasta el beneplácito de las autoridades cubanas, algo que violaba, incluso, leyes fundamentales de la propia Constitución Socialista aprobada cuatro años antes.

Supuestamente, yo debía, como profesor de una asignatura política, encabezar los actos de repudio contra profesores o alumnos de mi centro que tomaban la determinación de emigrar, decisión que yo consideraba un derecho legítimo aún antes de leer la Declaración Universal de los Derechos Humanos de Naciones Unidas. Muy por el contrario, me solidaricé con algunos de mis vecinos que yo sabía eran personas decentes. Para mí el hecho de que hasta hace poco se hubieran recibido con tanta condescendencia a las personas exiliadas en los primeros años y ahora se tratara como a criminales a quienes tomaban la misma determinación, no tenía ni pies ni cabeza.

El resultado fue mi expulsión, no sólo de mi cátedra como profesor, sino también de la Universidad como estudiante, e incluso mi salida definitiva del Ministerio de Educación. A todo esto siguió un registro de mi vivienda durante varias horas por agentes de Seguridad del Estado -algo muy traumático para mi esposa y mi pequeña hija-, la ocupación del manuscrito y mi detención en el centro de Villa Maristas.

Pero no fui procesado y mi detención duró sólo tres días. En ese momento mi libro sobre el movimiento obrero se estudiaba, incluso, en la Escuela Nacional del Partido. No hacía mucho había sido galardonado por la Universidad de Panamá debido a mi ensayo José Martí y las Pretensiones de Predominio Yanqui sobre el Istmo de Panamá. Y aunque no se me había permitido viajar a ese país para recibir el premio, había sido honrado con un acto en el teatro Mella como el más destacado miembro de la sección de Literatura de la Brigada Hermanos Saiz junto a los dos galardonados de las secciones de Pintura y Música y habíamos recibido las felicitaciones de los más prominentes figuras de la cultura cubana, como Nicolás Guillén, Onelio Jorge Cardoso y Roberto Rodríguez Retamar entre otros.

Durante tres días seguidos, un militar con grado de mayor que se hacía llamar Roberto Ricard mantuvo conmigo una discusión bastante sosegada sobre mis diferencias. En general parecían alarmados de que yo hubiera realizado la crítica del sistema político cubano aplicando la propia metodología marxista. Le dije que no creía ser el único, sino, todo lo más, el primero, y que detrás de mí, más tarde o más temprano, vendrían otros muchos.

Ariel Hidalgo
Blog Concordia, 14 de diciembre de 2009.

Foto: Ariel Hidalgo durante la presentación en 2014 de su libro El más grandioso de todos los secretos. Tomada de Eriginal Books.

jueves, 12 de enero de 2017

Los explotes de Aníbal Escalante (II y final)


Volviendo al tema que nos ocupa ¿cuál era la conexión moscovita? Algunos camaradas de los tres países hermanos mencionados -incluyendo diplomáticos y asesores- estuvieron metidos en el brollo, mas la postura oficial cubana fue que actuaban por su cuenta. En privado, sin embargo, el comandante era menos cauto. Santiago Carrillo –a la sazón secretario general del PC de España– narró en sus “Memorias” que durante febrero del 68 estuvo en Cuba donde conversó con el líder supremo. En una de esas entrevistas, este último declaró estar “muy encabronado con los soviéticos” y en aras de argumentar su cólera, le hizo leer al visitante un “larguísimo” documento. Se trataba de una alocución secreta del propio líder frente al Comité Central, que debe ser aquel misterioso discurso de 11 horas antes referido.

De acuerdo con Carrillo, el orador se quejaba de que la URSS “había incumplido muchos de los acuerdos comerciales con Cuba” de manera que la isla “no recibía suficiente trigo y petróleo”. Cabe preguntarse si la Unión Soviética nos estaba semibloqueando, acaso a instancias de la MF. Lo más significativo es que, según el comunista español, el alegato acusaba a los rusos de que “para el colmo (…) habían montado la fracción de Aníbal Escalante”.

La historia demuestra que el Kremlin nunca tuvo reparos en hacer ciertas cosas. A la propia España republicana le entraron fortísimo. Yaafar al-Numeiry, quien fuera mandatario de Sudán, les atribuyó a los bolos dos tentativas de deponerlo, una en el 71 y la otra en el 81. En Afganistán los soviéticos se ahorraron el uso de intermediarios locales pues se metieron directa y quirúrgicamente, cuando en 1979 comandos de las KGB impusieron como presidente a Babrak Karmal.

Y no hablemos ya de las bribonadas mediante las cuales la URSS encumbraba a los suyos en Europa del Este. Pero el episodio que más recordamos es el de Angola en 1977, en el cual un grupo prosoviético del MPLA intentó derrocar a Agostinho Neto, rebelión que fue aplastada por las fuerzas cubanas.

Los interrogatorios a los miembros de la Microfracción deben haber durado bastante. Los primeros arrestos datan de agosto del 67 y la noticia, como mencioné, se conoce en enero del siguiente año. No por casualidad ese diciembre el gorila gay y el perro sin dientes salieron vanguardias de la emulación. Fue entonces que aparecieron las consabidas autocríticas que tanto entusiasmaban a Stalin.

En carta publicada en el periódico Granma, Escalante se acusa a sí mismo de ser un dogmático, indisciplinado, arrogante, frustrado, inmodesto, irresponsable, terco, resentido y alejado de las masas. Y si bien antes había predicho que el inevitable fracaso de la zafra nos conduciría a un descalabro, ahora, habiendo tenido más tiempo para pensarlo, señala: “si en 1970 nosotros no hemos llegado a los diez millones de toneladas (…) ello no será ninguna catástrofe”. Luego, alentado por la severa mirada de unos compañeros vestidos de verde, lo calcula otra vez para resolver que “eventualmente superaremos todas las dificultades y llegaremos a 10 millones”. Por si el punto de su arrepentimiento no había quedado claro, envía un escrito al buró político en el que -a título de especialista- explica la mejor forma de combatir el sectarismo y el dogmatismo. Por último, el cabecilla microfraccionario manifiesta su voluntad de obedecer la medida que tome el partido; aunque sugiere, humilde, que lo más conveniente para la revolución, es que lo manden con su familia a una finca en la que él, desde antes, tenía pensado pasar su retiro.

Ya se imaginaba pastoreando ovejitas en un cuadro de Enrique Simonet, cuando el tribunal le dijo ¿finquita?, y acto seguido lo mandó a guardar por 15 años. En total 35 personas fueron enviadas a prisión por cuenta de estos eventos. Casi todos los implicados provenían del PSP. Ya ninguno ocupaba un cargo importante en el país. Solo nueve -incluyendo a Escalante- militaban en el PCC, mientras que dos pertenecían al Comité Central.

Epílogo

Ya vamos a ir liquidando a Aníbal. El antiguo jerarca del PSP sale de la cárcel sin haber cumplido toda la condena, y siguiendo su costumbre de transitar las convalecencias políticas en el campo socialista, vive algunos años en Checoslovaquia. Finalmente regresa a Cuba, donde de nuevo le asignan una granja, aunque esta vez permanece más tranquilo que Lenin en el mausoleo de la Plaza Roja. Fallece en 1977 a la edad de 67 años producto de una operación intestinal que se complicó. Obviamente no le concedemos ninguna credibilidad, a las malintencionadas teorías que relacionan determinados problemas del estómago, con el consumo de manuales soviéticos de marxismo.

