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miércoles, 22 de octubre de 2014

Maderas preciosas, sólo para el dictador



En estos tiempos en que el calor se hace insoportable y las lluvias apenas refrescan, no puedo dejar de recordar la casa donde nací y viví los primeros años. Era amplia, de madera, con techo a dos aguas, de tejas planas (francesas), con un portal alrededor y grandes ventanales.

Desde la época colonial, las construcciones de madera fueron muy apreciadas en Cuba. Existía una cultura de la arquitectura en madera, avalada por muchos y buenos carpinteros que dejaban en sus obras un sello de sencillez y buen gusto.

Unido a esto, ya desde principios del siglo pasado se tomaban medidas para evitar la deforestación. En 1923 se dictó una ley para proteger los bosques, que regulaba la explotación forestal indiscriminada. En 1933 se creó la Escuela Forestal, cuyo principal objetivo era enseñar el cuidado y conservación de los bosques.

Luego, el rápido crecimiento de la población en el período republicano estimuló la creación de un nuevo tipo de arquitectura, caracterizada por la construcción de edificios, fundamentalmente en La Habana. Pero las casas de madera seguían construyéndose en ciudades, pueblos y zonas rurales, donde representan una parte considerable del inmobiliario.

Pero a pesar de que estas viviendas se adecúan muy bien a nuestro clima, su construcción y conservación se ha desestimado. En 1959, el gobierno revolucionario se adjudicó el derecho exclusivo de explotación de nuestros recursos naturales. Cualquier uso privado de éstos, aunque fuera en pequeña escala, fue proscrito y demonizado bajo el estigma de “indiscriminado” o “furtivo”.

Así como ocurre con la langosta o las cotorras de Isla de Pinos, los bosques pasaron a formar parte del patrimonio gubernamental. Obtener, adquirir o comercializar madera se convirtió en un delito por el cual no pocas personas han ido a prisión.

Muchas veces en documentales de países desarrollados, vemos que las construcciones de madera siguen ocupando un lugar importante. En Cuba la situación es bien diferente.

En la revista Bohemia del 16 de mayo de 2014, la periodista Tania Chappi publicó un reportaje al que muy acertadamente tituló Paisaje para el recuerdo, sobre las viviendas de madera en Punta Gorda, en la ciudad de Cienfuegos.

Chappi destaca que esos inmuebles tienen valor patrimonial, y por ello a sus propietarios les está prohibido modificar drásticamente fachadas o la estructura de las casas. Sin embargo, no se les brindan recursos ni posibilidades de adquirir madera y tejas para poderlas reparar, ya que todo lo que se comercializa es para inmuebles de mampostería.

Esas bellas edificaciones están en peligro de desaparecer. La situación se repite en otras localidades de valor patrimonial a lo largo y ancho del país.

Mientras, la noche del 12 de agosto, vísperas del 88 cumpleaños de Fidel Castro, la televisión cubana emitió un amplio reportaje sobre la reparación capital que se hizo en Birán, Mayarí, provincia de Holguín, a la casa natal de los Castro. Que es de madera.

Texto y foto: Gladys Linares
Cubanet, 15 de agosto de 2014.
Foto: Casas de madera en la barriada habanera de Lawton.

lunes, 20 de octubre de 2014

La lenta muerte del teatro Campoamor



El Capitolio, monumento nacional, sede del Congreso de la República hasta 1958, está en reparaciones.

A solo unos pasos, en la esquina de Industria y San José, desde hace más medio siglo, el Teatro Campoamor está condenado a muerte.

En este hermoso teatro en forma de herradura, artesonado con orlas doradas y palcos con barandillas de bronce, se daba cita la sociedad habanera y también el populacho, que se apelotonaba en el gallinero para chiflarle al tenor de opereta cuando se le escapaba un 'gallo'.

En el Campoamor brillaron Rita Montaner, Libertad Lamarque, Imperio Argentina y Lola Flores, entre otras famosas de entonces.

En el teatro de moda de la década 1930-40, Fernando Ortíz celebró sus veladas afrocubanas. Y por primera vez se escucharon los tambores batá de Pablo Roche, en 1936. Ese mismo año, Ortiz auspició allí el Festival de Poesía que dirigió Juan Ramón Jiménez.