Ahora veamos qué pasó con Cuba.

Tal como proponía la Microfracción, aquí a la larga se impuso la predilección por los estímulos materiales en detrimento de los morales. Inexplicablemente, entre los trabajadores cubanos, el deseo de procurarse un mejor nivel de vida desplazó al interés por ganar un hermoso diploma. Cada vez que el caballo y su hermano se voltean hacia nosotros y ven este espectáculo, se miran y se preguntan ¿en qué fallamos?

Lo más interesante es justo el parecido entre el anibalismo y algunas prácticas que se instituyeron con posterioridad. En aquella aparición televisiva del 62 que suscitó la salida por el techo de Escalante y del embajador ruso, Quientusabe había descalificado las políticas aplicadas por los sectaristas durante el tiempo que detentaron su relativo dominio. En particular los reprendía por convertir a las ORI -léase al partido- en una organización que se involucraba en cuestiones administrativas ajenas a su competencia: “Se había establecido el criterio de que el núcleo mandaba, de que el núcleo podía quitar y poner administradores (…) Se ha ido creando (…) un mandonismo en la gente, un afán de decidir todos los problemas”. Y más abajo, el mismo que cuando 44 años más tarde renunció por enfermedad, ocupaba seis cargos diferentes que hubo de delegar en siete personas, sentenciaba juicioso “¡Ah! ¡La vanidad de mandar y de gobernar! (…) Si todos los hombres tuvieran un poco de sentido filosófico (…) sobre las realidades del mundo, del universo, de la historia, no pasarían estas cosas”… Puede que sea cierto, pero es que los hombres son del carajo.

Retornemos por última vez al hecho de que los microfraccionarios anhelaban un infortunio en la zafra, una crisis que nos haría dóciles a los rusos y que obligaría a nuestros gobernantes a compartir el poder con los anibalistas. Por todos es conocido que casi aciertan: en el año 1970 Cuba no logra producir los 10 millones de toneladas de azúcar, lo cual acaba forzando al caimán a acercarse más al oso. Valga reconocer, sin embargo, que ni antes ni después las cosas fueron tan tan: hubo estalinismo oficial antes del 70, y hubo discrepancias con la URSS después. Incluso nuestro alineamiento más reprobable con ese país ocurre en el propio año 68, en ocasión de la anuencia criolla con la invasión soviética a Checoslovaquia.

Pero el triste hecho de que no lográramos alcanzar la ambiciosa meta azucarera, nos metió en un hueco del que no supimos salir sin un sustancial incremento de la ayuda moscovita, y ese rescate tuvo un costo. El Ché, nuestro mayor resguardo contra la sovietización, había caído en Bolivia abandonado a su suerte por el PC local. Luego de 1970 finaliza en Cuba el debate público interno, las críticas abiertas al Kremlin, y comienzan a campear por sus respetos los engrisadores de quinquenios.

Es a partir de entonces que de verdad se impone en esta rumbera tierra, algo de ese intento de imitación a la URSS que tanto anhelaban los microfraccionarios; aunque, por supuesto, sin ellos en el poder. Porque en cuanto a Etagente compartirlo…

Julito, El estornudo, 31 de agosto de 2016.

lunes, 9 de enero de 2017

Los explotes de Aníbal Escalante (I)



¿Intentó la Unión Soviética dar un golpe de estado al gobierno revolucionario cubano? Tal vez no uno sino dos.

La historia comienza con el Partido Socialista Popular (PSP), que era el PC de Cuba al triunfo de la Revolución. De una membresía heroica, disciplinada y virtuosa, con varios militantes cuyos nombres merecen ser recordados, fue una organización que -anclada a su acatamiento a la URSS- nunca logró anotarse un punto de nivel histórico.

Cuando su propio fundador, Mella, realizó la huelga de hambre en la cárcel, el partido lo sancionó por usar un método de lucha no marxista; sin tener en cuenta que el suceso por lo menos provocó que ese otro gran pingú, Villena, acuñara el mejor mote posible para el dictador: el Asno con Garras.

En 1933 los comunistas al principio se opusieron a la insurrección popular que derrocó a Machado. Más tarde le llevaron la contraria al Gobierno de los Cien Días y a su ministro del interior Guiteras, socialista por cuenta propia. En 1938 -siempre atendiendo a los designios de Moscú- los del PSP hacen alianza con Batista, que desde su más tierna infancia había sido un redomado hijo de la gran puta y en cuyo prontuario ya exhibía orgulloso la muerte de Guiteras.

En 1953 al mismísimo Quientusabe, por asaltar el Moncada, llegan a tildarlo de aventurero golpista, y eso que había sido en cumplimiento de una orden de José Martí. Por suerte luego se produce un paulatino acercamiento de los comunistas al M-26-7, aunque es solo en febrero del 58 que el partido decide alzar a varios de sus militantes.

1959. Triunfa la Revolución. A partir de cierto momento, el PSP comienza a ubicar a los suyos en posiciones claves, incluso en los cuerpos armados, relegando a probados combatientes bajo el pretexto de que estos no poseían un alto nivel político; en otras palabras: porque no eran marxistas. Jorge Ricardo Masetti, gente del Ché y fundador de Prensa Latina, renuncia en abril del 61 a la dirección de esa agencia, debido en primer lugar a su afán por participar en la lucha armada, pero además resentido por las componendas estalinistas. Al que luego desaparecería en la selva argentina intentando crear un foco guerrillero, los prosoviéticos difícilmente le perdonaban faltas como tener de corresponsal en Nueva York, a un tal Gabriel García Márquez, que aunque no escribía mal no era un hombre de partido.

En julio de 1961 las tres principales agrupaciones que habían luchado contra la tiranía (M-26-7, PSP y Directorio Revolucionario) se unen en las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), a la cual algunos miembros del PSP encabezados por su secretario de organización, Aníbal Escalante, pretenden imponer el estalinismo. Más materialistas que Marx llegan a censurar a un mártir, José Antonio Echeverría, cuando en el mismo acto de conmemoración a su muerte, al leer su testamento político, omiten dos oraciones con el fin de brincarse una referencia a Dios. En inmediata respuesta a la afrenta, un caballo enfurecido toma el podio y les propina un cocotazo público que hasta a mí me dolió, y yo no había nacido. Era 13 de marzo de 1962.

Dos semanas más tarde, ahora en comparecencia televisiva, el máximo líder vuelve a la carga. Tal como acostumbraba, antes de hablar entrega su pistola, se sienta, acomoda los micrófonos y coloca los huevos sobre la mesa. Su exposición contra los que denominó “sectaristas” es tan contundente, que del tiro Escalante sale con el rabo entre las patas hacia la meca de su religión, la Unión Soviética, donde permanecería dos años. Si ese largo viaje lo hizo pensando que eso no se iba a quedar así, tenía razón.

Hacia el mismo país y, si cabe, con mayor premura, sale pitando también el embajador ruso Serguei Kudriavtzev, agente KGB que en sus ratos libres se dedicaba a satisfacer su afición por la diplomacia. Cuentan que sin que le dieran tiempo a hacer las maletas, una poderosa tropa cubana lo levantó en peso y lo montó en un avión, no se sabe si un IL-18 o un TU-104, pero de que iba pálido, iba pálido.

Luego del regreso de Aníbal, el gobierno lo pone a dirigir alguna granja que a nadie le importaba. En el año 1965 finalmente se constituye el PCC, hijo del Partido Unido de la Revolución Socialista (PURSC) y nieto de las ORI. Algunos exintegrantes del PSP, de nuevo nucleados por el inquieto protagonista de esta historia, han retomado la aspiración de dominar la política del país.

Y llega el 28 de enero de 1968, uno de esos raros días en que vale la pena leerse las nacionales del Granma: hay explote. La versión oficial es dada en forma de varios documentos aparecidos en ese periódico. Comienza anunciándose que el comité central (CC) hubo de reunirse durante tres jornadas para analizar las actividades “contra el Partido y la Revolución” de Aníbal Escalante y compañía, ahora bautizados como los “microfraccionarios”. En la mañana siguiente aparece un informe leído por el Chino ante el CC. Luego se publica la intervención de Carlos Rafael Rodríguez, y más tarde le corresponde el turno al fiscal del consejo de guerra.

¿En qué andaban los tales microfraccionarios? Parece que es demasiado pronto para conocer toda la información. Entre los que comparecieron en el CC se encontraba nuestro máximo líder, pero su discurso –del que se sabe duró, como mínimo, 11 horas– continúa siendo secreto. Mes y pico después, el 13 de marzo, él mismo se encargó de admitir que algunos de estos hechos, específicamente los que “tienen que ver con las relaciones entre Estados”, permanecerían ocultos hasta nuevo aviso. Más abajo, en noble afán por consolar a los curiosos, añadía “esperamos, sin embargo, que no transcurran 150 años sin que alguien pueda tener la oportunidad de leer algunos de esos documentos”. Así pues, estamos en tiempo. De todas maneras ninguno de los tres estados implícitamente aludidos existe en la actualidad. Estos serían -y ya se verá por qué lo sugiero- la URSS, Checoslovaquia y la RDA.

Si nos guiamos por lo que sí fue publicado, la Microfracción se oponía a nuestra independencia de Moscú. Dicha autonomía consistía, entre otras cosas, en esporádicos reproches de Quientusabe a los países del campo socialista, por ejemplo a causa del apoyo de estas naciones a los gobiernos “oligarcas” de Chile y de Brasil. La amistad entre La Habana y los soviéticos no marchaba bien desde que al final de la Crisis de Octubre, estos habían transado con los yanquis dejándonos colgando de la brocha.

Los microfraccionarios -al igual que los rusos- estaban en contra de la ayuda cubana a movimientos armados en América Latina, y naturalmente, veían en el Ché a uno de sus principales adversarios. Se lamentaban, además, de que el signo predominante en la Revolución fuera, según ellos, “pequeño burgués”, dado el origen de sus líderes. En lo referido a política interior, eran partidarios de los estímulos materiales en detrimento de los morales. Por último, la Microfracción manejaba un reproche bastante singular hacia el gobierno y era que este intentaba distanciarse de la URSS para aliarse con… ¡Francia!

Siendo estas las críticas y pretensiones de los microfraccionarios ¿cuáles fueron, entretanto, sus actos? ¿Eran en realidad conspiradores? En algo andaban. Algunas de sus diligencias las hacían a la cara y otras a escondidas. Imprimieron su documentico bobo proveniente de PCs latinoamericanos desafectos al PC cubano, e intentaron reclutar a exmilitantes del PSP, miembros del partido, e incluso a integrantes del comité central.

Claramente estaban jugando, no ya con la cadena sino con el propio mono, tan susceptible en estos lares. Eran los años en que Cuba se alistaba para la famosa zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar de 1970, concebida para apuntalar la heterodoxa “vía cubana” de construcción simultánea del socialismo y el comunismo. De acuerdo con Aníbal Escalante, el incumplimiento de esa imposible meta azucarera, nos conduciría a un descalabro económico del cual solo lograríamos recuperarnos entrando por completo en la órbita rusa. Algunos microfraccionarios llegaron a elucubrar el pérfido plan –que no sé si realizaron– de sugerirle a la URSS que propiciara ese desastre mediante un recorte de suministros a la isla. Fue notorio también que buscaron la forma de hacerle saber a los líderes soviéticos, la disposición anibalista de servirles como cabeza de playa en Cuba.

Mas, hasta donde se sabe, la principal táctica de la Microfracción parece haber consistido en hablar mierda. Se citaban en la granja de Aníbal, se tomaban unos rones, se jamaban unos puerquitos con tostones y yuca, y parece que en una de esas alguno pegó un tarro. Pero lo que más se hacía allí, insisto, era hablar basura. Criticaban al gobierno y ensalzaban a Escalante. Luego era que si Mao, que si la dialéctica… Y así esperaban de manera más bien cómoda, la ocurrencia de esa grave crisis que forzaría a nuestros gobernantes a rectificar su línea, ceder el poder, o al menos compartirlo con los microfraccionarios.

Leyendo los papiros oficiales de la época, llama la atención del lector moderno cómo nadie se toma mucho trabajo en tirar cada una de las actividades imputadas, contra un código penal mediante el cual acusar de tal o más cual delito concreto. El propio fiscal de guerra, sin mencionar ningún artículo o ley, invirtió unas 7 mil palabras cargadas hacia lo politiquideológico, es decir tabacosas, dirigidas en lo fundamental a mostrar su inconformidad con las ideas anibalistas. Para luego, como quien de pronto recuerda haber dejado algo en la candela, concluir apresurado que: “la actividad desplegada se enmarca dentro de lo tipificado en los artículos 128-135 (A)-157 del Código de Defensa Social tal y como fue modificado por la Ley 425 de 1959, así como en el Artículo 11 de esta Ley”. Punto.

Fueron tiempos en que hablar porquería era lo suficientemente grave como para no tener que profundizar en determinados tecnicismos. Sin ir más lejos, no habían pasado dos meses cuando comienza la “Ofensiva Revolucionaria” del 68. Esa vez el máximo líder la emprende contra los pequeños negocios privados, y uno de sus argumentos más recurridos es precisamente la “baja integración política” de los propietarios. Fue aquel nublado día de marzo en que preguntó “¿vamos a hacer socialismo o vamos a hacer timbiriches?”, mientras la multitud reunida frente a la escalinata lo aplaudía a rabiar. Esos aplausos legitimaban tales dislates.

Julito, El estornudo, 31 de agosto de 2016.

Foto: Aníbal Escalante (sentado con espejuelos) revisa con Vicente Martínez, entonces jefe de redación del periódico Hoy, la edición correspondiente al 1 de mayo de 1945. Esta foto fue tomada del blog Moscú Sevillano, pero la foto original fue hecha por el fotógrafo Ed Clark para la revista Life.

jueves, 5 de enero de 2017

Mi tía Dulce (II y final)


Todos creíamos que, con la caída de Machado, las cosas mejorarían, pero no fue así. Cuba entera era una olla hirviendo. Aquel movimiento popular de tanta fuerza, que logró expulsar del poder a un ser tan despreciable como Gerardo Machado, fracasó, torció su camino, o mejor dicho, le torcieron el camino, no lo dejaron seguir avanzando: al pájaro le cortaron las alas.