Por su escenario pasaron las grandes compañías españolas y cubanas de vodevil, con Angelita Castany, Blanquita Amaro, y también lo más chispeante del teatro vernáculo. En sainetes con música de Rodrigo Prats, Alicia Rico y el viejito Bringuier, con chispa contagiosa, improvisaban 'morcillas', atacando a los políticos.

En un ejemplar de la revista Lux de 1938 aparecía este anuncio:“Cine-velada 15 de agosto en Campoamor: 1. Más gatitos (cartón de Artistas Unidos); 2. Noticiero (Universal); 3, Noches de Fuego (International Films)".

En un noticiero proyectado en el Campoamor, pudo verse al presidente Roosevelt dirigirse a las naciones civilizadas, para que proscribieran la barbarie bélica que se aproximaba. Un mensaje que ese año fue escuchado por 50 millones de personas a través de 1,300 estaciones de radio del mundo.

En 1954 se proyectaron dos grandes filmes, la producción británica Hamlet, y Roma, cittá aperta, exponente del neorrealismo italiano. Los habaneros también tuvieron oportunidad de ver películas mexicanas y melodramas argentinos, algunos con el ídolo del tango Carlos Gardel.

El Campoamor combinaba los sainetes bufos con compañías de vodevil y proyecciones cinematográficas. En cada función exhibía dos largometrajes, cortos de noticias y de humor.

Era costumbre que un espectáculo dramático-musical, por lo general piezas picarescas con doble sentido o alusiones políticas, se mantuviera por largo tiempo en escena. Por exigencia del gremio de músicos y artistas, el gobierno obligaba a los dueños de salas- teatros, a ofrecer películas conjuntamente con espectáculos en vivo.

El afamado criminalista argentino Osvaldo Laudet, en una conferencia en el Campoamor, expresó: “¡Vivir es una cosa diferente a existir!”. Sentencia aplicable a este teatro, porque entre vigas, techos y paredes en ruinas, existen piedras que cuentan historias secretas de amor, llanto, risas y esperanzas.

En el filme Arte nuevo de hacer ruinas, del alemán Florian Borchmeyer, basado en una crónica del escritor Antonio José Ponte, la cámara entra a las ruinas del Campoamor.

Y en lo que fuera el artesonado del escenario, vivía Reinaldo, trabajador del teatro durante ocho años, y que al quedarse sin casa, como tantos cubanos, residió entre escombros. Sobrecoge el amor de este hombre por las memorables piedras. Reinaldo falleció a consecuencia de un derrumbe que en 2012 se produjo en el interior del teatro, su vivienda.

El Teatro Campoamor, situado en el entorno de la Habana Vieja, declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, por su historia y arquitectura, es un inmueble patrimonial. Pero la mandarria de la revolución lo convirtió en ruinas.

Reinaldo Cosano Alén
Cubanet, 30 de julio de 2014.
Foto tomada de Cubanet.

viernes, 17 de octubre de 2014

El sexo puede ser una aventura




Yasmani creía haber dejado atrás lo más difícil. Su romance con Roxana fue a largo plazo. “Flirteábamos desde segundo año del pre. Alguna que otra vez íbamos a una fiesta y tonteábamos un poco, pero no me decidía a lanzarme. Cuando yo estaba en cuarto año de la carrera de Derecho nos hicimos novios”, recuerda.

Y llegaron las vacaciones de verano. Los padres del joven, por sus buenas notas académicas, le regalaron 25 pesos convertibles. “Planificamos ir a una discoteca y luego alquilar tres horas en una casa para parejas. Pero en la disco nos excedimos en los gastos. Al final terminamos haciendo el amor en el patio de una escuela, como siempre”, cuenta Yasmani.

Su caso no es una excepción. Incluso matrimonios consolidados de muchos años tienen que ser muy creativos a la hora tener sexo. Mario, padre de tres hijos, duerme en un sofá de la sala de su casa.

“En la vivienda hay tres habitaciones. Mis suegros duermen en una. En la otra, la hermana de mi esposa con su marido y sus dos hijos. Y en la tercera, dos de mis hijos en una litera y el otro con su madre en una cama personal. No hay cama para tanta gente”, dice con una sonrisa.