En enero de 1934 es elegida delegada al IV Congreso Sindical Nacional en La Habana. Asiste al velorio de Rubén Martínez Villena en el Palacio de los Torcedores y a su entierro. Después regresa a Santa Clara para continuar la lucha. Por las continuas persecuciones de que era objeto, ese año la envían de nuevo a La Habana.

Llega la capital y no conoce a nadie. Traía dos o tres mudas de ropa. Los compañeros que la recibieron la llevaron para el Palacio de los Torcedores, que en aquel momento era el corazón del movimiento obrero. Dormía en un cuarto, en el suelo. Dulce María estaba acostumbrada a todo, pues había dormido en casas vacías, debajo de puentes, en medio de cañaverales huyéndole a la guardia rural y escondiéndose, para que no la delataran.

Hace amistad con unos polacos, quienes en realidad en su mayoría eran judíos nacidos en Polonia. Fueron sus primeros guías en La Habana. Almorzaba y comía con ellos en un comedor que tenían en La Habana Vieja, el menú costaba veinte centavos. Casi siempre era una sopa estilo polaco, con zanahoria, remolacha y hojas verdes.

En La Habana se incorpora al Ala Izquierda Estudiantil, que se había creado en 1931 con los que se habían separado del Directorio Estudiantil Universitario (DE), por no estar de acuerdo con sus métodos. El DEU se había creado en 1927 para luchar contra la prórroga de poderes de Machado. Como activista y agitadora participa en las grandes manifestaciones estudiantiles de la Universidad y del Instituto de La Habana. Celestino Hernández, Sablón, Limonta, Neftalí Perna y Raúl Roca, entre otros, eran dirigentes de esta organización. Se incorpora también a la Liga Antiimperialista de Cuba, fundada por Julio Antonio Mella y que albergaba en su seno a intelectuales de valía como Juan Marinello, Emilio Roig de Leuchsenring, Fernando Ortiz y el doctor Chelala.

En todo el país iba en aumento la represión, la persecución de los principales dirigentes obreros, el asalto a los sindicatos. Pero la lucha no cesaba: ante cada acto de vandalismo cometido por los sicarios del gobierno, los obreros, los estudiantes salían a la calle a protestar, a exigir sus derechos. El 1°de mayo de 1934, fue muy violento. Cuando íban desfilando y coreando consignas en Carlos III y Belascoain, los estaba esperando el ejército y la policía que comenzaron a disparar con ametralladoras.

Por esa época, Dulce María comienza a unirse más al Partido. Ya no era sólo la lucha sindical, ahora participaba en círculos de estudio y en debates de las células del Partido en los centros de trabajo. Poco a poco se va ganando la militancia dentro de las filas comunistas, en esos momentos ilegales y muy perseguidos. En julio de 1934 comienza a trabajar en las oficinas donde radicaba la dirección del Partido. Realiza muchos trabajos de enlace, cuidando la casa, citando a compañeros para las reuniones.

Cuando se reunía lo que era el buró político, los compañeros debían entrar y salir a distintas horas y ella tenía que garantizarles que todo esto fuera seguro. No se podían cometer errores, si los descubrían, descabezaban la organización. En los días que durara la reunión, Dulce María debía atenderlos a todos, cocinarles, buscar las cosas que se necesitaran. Estando en San Juan y Martínez, Pinar del Río, participando de la huelga de marzo de 1935, cae presa y permanece tres días detenida.

El 1 de diciembre de 1935 nace su hija Lydia, el padre estaba preso en El Príncipe. Es entonces que Fabio Grobart habla con ella y le revela la verdadera identidad del papá de la niña. Hasta el momento ella lo conocía como Paco o Paquito. No sabía que era Blas Roca, que era un seudónimo. Él estaba preso con otro nombre, porque a quien estaban buscando era al famoso Blas Roca.

Mantiene su militancia dentro del Partido, a pesar de las difíciles condiciones existentes. Después de la huelga de mayo de 1935, con el derrocamiento de Grau San Martín se desata una ola represiva muy fuerte. Se desarticula el movimiento obrero y comienza el avance del fascismo a nivel internacional. Aceleradamente comienza la reorganización de los sindicatos y el movimiento obrero en medio de un agresivo proceso de disolución de los sindicatos, los comunistas y al movimiento revolucionario impuesto por el gobierno Mendieta-Caffery-Batista.

Entre febrero y octubre de 1935 el Partido celebra dos plenos de su comité central. En ellos se plantea que la lucha fundamental no es sólo contra los políticos corruptos del país, sino contra el enemigo principal de la clase obrera: el imperialismo norteamericano. Para poder llevar esa lucha a feliz término, que el poder sea tomado por la clase trabajadora, era necesaria la unidad de todos aquellos interesados en la lucha por la instauración de un régimen civil democrático para la conquista de la independencia nacional. Es cierto que la formación de los Soviets había fracasado, pero quedado la semilla y, sobre todo, la experiencia de lo que se puede y se debe hacer para lograr la verdadera independencia económica y política de Cuba.

Además de la atención a las oficinas del Partido, Dulce María continuaba con su trabajo dentro del movimiento obrero. En Cárdenas, junto a Eladio de Marcos, participa en la huelga de la refinería Arrechabala en 1936. Al crearse el Comité Pro lucha de la Guerra Republicana, en apoyo a la Republica Española agredida por el nazi fascismo, que presidía Rosa Pastora Lecrert y Ramón Nicolau, participa en la recogida de ropa, alimentos y dinero. Se vinculó estrechamente a ellos y ayuda a cuidar compañeros que regresaron heridos de España y había que mantenerlos escondidos.

Trabaja en la creación y fundación de la Federación Democrática de Mujeres Cubanas, que tiene su antecedente en el movimiento feminista cubano de principios del siglo XX. Es que al estar dentro del trabajo sindical, le era fácil movilizar las mujeres para integrarlas a una organización más amplia y con fines más abiertos que los que planteaba el movimiento feminista. Pepilla Vidaurreta, Charito Guillaume, Rosa Pastora Lecrerc y Vicentina Antuña, entre otras, fueron las organizadoras del Primer Congreso Nacional Femenino que en 1939 se celebró en los salones del Centro de Dependientes en La Habana. Desde entonces y hasta el final de su vida, Dulce María trabajó en pro de la mujer. Fue fundadora de la Federación Democrática de Mujeres Cubanas y de la Federación de Mujeres Cubanas, creada el 23 de agosto de 1960.

Volviendo la vista atrás. En el X Pleno del Partido celebrado en julio de 1938 se hizo una evaluación de la nueva situación político-económica del país a raíz de los cambios ocurridos por medidas adoptadas y puestas en práctica por Batista, entre ellas, la legalización del Partido el 13 de septiembre de 1938, que facilitó la reconstrucción del movimiento sindical que culminó en la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC) en enero de 1939 bajo la dirección de Lázaro Peña, y su reconocimiento jurídico gracias a las crecientes luchas de la clase obrera; la celebración de la Asamblea Constituyente que proclamó la Constitución Libre y Soberana, en 1940; la decisión de Batista de abandonar el plan Trienal, y la celebración de elecciones generales en 1940.

Esas demandas, por las cuales habían estado luchando los comunistas bajo las férreas persecuciones, le dio a éstos la oportunidad de acceder al interior del sistema político y desde él, luchar por la conquista de un conjunto de medidas de beneficio popular, en un momento no propicio para la realización de una revolución que transformara el sistema. Eso les permitió a los comunistas trabajar más profundamente en la preparación de una conciencia de clase entre los obreros, campesinos y pueblo en general y en la teoría marxista del comunismo como la verdadera opción para aprender la esencia del capitalismo y la necesidad de la revolución para sustituir todo el régimen de explotación a que eran sometidas las masas populares y trabajadoras de Cuba.

En aquellos años, Dulce María vivía en Arroyo Apolo, hoy perteneciente al municipio habanero de 10 de Octubre. Allí, junto a Nila Ortega y Vicente García Carvajal, desarrollaría un intenso trabajo en las campañas electorales. Tanto dentro del Partido, como dentro de la Federación Democrática de Mujeres Cubanas, estaba sumergida de lleno en la lucha contra el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, recogiendo firmas para la paz, organizando y participando en mítines y actos públicos.

Gracias a la fundación de la CTC y a los miembros del Partido electos como representantes y senadores del Congreso de la República, fue posible desarrollar una política de defensa de los sectores más populares, hasta entonces inédita en Cuba; la aprobación de un conjunto de leyes; luchar contra el desalojo campesino y a favor de la igualdad de la mujer ante el empleo y el salario, la autonomía universitaria, la defensa de los intereses de la escuela pública cubana, entre otros logros que beneficiaron a los sectores más necesitados en todo el país.

Al cumplirse el aniversario 50 de su ingreso en la Universidad de La Habana, Fidel Castro señaló en su discurso que “todas las huelgas, las batallas fundamentales que se libraron en aquel período por el salario, por la mejoría de las condiciones de vida de la población las llevó a cabo, realmente el Partido Comunista y los dirigentes obreros comunistas con una gran lealtad, con una entrega total".

A través del Frente Nacional Antifascista y sus organismos territoriales y el apoyo irrestricto de la CTC, se desarrolló una amplia labor divulgativa, solidaria y de ayuda material a los luchadores antifascistas. Se hizo un llamamiento a los obreros a través de la CTC y el Partido, para evitar las huelgas, a la vez que se le exigía a Batista el cumplimiento de la plataforma de gobierno. Figuras de la talla de Emilio Roig, de Leuchsenring, Fernando Ortiz, Salvador García Agüero, Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez y Blas Roca, entre otros, pudieron refutar las posiciones reaccionarias de la historiografía burguesa, defensora de los intereses imperialistas, de deformar el surgimiento de la nacionalidad cubana, para ajustar los hechos a sus intereses neocoloniales.

En 1946, el gobierno de Estados Unidos estableció la política de Guerra Fría y se lanzó a la conquista de su posición como gendarme mundial. Esa política terminó abruptamente con el coqueteo del gobierno de Grau con los comunistas. Se ilegaliza la CTC y Eusebio Mujal es designado para dirigirla. A esta 'nueva' organización obrera se le denominó popularmente CTK (por K-listo kilowatts). El Partido llama a todos sus militantes reforzar la política de unidad de las masas y reconstruir la unidad quebrantada por los mujalistas, que permitiera una unidad nacional, atrayendo a los sectores patrióticos y antiimperialistas para luchar por la verdadera liberación nacional.

Cuando los comunistas estaban inmersos en esa orientación del partido, se produce el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, cerrándose todas las puertas para una solución democrática burguesa a los candentes problemas de la sociedad cubana. En el artículo titulado Sobre la crisis política actual, publicado en la revista Fundamentos en noviembre de 1951, Blas Roca, secretario general del Partido Socialista Popular, apuntaba:

“La sucesión de golpes de Estado y de sangrientas revueltas, el reforzamiento de las viejas tiranías centroamericanas, la promoción de gobiernos de factura militar, reaccionarios y tiránicos y la progresiva restricción de las libertades públicas, y de todos los derechos democráticos en la Isla, son cosa que no ocurren por casualidad ni representan, tampoco, el resultado natural del desarrollo político interno de los países afectados. Esto es, ante todo el resultado de los manejos de los imperialistas yanquis, de su política de guerra y agresión, de sus esfuerzos por aplastar el movimiento obrero popular antiimperialista y democrático de nuestros países. Esta orientación es la que explica quizás las recientes manifestaciones de ciertos círculos imperialistas con respecto a la posibilidad de un golpe de Estado en Cuba”.

De esta manera, ya a fines de 1951 se alertaba de la proximidad del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952. La reacción popular fue unánime: el pueblo repudió el golpe, no sólo por inconstitucional, sino también porque de un manotazo le quitaba a los comunistas la posibilidad de victoria sobre Prío y su camarilla, en las elecciones que se celebrarían el 1 de junio de 1952. El Partido es ilegalizado, asaltado el periódico HOY y rotas sus máquinas: la rotativa la destruyeron a mandarriazos.

El 26 de julio de 1953, Fidel Castro y un grupo de sus hombres atacan el Cuartel Moncada y el Cuartel de Bayamo, lo que desata la persecución contra los comunistas, en particular contra Blas, el esposo de Dulce María. En esos años vivimos en Estrada Palma 107, Santos Suárez, pero después de la huelga del 9 de abril de 1958, se volvieron más frecuentes las visitas del BRAC, del SIM y del Buró de Investigaciones, y lo mismo buscaban la Carta Semanal, que el Magazine Mella, que la imprenta donde se imprimía la literatura revolucionaria.

Dulce María y sus dos hijos mayores estuvieron detenidos en el SIM, el BRAC y el Buró de Investigaciones. Ella también presa en dos ocasiones en la Décimosegunda Estación de Policía, en la Décima Estación y con Carratalá en la Estación del Cerro. A pesar de las constantes visitas de estos personajes indeseables, la casa de Estrada Palma fue utilizada para celebrar reuniones de la Juventud Socialista. Entre los que allí se reunieron estuvieron Julio Antonio Cendán, Oscar Fernández Padilla, Jorge Risquet Valdés, Fabián Escalante y Fulgencio Oroz.

Hasta el 1 de enero de 1959 la vida de Dulce María y de sus hijos fue muy activa, sin contar la militancia en la Juventud Socialista de sus hijos mayores, todos estuvieron sirviendo al Partido y sus orientaciones. Se vendían la Carta Semanal y el Magazine Mella; distribuían la propaganda que les dejaban; participaron en manifestaciones, como la celebración del 1 de Mayo en el Estadio Universitario en apoyo a la huelga del 9 de abril; recogieron armas, balas, ropa, frazadas, comida para mandar a los rebeldes en la Sierra Maestras y Las Villas, así como dinero para sufragar los gastos de los militantes alzados del Partido y de la Juventud.