Según Mario, hacer el amor es casi una hazaña. “Es como jugar a los escondidos. Cuando más lo deseamos, a la suegra le da por ver la tele hasta altas horas de la noche. Cuando éramos jóvenes íbamos a parques oscuros o en la escalera de algún edificio. Ya no estamos para esos trotes. Nuestras citas son de madrugada. Pero a esa hora casi siempre estamos cansados”, señala.

Matrimonios como el de Mario no tienen dinero para pagar unas horas en alguna casa de alquiler que como flores surgen en La Habana. El déficit habitacional en Cuba complica la privacidad y la estabilidad conyugal.

“Es muy raro que en en Cuba, en una casa no vivan cuando menos tres generaciones diferentes. Si tienen hijos, es habitual que ellos duerman en el mismo cuarto con sus padres. Lo cual dificulta las relaciones de pareja”, apunta Arturo, sexólogo.

Antes de 1989, cuando Cuba comenzó su largo trayecto por el desierto de la actual crisis económica estacionaria, que se inició con el llamado ‘período especial’, existían posadas, casas de citas a precios módicos en distintos sitios de la capital.

Todavía Renato se acuerda de los tiempos en que hacía el amor con su novia en una desvencijada posada habanera de su barrio.

“Habían posadas de varias categorías, según el bolsillo. En la Avenida Acosta y Carmen, en Lawton, estaba ubicada la peor de todas. Las ventanas eran de concreto, parecía que estabas en una celda. Las habitaciones no estaban climatizadas y el posadero tenía pinta de borracho o asesino. En los cuartos existían pequeños orificios donde mirones desde la calle se dedicaban a fisgonear. Una vez cogí a un tipo introduciendo un pequeño espejo entre los barrotes de cemento. Aquello era un infierno”, evoca Renato.

No todas las posadas eran tugurios de paredes colmadas de frases lascivas de mal gusto y donde merodeaban rescabuchadores y jamoneros. “En el Vedado y por la carretera Monumental, al este de La Habana, habían posadas discretas, con aire acondicionado y neveras con cerveza y refrigerios. Eran más caras. Pero cualquier trabajador podían ir”, dice Renato.

Hiram, posadero retirado, señala que “las posadas eran un buen negocio. Siempre había colas. Los posaderos teníamos dos o tres cuartos habilitados para las parejas que pagaban un dinero extra. En esa época no estaba autorizado alquilarle a los homosexuales”.

En el siglo XXI, las posadas estatales son un recuerdo lejano. Casi todas se han transformado en albergues para personas que han perdido sus casas debido a derrumbes.

Si deseas compartir con tu pareja en un sitio confortable debes disponer de no menos de 120 pesos, la mitad del salario mínimo en Cuba. En La Habana existen más de 450 casas particulares para citas.

Casi todas con aire acondicionado, agua fría y caliente, neveras con bebidas y algunas hasta con jacuzzi. Tienen servicio de comida y tres horas pueden costar 5 cuc o 120 pesos, las más baratas.

Por las noches, los dueños prefieren rentar el cuarto a 10 pesos convertibles toda la madrugada. “Es mejor. Después de las dos o tres de la madrugada es difícil que vengan nuevos clientes”, apunta Norberto, dueño de una casa que alquila a parejas en la barriada de La Víbora.

Hay casas de citas para todos los gustos. Residencias exclusivas con piscina y un bar bien surtido. En otras, sobre todo en la parte vieja de la ciudad, los cuartos son auténticos cobertizos calurosos. Por lo regular son alquilados por vecinos a personas que ligan prostituas y pingueros y cobran 25 pesos la media hora.

En estas casas se permiten parejas homosexuales y orgías discretas con lesbianas. “Cualquier cosa mientras paguen, cuiden la propiedad y no sean muy ruidosos. Lo único que prohibo es el acceso de menores de edad”, comenta Miguel, propietario de una precaria casa de citas.

Según Carlos, sociólogo, la prostitución, la infidelidad matrimonial y el homosexualismo han convertido el hospedaje de parejas en un excelente negocio. “El machismo rampante en Cuba provoca que sea de buen gusto que los hombres de éxito o con poder tengan una o varias amantes. Esas casas suelen ser sus nidos de amor”, acota el sociólogo.

Mientras muchas parejas reservan en habitaciones confortables, otros como Mario o Yasmani deben jugar al gato y al ratón con sus suegros o el custodio de una escuela si quieren tener un rato de intimidad. Para ellos el sexo es una aventura.

Iván García

miércoles, 15 de octubre de 2014

Sexo a las puertas de la cancillería


Túneles militares o trincheras abandonados, matorrales al fondo de edificaciones, inmuebles en peligro de derrumbes, centros deportivos en estado deplorable como el Estadio José Martí (colindante con el Ministerio de Relaciones Exteriores), monumentos históricos como el del expresidente José Miguel Gómez, en la calle G, Vedado, son espacios frecuentados por todo tipo de parejas.

Expuestos a ser asaltados por maleantes, reprendidos por la policía o a morir atrapados en los escombros de un desplome, miles de personas que no cuentan con un lugar donde pasar un rato, acuden a estos sitios que, además, sirven de refugio a enfermos mentales desamparados o a gente que no tiene un techo donde cobijarse, como es el caso de Orlando Suárez, de Santiago de Cuba, que nos explica cómo decidió venir para La Habana después que el último ciclón que afectara el oriente cubano le destruyera la casa.

Suárez nos cuenta que al igual que él, otros muchos orientales que perdieron sus casas y aún esperan por la ayuda del gobierno, utilizan los parques y las instalaciones en ruina para pasar la noche.

Dice que todos los días pasan por ese lugar decenas de personas, unas para hacer sexo, otras para orinar o defecar en esos mismos locales que él y otros usan para pernoctar. Nos muestra el lugar donde duerme, un espacio techado, pero repleto de inmundicias de todo tipo: aguas pútridas, condones usados, paredes derruidas, algunas con advertencias de derrumbe.

Echa un trozo de paño en el piso y se tira a dormir. En la mañana recoge sus “propiedades”, las carga en una mochila y deambula por las calles del Vedado haciendo pequeñas faenas en jardines que le proporcionan algo para sobrevivir.

Joel Cano, vecino de los alrededores de la cancillería, es de los pocos que aún utilizan la pista abandonada del antiguo estadio. Todas las tardes ve cómo, al caer la noche, la zona se llena de gente en busca de un lugar para dormir y resguardarse de la lluvia. O mantener relaciones sexuales, a solo unos metros y casi a la vista de los funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores, a quienes no parece preocuparles la situación.

Joel ha sido testigo de asaltos y abusos por parte de malhechores que aprovechan el desamparo de la zona. Actúan contra las parejas o contra aquellos infelices, sin techo propio, que logran reunir algún dinero a merced de las limosnas o los oficios que ejercen, algunos muy parecidos a la prostitución, inclusive más inhumanos.

Por eso, Joel jamás se queda hasta muy tarde en la calle y nos recomienda que abandonemos el parque antes de que caiga el sol. "Es muy peligroso y los pueden asaltar", nos advierte.

Lo mismo ocurre en la llamada Potajera, al fondo del hospital Calixto García y en las faldas del Castillo del Príncipe, en pleno centro del Vedado. Después de las 9 de la noche, la zona es frecuentada principalmente por homosexuales en busca de encuentros casuales o por parejas gays rechazados socialmente, y no cuentan con un lugar para la intimidad.

El sitio es conocido por los sistemáticos asaltos y muertes violentas. Hace apenas cinco años, soldados de la unidad militar del Castillo del Príncipe, durante meses se dedicaron a engatusar a una decena de homosexuales para luego asaltarlos, ultimarlos y enterrarlos en el lugar, muy cercano a los túneles militares de la zona, ahora clausurados.

La Habana, abarrotada de calles oscuras, edificios en ruinas, yerbazales, carente de servicios esenciales para una población que en su mayoría vive por debajo del nivel de pobreza, está llena de tales escenarios.

En estos lugares no penetra el ojo de la prensa oficial, a pesar de que en algunos, como el Estadio José Martí, está practicamente en el vestíbulo de un ministerio muy preocupado por lo que ocurre más allá de sus fronteras o bien adentro de sus oficinas, pero inconmovible ante el teatro dantesco que los diplomáticos cubanos pudieran palpar con solo sacar la mano por las ventanas.

A finales de la década de los 90, el gobierno cubano decretó el cierre de todas las posadas, pequeños moteles con pésimas condiciones sanitarias que aún así servían como casas de citas a parejas que no tenían un lugar donde pasar unas horas.