El día que triunfó la Revolución, el 1 de enero de 1959, Dulce María se fue con la mamá de Fabián Escalante, a buscar a Fabián que estaba preso en el Buró de Investigaciones y a los demás que fuéramos encontrando, no sólo en el Buró, sino también en el BRAC, SIM. Las dos lograron aglutinar un grupo de mujeres que estaban en la misma situación que la mamá de Fabián y estuvimos revisando lugares en busca de los demás compañeros que pudieran sacarse de las garras de los sicarios que aún quedaban en las estaciones de policía o en los cuarteles.

Es fundadora de los CDR y de la FMC, entonces vivía en Figueroa 664 entre Freyre de Andrade y Espadero, Reparto Sevillano. Participa en la fundación de la escuela Flores de la Vida y en las movilizaciones para la vacunación anti polio, entre otras muchas actividades. Viaja con Blas Roca a China, en la primera delegación cubana que va a ese país y de allí hacen un recorrido bastante amplio por la URSS y otros países socialistas de Europa. Junto a su esposo Blas viajó por diversas naciones formando parte de delegaciones oficiales..

Del Reparto Sevillano se mudan para la Calle 36 No. 92 esquina 41, Nuevo Vedado, vivienda donde hoy radica una escuela secundaria, y dentro de la FMC y los CDR, ocupó los siguientes cargos: Secretaria de Bloque de la FMC; Ideológica de Delegación de la FMC; Presidenta del CDR 4 Sergio Pérez, Nuevo Vedado; Ideológica de la Zona 8 de los CDR Plaza de la Revolución; Ideológica de la Zona 52 de los CDR Plaza de La Revolución e Ideológica de la Zona 54 de los CDR Plaza de la Revolución.

En 1973 le entregan el carné del Partido Comunista de Cuba, ocupando el cargo de Ideológica cuando militaba en el núcleo Zonal de Plaza de la Revolución. Participa como delegada al Primer y Segundo Congreso del PCC. Fue delegada al Primer Congreso de los CDR e invitada al Segundo Congreso de los CDR. Asistió al III Congreso de la FMC. Durante 5 años fue Presidenta del Consejo de Escuela de la Escuela Primaria Mártires del Segundo Frente Oriental Frank País, Nuevo Vedado, por su condición de Abuela Destacada.

En las primeras elecciones del Poder Popular fue candidata a delegada por la Circunscripción 52. En 1973 fue condecorada con la medalla conmemorativa XX Aniversario de la Revolución. En 1981 recibe la distinción 28 de Septiembre. Ese mismo año, el Sindicato Nacional Tabacalero le entregó el carné de Activista de Historia del Movimiento Sindical, en la Fábrica de Tabacos Briones Montoto. En 1987, en un acto solemne celebrado en el Estadio Universitario le fue entregada la Medalla de la Lucha Clandestina.

Al crearse la Asociación de Combatientes, aceptaron los avales que presentó y le otorgaron la condición de miembro de la Asociación. Después de 1959 se incorporó a las Milicias Nacionales Revolucionarias, donde fue Sargento.

En 1990 sufre un paro cardíaco y respiratorio y decide irse a vivir con su hija Lydia. Poco a poco se va agravando la movilidad en el lado izquierdo del cuerpo, debido a un infarto cerebral sufrido en 1987. A partir de ese año, se ve imposibilidad de continuar en sus actividades en los CDR, FMC, PCC y Milicias.

Lydia Roca, sobre su madre y su familia

Dulce María Antúnez Aragón nació en Sancti Spíritus el día 12 de septiembre de 1908, aunque en la inscripción aparece como el 21 de septiembre, que fue el día que la inscribieron. La finca donde vivían, en Tuinicú, pueblo cercano a la ciudad de Sancti Spiritus, se llamaba Sebastopol y se perdió tras la muerte de mi abuelo materno.

Mi padre se casó en 1940, pues tuvo que esperar a que mi papá legalizara su situación de acuerdo a la Constitución aprobada ese año. Él toda su vida fue Secretario General del Partido Socialista Popular y era conocido por el nombre de Blas Roca Calderío, pero su verdadero nombre era Francisco Antúnez Aragón. Mi abuelos abuelos paternos fueron Francisco Antúnez y Josefa Calderío y al igual que mi padre, los dos eran oriundos de Manzanillo. Mis padres tuvieron cuatro hijos, por este orden: Lydia, Francisco Luis, Vladimiro y Joaquín.

A pesar de todos estos altibajos, particularmente por haber tenido que vivir la mayor parte del tiempo en la clandestinidad, vigilados y perseguidos, a mis hermanos y a mí nos criaron “como Dios manda”, según decían mis abuelas Francisca y Josefa. Nos enseñaron a ser justos, honrados, veraces, pero, además teníamos el ejemplo en la casa y no era fácil hacer cosas que no debíamos hacer, pues los dos estaban atentos a nuestras conductas.

Nos trasmitieron el valor de la paz, de la amistad, del compañerismo. Nos leyeron a Martí, Maceo, Máximo Gómez y Félix Varela, el sacerdote que revolucionó la enseñanza en Cuba. De primera mano conocimos la vida de Carlos Baliño, Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena. Y aprendimos a ser fieles a los principios que profesaban nuestros padres. Con estos principios vivió Dulce María hasta el final de sus días.

Mi madre murió a los 86 años, el 25 de abril de 1995, en La Habana.

Lázaro Yuri Valle Roca
La Habana, 30 de junio de 2016.

Foto: Dulce Antúnez a la entrada de la casa donde nacieron ella y sus hermanos, en Tuinucú, Sancti Spiritus. La finca, nombrada Sebastopol, y la casa familiar eran propiedad de sus padres Luis Antúnez y Francisca Aragón.

Ver más fotos en el blog Yuri el contestón.

lunes, 2 de enero de 2017

Mi tía Dulce (I)



Introducción de Tania Quintero Antúnez

Por casualidad, en el blog de mi primo segundo Lázaro Yuri Valle Roca, descubrí el post que en junio de 2016 le dedicó a su abuela Dulce María Antúnez Aragón, madre de mi prima Lydia Roca Antúnez, la madre de Yuri, fallecida el 26 de septiembre de 2013.

Dulce era hermana de mi madre Carmen. Mi madre y mi tía Dulce estaban embarazadas en la misma época. Mi madre dio a luz el 10 de noviembre de 1942 y mi tía Dulce el 21 de diciembre. Yo me llamo Tania por mi tía Dulce y al hijo que tuvo un mes después que yo, ella quería ponerle Vladimir, pero en el registro civil no lo aceptaron, por ser un nombre extranjero. Entonces le puso Vladimiro. Las Antúnez (María Luisa, Dulce María, Cándida Rosa, Alejandrina del Carmen y Teresa de Jesús) fueron cuatro mujeres de armas tomar. Tuvieron tres hermanos (Avelino, Mario y Luis), pero ellas eran las que llevaban los pantalones.

Mi tía Dulce tuvo cuatro hijos (Lydia, Francisco, Vladimiro y Joaquín) me acordé que después del 26 de julio de 1953, Blas Roca y toda la plana mayor del PSP tuvo que pasar a la clandestinidad. Blas estuvo escondido hasta el 1 de enero de 1959, el SIM, el BRAC y Ventura le habían puesto precio a su cabeza. Como mi padre había sido su guardaespaldas desde los años 30, a cada rato se aparecían en nuestra casa, en Romay 67, Cerro. Ellos sabían que mi padre sabía donde se escondía Blas, pero todas las veces que le detuvieron, nunca le torturaron para que delatara. Es que desde que mi padre le metió un trompón a Caramés, jefe de la policía de La Habana, en los jardines del Capitolio, se hizo respetar. Ocurrió que mi padre estaba esperando que Blas terminara una de las sesiones de la asamblea constituyente de la Constitución de 1940 y en eso Caramés se acercó a él y se tiró con una gracia.