El acceso a los hoteles estaba prohibido a la mayor parte de la población y aunque no hubiera existido la absurda restricción, los precios y la moneda (dólares) en que se cobraban los servicios, no estaban al alcance de la mayoría de la población. Solo militares y personas ligadas a las élites de poder eran inmunes a las exclusiones. Situación que no ha cambiado mucho en la actualidad.

Aunque era pésimo, el servicio de las posadas (actualmente convertidas en ciudadelas, demolidas o transformadas en oficinas estatales) era imprescindible en una ciudad donde muy pocos matrimonios o parejas podían darse el lujo de comprar o rentar una casa o apartamento.

Desaparecidas las posadas, surgieron negocios particulares, muchos de ellos ilegales, que cobran un promedio de 1 a 5 cuc por hora, un precio prohibitivo para quienes viven de sus salarios.

Es por eso que, en toda La Habana, tanto en el centro como en la periferia, han proliferado las zonas de encuentros o de “tolerancia”, donde acuden las parejas en busca de unas horas de placer.

Maira Cairo y Ernesto Pérez Chang
Cubanet, 5 de septiembre de 2014.

lunes, 13 de octubre de 2014

Réquiem por las posadas


Como la letra de aquel viejo tango agridulce, “caminito que el tiempo ha borrado”, así también quedaron dentro del “cagastrismo” las posadas cubanas, tal vez la última expresión de libertad corporal que el régimen permitía sin su vigilancia total.

En el directorio telefónico de Ciudad de La Habana en 1979 estaban registradas 57 posadas, unos años después en 1989 quedaban 31. Hoy en día no sobrevive ninguna.

Las posadas, o su revolucionario nombre de Albergues INIT, cambiaron su rostro a medida que la vieja dama indigna del socialismo envejeció.

Así de lugares medio misteriosos, silenciosos, cómplices y discretos como se caracterizaron al principio, se convirtieron después en ruidosos, indiscretos y sobre todo desagradables.

Si las “señoritas” que decidían desfogar sus hormonas se escondían en una esquina en las primeras décadas del desastre revolucionario y era el novio el que llegaba a la cola para marcar, en los años siguientes ellas mismas preguntaban: ¿Quién es el último?

Esperar por hacer el sexo se transformó en una tertulia donde muchas veces se hablaba de la película de acción de turno, las habilidades de un pelotero hasta de la política internacional con una participación de todos los que estaban en la fila.

Lo peor de aquel trance sexual eran los cuartos malolientes, con aquel tufillo a rancio y fluidos corporales cortados que podrían espantar a cualquiera no nacido dentro de la isla.

Lo mejor, aparte del jolgorio carnal, era leer los graffiti en las paredes con redacciones groseras y faltas de ortografías como “Aquí estubo Pepe con Carmita y hecharon cuatro palos” o los poéticos edulcorados de “Juan ama hasta la eternidad a Yiya”. Por supuesto alguna que otra vez aparecían los “Abajo Fidel”.

Y como la demanda del jubileo siempre estaba arriba de la oferta, los ardorosos cubanos trataban de buscar las mejores posadas, aunque en una madrugada de rones y apretones mal contenidos cualquier sitio resultaba bueno.

La pasión muchas veces nos hizo cerrar los ojos ante los colchones en mal estado, paredes carcomidas por la humedad y la ausencia de acondicionadores de aires o ventiladores en aquellas tristes habitaciones sin amor preparadas para hacer el amor.

Quizás muchos recuerden algunos de estos nombres de posadas como la popular 11 y 24 del Vedado, Las Casitas de Ayestarán, La Campiña, La Canadá Dry, Venus, Dos Palmas, Aseo, Serafines, El Morro, La Monumental, Isla de Chipre, Areca, entre otras, fueron muy populares. Hoy no existen para ese cometido social. La magnánima revolución decidió darle otro cometido a los legendarios albergues.

No importa que las parejas tengan problemas graves de vivienda y solo en uno de esos recintos pueden tener un poco de libertad sexual sin molestar a sus parientes donde viven agregados. Eso no importa.

No importa que la gente tenga necesidades físicas y normales de querer hacer el sexo. Eso no importa.

La crisis económica y, sobre todo, la crisis por la falta de casas, convirtieron a las posadas en refugios para familias damnificadas por ciclones, derrumbes o la combinación de ambos.

El régimen decidió “penetrar” una vez más a la sociedad con la idea de que en este caso, esas instalaciones debían entregarse como albergues a las personas que no tenían casa. ¡Qué maravilla, qué generosidad, qué altruismo socialista¡.

Pero siempre hay cubanos con chispa y entendimiento del negocio, quienes transformaron sus casas en posadas. Cobran por hora o por noche. Los cuartos tienen aire acondicionado, televisor, equipo de video y peliculitas pornográficas. Con un costo de cinco pesos convertibles.

Otras de esas viviendas-posadas-familiares que no tienen aire acondicionado, sino ventilador, cobran entre 60 y 80 pesos por tres horas con una buena higiene, según me comentó un conocido.

Y, por supuesto, no todos tienen esa posibilidad y deben recurrir entonces a escaleras, azoteas, pasillos y parques, en un sexo sin barreras, por llanos y montañas.

A los hombres y mujeres de mediana edad nos quedará el reflejo pavloviano de “levantarnos el ánimo” unos y "sofocarse" otros, al recordar esos días de posadas y amores a veces prohibidos.

Los más jóvenes quizás no entiendan este réquiem por las posadas, otra víctima más en este medio siglo de locuras “cagastrísticas”.

Gilberto Dihigo

El Palenque de Dihigo, 17 de enero de 2011.

viernes, 10 de octubre de 2014

Aquellas posadas



Primeramente fueron llamados "Albergues INIT", porque eran administrados por el entonces Instituto Nacional de la Industria Turística. Sin embargo, los cubanos les pusieron el nombre por el que aún siguen siendo recordados: posadas.

En su concepción original, las posadas eran sitios para pernoctar cuando se llegaba a la ciudad a realizar algún tipo de gestión que requería de varios días. También eran lugares para parejas que buscaban un espacio para estar unas horas a gusto.

La mayoría de los hombres que no poseían una vivienda buscaban el modo de convencer a sus ocasionales o estables parejas para ir a una posada. En esa etapa, alquilar una habitación en el hotel Habana Libre costaba alrededor de 22 pesos la noche. Pero en los años 70 y 80, 22 pesos era algo duro de conseguir.

Generalmente, las mujeres le hacían cierto rechazo a la idea de ir a las posadas. Si eran muy jóvenes, tenían miedo a ser reconocidas por alguien del barrio o la escuela. Si eran más adultas, ponían cierto reparo ante la higiene en las habitaciones y los huecos en las paredes. Era latente el peligro de infectarse con cierta clase de bichos francamente indeseables, los denominados 'caránganos'.

Era recomendable revisar las paredes y en especial la puerta. Los huecos, y los correspondientes mirones, parecían formar parte del inexistente servicio al usuario. Desde mediados de los 80, las posadas empeoraron aún más.

Quien se lanzaba a la gran aventura de visitarlas, sin estar debidamente preparado, podía correr ciertos riesgos. Hay quien tuvo que lidiar con una habitación cuya cama estaba sostenida por cuatro ladrillos. También era posible encontrarse con colchones con más huecos que el paisaje lunar.

Los fines de semana era complicado reservar un cuarto. Las filas resultaban largas y tediosas. Era común pagar diez o incluso veinte pesos, para entrar más rápido. Aparte, el posadero manejaba dos o tres habitaciones para alquilarlas a quienes pagaban el sobreprecio. Como valor añadido, existía la posibilidad de que el colchón, la cama y la sábana fueran nuevos o al menos la sábana estuviera limpia.

La habitación solía tener un pequeño baño donde nunca había agua. Dentro, a un costado, se hallaba un recipiente más o menos idóneo para recogerla. El preciado líquido se buscaba al final del pasillo en un tanque o, con suerte, se tomaba de un grifo.

El destino de las posadas, al menos en La Habana, cambió definitivamente después de la llamada Tormenta del siglo, en marzo de 1993. En esa época, la mayoría de las posadas se hallaban en manos del Poder Popular. Algunas estaban en mal estado, con problemas de filtraciones y humedad en las paredes. Sin embargo, rápidamente, los antiguos albergues se convirtieron en casas de vivienda para damnificados.