Mi padre, José Manuel Quintero Suárez, un mulato de 6 pies y 200 libras, era de muy poco hablar. Por respuesta le metió un trompón y lo tiró al suelo. A Blas estuvieron todo el tiempo buscándolo, pero no lo encontraron. Y Blas no solo no salió de La Habana, si no tampoco del municipio 10 de Octubre. La persona que atendió a Blas fue mi tía María, cuyas hijas, mis primas Teresa y Sara Monteagudo ya eran mujeres y ella pudo permanecer también escondida, cambiando de casa constantemente. Si en algo los comunistas fueron buenos fue en el dominio de las reglas del clandestinaje.

Mi tía Dulce visitaba a Blas una vez al mes o cada dos meses, según la situación en ese momento. Solía pasarse 24-48 horas con Blas, entonces mi madre Carmen y yo nos íbamos para su casa, en Estrada Palma 107, Santos Suárez. Mis primos eran de ampanga, sobre todo Vladimiro, el que hacía más maldades. Con mi madre se portaban mejor y no la mortificaban tanto preguntándole qué iba a cocinar. Pero cuando estaba su madre en la casa, cuando se acercaba la hora de almuerzo o comida, empezaban a preguntar qué iban a comer y mi tía Dulce, riéndose, les respondía: "Pan con culo y sopa de pinga". Así eran las Antúnez.

Introducción de Lázaro Yuri Valle Roca

Escudriñando entre algunos documentos que dejó en custodia a sus hijos mi difunta madre Lydia Roca Antúnez (1935-2013) encontré la biografía hecha por ella de su madre, mi abuela, Dulce María Antúnez Aragón (1908-1995), en la que narra todas las vicisitudes que transitó junto a su esposo Blas Roca Calderío (1908-1987) con el que estuvo casada casi toda su vida, hasta que con el consentimiento de Raúl Castro, los divorciaron, no estando mi abuelo en su pleno juicio, debido a una trombosis que afectó su cerebro dejándolo hemipléjico. Después, a mi abuelo Blas lo casaron con su secretaria Justina Álvarez, boda a la que asistió solo un miembro de nuestra familia, mi tío Vladimiro Roca junto a Raúl Castro.

Mis abuelos, comunistas convencidos, luchaban por cambiar el sistema de corrupción de algunos presidentes de aquellos tiempos, y entre otros logros, consiguieron la legalización del Partido Socialista Popular (PSP) el 13 de septiembre de 1938 y que se realizara la asamblea constituyente que proclamó la Constitución Libre y Soberana de 1940. Algunos militantes del PSP llegaron a ser senadores y otros representantes en el Congreso de la República de Cuba.

El periódico HOY y los sindicatos agrupados en la CTC conformaban la estructura del PSP, gracias a que nunca fueron desmantelados totalmente los instrumentos democráticos y constitucionales, hasta que triunfó la Revolución de 1959 que derogó la Constitución de 1940 y hasta 1976 dirigió el país con un gobierno provisional y sin Ley Fundamental, convirtiendo a Cuba en una dictadura dinástica.

Mi intención no es hacer una disertación sobre este tema, si no homenajear a mi abuela Dulce y a mi madre Lydia, dos sacrificadas y corajudas mujeres que me dieron vida, valores, conocimiento. A través de la biografía de Dulce María, ustedes se darán cuenta que no hay diferencias en lo que nosotros los opositores, activistas y periodistas independientes luchamos y demandamos en estos tiempos. También, por qué soy periodista independiente y por qué me puse del otro lado de la línea impuesta por la dictadura castrista.

Lo que no dice mi madre en esta biografía, es que los integrantes de la familia Roca-Antúnez, producto del divorcio de mis abuelos, fuimos vejados, humillados, estigmatizados, éramos lo peor... Mi abuela Dulce murió en un hospital sin atención por parte de instituciones que supuestamente deben atender a ex combatientes, como también hicieron con mi madre. Los familiares las cuidamos, nos mantuvimos a su lado y siempre las recordaremos con amor.

Biografía de Dulce María Antúnez Aragón, redactada por Lydia Roca Antúnez

Dedicada a todos aquellos hombres y mujeres humildes, siempre olvidados, sin rostro y sin nombres en el tiempo, que forman ese maravilloso conglomerado que es el pueblo, con los que Dulce María convivió, luchó, y aprendió.

He tratado de reflejar, a través de la historia de mi mamá, lo que puede la constancia, la fuerza de voluntad, la honradez, el amor a sus semejantes.

Pienso que el amor a la Patria y a sus semejantes, el amor a las mejores tradiciones familiares fueron motivos suficientes para hacerla como fue.

Es muy difícil hacer un resumen de tantos años de vida agitada y larga, pero con la biografía de mi mamá me he propuesto demostrar lo siguiente:

- Cuando te traces una meta, no la abandones.
- Aunque encuentres muchos escollos en tu vida, no desmayes en lograr tus objetivos.
- Sé paciente.
- Ama y respeta a tus semejantes.
- No tengas pena de decir que no sabes algo, aprende del que más sabe y quiere ayudarte.
- Aprende a transmitir a tus hijos los valores mejores del ser humano.

Espero haber logrado mi propósito.

Muchas noches, a pesar del cansancio que tenía luego de realizar los trabajos del día, la joven Dulce María se ponía a pensar si siempre iba a ser criada en una casa de alguno de los "bueyes de oro" de Sancti Spíritus.

Ella extrañaba el trabajo de las recogidas de tabaco en el mismo Sancti Spíritus, faena que aprendió con Pedro, su abuelo materno, después de la muerte de su padre. Tenía entonces 22 años. Estando en las escogidas ingresó en Defensa Obrera Internacional, una organización que daba ayuda a los familiares de presos políticos, hacíamos visitas a la cárcel, recogíamos ropas, dinero, comida, todo lo que pudiera ayudar a los presos y a sus familias.

Doña Esther, la señora de la casa donde se había colocado como empleada doméstica, era una mujer muy distinguida y fina. Su esposo, Pedro Mencía, 'el buey de oro', como le decían, era abogado y trabajaba para todos los terratenientes y dueños de centrales de la zona. El matrimonio tenía cuatro hijos: dos varones y dos hembras jimaguas. Dulce María tenía que atender a los cuatro mientras estaban en la casa. Cuando se iban para la escuela, limpiaba, lavaba, ayudaba en la cocina, planchaba y con yarez tejía cestas, alfombras y portacazuelas. Con dos agujas o crochet, tejía sobrecamas y puntas de manteles. También zurcía y pegaba botones.

Cuando los niños llegaban de la escuela, debía ayudar a bañarlos, servirles la merienda, cuidarlos hasta la hora de comer y prepararlos para que se acostaran. Aunque el trabajo en la casa de los Mencía era agotador, siguió incorporada a Defensa Obrera Internacional y de alguna forma a la escogida de tabaco.