"Al principio, tuvimos que poner un cartel en la entrada: ESTO YA NO ES POSADA, AQUÍ VIVEN FAMILIAS, NO MOLESTE, contó a este reportero un inquilino de la antigua posada Venus, cercana a la estación central de trenes, en la Habana Vieja.

"Es que las parejas llegaban aquí, borrachas o arrebatadas, gritando: ¡Posadero, dame un cuarto que estamos locos por templar! Tremenda pena ese show con niños y personas, pero ya todo eso pasó."

Aunque en La Habana han desaparecido las posadas, en otras ciudades del país, como en Holguín, se conserva esa modalidad de hospedaje. Allí, años atrás, el gobierno local logró destinar un presupuesto en la reparación básica de antiguos hoteles en el área urbana, como el Majestic y el Turquino. Y se mantuvo el pago del servicio en moneda nacional.

En Santa Clara, el hotel Modelo recibió una supuesta reparación general y fue reinaugurado con bombos y platillos. Al poco tiempo los problemas afloraron y está más o menos igual que antes.

El papel que jugaban las posadas es asumido hoy por los arrendatarios de habitaciones en casas particulares. En Holguín se cobra la estadía por horas, consideran que es más lucrativo hacerlo así y no por días de estancia. En Cienfuegos y Santiago de Cuba, el precio de alquiler diario es de entre 8 y 10 cuc, en dependencia de las condiciones de la habitación, si tiene aire acondicionado o ventilador.

En La Habana, el precio obedece a la ubicación y las comodidades ofertadas. Se cobra más caro en el Vedado, cerca de la zona de los hospitales Oncológico y Calixto García. En Playa, los arrendatarios situados cerca de la Casa de la Música de Miramar, cobran por horas y tienen clientela fija.

En fecha reciente, el Estado autorizó a las empresas que poseen pequeños o medianos moteles, conocidos como Casas de Visita, a ofrecer servicio de hospedaje a cualquier persona que lo solicite. Las habitaciones pueden ser alquiladas por días o por horas. El pago es en cup, la devaluada moneda nacional.

Sin embargo, en el recuerdo de los mayores de 50 años perviven aún aquellas posadas, donde muchos descubrieron la magia imperecedera del sexo.

Camilo Ernesto Olivera
Diario de Cuba, 29 de agosto de 2014.

jueves, 9 de octubre de 2014

¿Crisis en la disidencia cubana?



Los egos y los protagonismos están proyectando un panorama incierto dentro de la oposición pacífica en Cuba. Es como una orquesta sinfónica sin director, donde los instrumentistas tocan a su aire.

No es por falta de programas políticos que los activistas cubanos ceden espacio. Sobran ideas, proyectos y plataformas de cara a un cambio democrático. Unos son más coherentes que otros.

Y aunque todas las plataformas y partidos políticos tienen derecho a tener sus doctrinas y programas, la realidad en Cuba viene demostrando la inoperancia de las tesis disidentes.

Nacen deformadas por una cuestión de génesis. No tienen apoyo popular. Cada vez menos son cintillos en medios de la Florida, en la prensa española o la BBC.

Desde luego, ser opositor en la Isla es un acto de valor incuestionable. Flota en el aire de la República una tenebrosa ley que sanciona con hasta veinte años tras las rejas a quienes se oponen al régimen o escriben sin mandato.

Pero la represión, feroz o sutil, la falta de espacio público ha transformado a la disidencia en un grupo de tertulianos de café, sin soporte en sus vecindarios.

La muestra de su incompetencia es la falta de sintonía con el cubano de a pie. Nunca antes en 55 años del gobierno de los hermanos Castro, el porcentaje de desaprobación ha sido tan alta entre la ciudadanía.

Cualquier encuesta o conversación con la gente en la calle sirve para confirmarlo. Pero ha faltado proselitismo político para encauzar y organizar ese enojo.

Los intereses son desiguales aunque suenen análogos. Carlos, carpintero, también quiere democracia. Siente que la autocracia militar le ha estafado el futuro de su familia con promesas incumplidas. Pero no confía en el discurso y la narrativa de los opositores cubanos.

En los viejos taxis de La Habana, en las colas para hacer gestiones burocráticas o en un estadio de béisbol, la gente te habla sin afeites de un cambio radical que mejore la economía y su precaria calidad de vida.