A menudo, Dulce María recibía la visita de un primo que estaba involucrado en el trabajo sindical y era el que la mantenía al tanto de las luchas sindicales y le llevaba propaganda, manteniendo nexos con otros compañeros. En la casa pensaban que era un enamorado y solamente podía verlo dos veces por semana, por las tardes, unos quince o veinte minutos, a través de la reja del jardín. Así se fue adentrando en las luchas obreras y sindicales.

Estaba consciente de que al morir su padre, su familia había quedado un poco desamparada. Sus hermanos sabían trabajar en el campo, pues ayudaban a su padre. Las hembras eran diestras en las labores de la casa. Con solo 9 o 10 años, ayudaba a su madre como “recibidora”, una especie de partera natural, sin estudios profesionales. En los partos que asistió a su madre, nunca tuvo problemas: no se murieron ni la madre ni la criatura, ni hubo complicaciones de hemorragias o infecciones. También ayudaba a su padre en el campo, ordeñando, cuidando los animales de corral, recogiendo tabaco, frutas, viandas. O con las colmenas, en el desmoche de palmas, ayudándole en el techado de la vivienda y en la tienda que había en la casa.

Sus padres participaron en la Guerra de Independencia. La madre, Francisca Aragón, como mensajera y el padre, Luis Antúnez, se incorporó al Ejercito Libertador, bajo las órdenes de Serafín Sánchez, con quien se decía estaba emparentado. Antúnez también peleó en la tropa de Antonio Maceo. Su padre llevaba el apellido de la madre: ella y sus dos hermanas eran negras libertas y llevaban el apellido del antiguo amo.

La finca de sus padres se llamaba Sebastopol y quedaba cerca del pueblo, de Tuinucú. Sembraban tabaco (que se vendía en la bodega que tenían en una parte de la sala y el portal), frutas, malanga, plátano, yuca, boniato. Tenían varias vacas, puercos, gallinas, patos, guanajos. De una parte de la finca, su padre cedió un terreno para abrir una escuela, en la cual los ocho hermanos aprendieron a leer y escribir. Sebastopol quedaba separada de otras fincas por cercas de piedras y almácigos. Las relaciones con sus vecinos eran muy buenas y algunos fueron padrinos de algunos de los ocho hermanos. Sus padres, Luis y Francisca, ayudaban a los vecinos en sus faenas, entre ellos habían isleños (españoles nacidos en Islas Canarias). Los abuelos maternos eran españoles.

Poco a poco, Dulce María se fue involucrando en las luchas sindicales y campesinas, le interesaba tanto lo que sucedía a su alrededor, que deció dejar el trabajo en casa de los Mencía. Volvió a la escogida de tabaco y se adentró aún más en las luchas sindicales.En enero de 1932 fue nombrada delegada al Primer Congreso Nacional Tabacalero, celebrado en Camajuaní. A partir de ahí se dedicó de lleno la lucha sindical. Se iniciaron sus vínculos con la política, aunque al principio no entendía muy bien aquello de un nuevo sistema económico, pero sí estaba segura de que la explotación a la que eran sometidos los obreros y campesinos cubanos, tenía que terminar. Y que eso correspondía a los trabajaban en fábricas, chinchales, cañaverales y despalillos. En el despalillo era muy hábil el tabaco que cosechaba y se vendía en la tienda de su casa, era escogido y despalillado por ella y su abuelo Pedro.

Después del Congreso Tabacalero, Dulce María continúo trabajando con los sindicatos en Placetas, Ranchuelo, Camajuaní, Remedios, Manicaragua... Apoyaba huelgas y asistía a mítines convocados por la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC) y a su vez participaba en actividades contra la tiranía machadista. Fue detenida en varias ocasiones y en una de ellas la enviaron al Vivac de Placetas, donde estuvo dos días en huelga de hambre junto a otros cinco compañeros.

Aprendió a hablarle a las mujeres de las escogidas y de los despalillos. Reclamaban mejores condiciones de trabajo, mejores salarios, respeto a las trabajadoras. Comenzó a destacarse como agitadora política. Eran tiempos muy difíciles: cada vez más se fortalecía el movimiento sindical, su organización se solidificaba y disponían de un gran instrumento: las huelgas. Empezaron a exigir menos horas de trabajo, les decían que recibían salarios miserables y que no se podía permitir mano de obra infantil en ningún puesto de trabajo.

En esos años, Dulce María se cortó el pelo a lo “garçón” y se puse el nombre de Esther, seudónimo por el cual era conocida toda la provincia de Las Villas. Como tenía la piel blanca, el pelo rubianco y los ojos verdosos, le pusieron el apodo de "Esther, la Rusa". A mediados de 1932 la envían a La Habana. Estando con Carmen Blanco (esposa de Isidro Figueroa) y Juan Blanco en La Habana Vieja, mimeografiando un boletín de Defensa Obrera Internacional -que debía distribuirse el 1° de Mayo de ese año- es detectada por la policía y logra escapar.

Regresa a Las Villas, donde la situación de la provincia y, en general en el país, no era nada buena. Había mucha hambre, miseria y represión. Pero a pesar del plan de machete, torturas, desalojos campesinos, asesinatos de líderes sindicales y políticos, la lucha se radicalizaba cada vez más.

A principios de 1933 la detienen y envían a la cárcel de Remedios, estuvo cerca de un mes y fue puesta en libertad bajo fianza. En noviembre de 1932 el Partido Comunista había lanzado un llamamiento titulado “Todo el poder para los obreros y campesinos apoyados en comités de soldados y marinos”, donde planteaba la verdadera revolución agraria y antiimperialista. En agosto de ese año, el Partido reafirma el llamado para crear Soviets locales. Para el mes de septiembre se constituye el Soviet del central Mabay, en Manzanillo.

Junto a Tomasa González y Antonio Falero, Dulce María formó parte de la creación del Soviet del central Nazábal siguiendo el ejemplo del central Mabay. El central Nazábal había sido fundado en 1932 con el nombre de Patricio, en la barriada El Santo, en el término municipal de Encrucijada, Las Villas. En esos momentos tenía capacidad para moler 250 mil arrobas de caña en 24 horas. En Encrucijada había dos centrales más, llamados Constancia.

En la ciudad de Santa Clara participó en las huelgas del Sindicato de la Aguja y en el boicot a la firma Trinidad y Hermanos en Ranchuelo. Es detenida por segunda vez en Remedios. El 12 de agosto de 1933, día de la caída de Machado, a ella y otros presos el pueblo de Remedios los sacó en hombros de la prisión. (Continuará).

Lázaro Yuri Valle Roca
La Habana, 30 de junio de 2016.

Foto: Dulce María Antúnez Aragón en su juventud.
Ver más fotos en el blog Yuri el contestón.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Despedir el año bailando


Bailar no cuesta nada y es bueno para el cuerpo y alma. Además, se puede hacerlo en solitario, en pareja o en grupo, como la rueda de casino.


No es necesario ponerse una ropa especial, pero si la pareja se viste con elegancia, es más agradable verlos bailar.


Deseamos que 2017 sea un buen año para Cuba y también para el mundo, tan necesitado de paz y armonía.

Tania Quintero y Marco A. Pérez López