Algunos han leído o escuchado hablar de un documento opositor. Pero no les entusiasman. Lo ven tan distante como un ministro. A pesar que los disidentes son sus vecinos en la misma cuadra, poco han hecho en favor de su barrio o municipio.

Están desconectados, igual que un cosmonauta de la tierra. El mundo particular de la disidencia es generar noticias, reportar reuniones, hacer propuestas o denunciar abusos policiales, pero carecen de una base de calado para convertirse en actores legítimos de cara al futuro que se nos viene encima.

La suerte de la Isla se decide en los próximos cinco años. Quizás antes. La Unión Europea, Estados Unidos y América Latina, en su gran mayoría, también apuestan por una Cuba democrática.

Pero la materia prima opositora para gestionar ese futuro es endeble. Entonces la estrategia de la comunidad internacional es pactar una transición estrafalaria del totalitarismo al autoritarismo con partidarios de los Castro. Según su percepción, es la vía menos mala.

Por cuestiones que van desde la represión a la sinvergüencería, la oposición ha degenerado en una disidencia golondrina que a la primera de cambio pide asilo político, preferentemente en Estados Unidos.

Los que se quedan son tenaces, pero se han acomodado a las reglas de juego dictadas por el régimen. Hay una ley no escrita de lo que se puede hacer dentro del realismo mágico de la autocracia.

Los ancianos gobernantes han pasado de un sistema anacrónico y totalitario a otro autoritario con un barniz de modernidad y leyes más flexibles.

En 2014 no se va preso por escribir notas críticas en contra del gobierno. Lo más que te puede pasar es una detención de corto plazo en una mazmorra policial, un acto de repudio o un gaznatón en la vía pública por un sicario enfadado.

Según las circunstancias, a la disidencia le permiten realizar tertulias, foros y debates en domicilios particulares. Desde hace dos años, solo por disentir, en la cárcel duermen, a la espera de juicio, Sonia Garro y su esposo Ramón Alejandro Muñoz, los dos de la raza negra. Otra docena de activistas también son reos o aguardan ser sentenciados.

Pero el campo de juego hoy es mucho más amplio que antes de 2003. Desde febrero de 2013, a la mayoría de los opositores y periodistas independientes se les permite viajar al exterior.

Una oportunidad de oro para hacer lobby político más efectivo. Y que no la están aprovechando. Todo se queda en encuentros estériles. Probablemente el programa más coherente es el que lidera Antonio G. Rodiles con su Demanda ciudadana Por otra Cuba.

Es razonable, porque tiene asidero en la realidad y no en la ciencia ficción política de otros grupos con sus llamamientos descabellados. Rodiles viene utilizando una lógica primaria.

Si deseamos que Cuba cambie, el gobierno debe ratificar los Pactos Internacionales de la ONU firmados en 2008. Ésa es la puerta de entrada para legalizar una futura sociedad civil donde además de libertades y derechos humanos, exista pluralismo político.

Todos los opositores debieran apoyar a Rodiles y la campaña Por otra Cuba. Pero priman los egos y los protagonismos. Cada líder disidente se rodea de una nube de adláteres que defienden su proyecto como si fuese un islote asediado.

A su vez, atacan y desacreditan las propuestas del contrario. Lo peor de esas riñas arteras es que no generan ninguna propuesta creíble. Solo fanfarronerías y perogrulladas. Detrás están los servicios especiales con su estrategia de dividir.

Lamentablemente, las Damas de Blanco, una organización que con sus marchas callejeras en 2010 obligó al gobierno a liberar 75 disidentes encarcelados en la Primavera de 2003, se ha venido escindiendo por intrigas y personalismos desmedidos.

El desguace también alcanza a otros grupos disidentes. Más que crisis interna o de liderazgo, la oposición cubana padece de inmovilismo e incapacidad para aglutinar a los ciudadanos.

Cuando leo que algunos grupos opositores afirman contar con el apoyo de miles de seguidores, no sé si enojarme o sonreír. Cualquier evento que desencadene una protesta masiva solo necesita líderes capaces. Y es lo que nos está faltando.

Iván García
Foto: Antonio G. Rodiles, Regina Coyula e Iván García en un panel sobre periodismo independiente en Cuba organizado por Estado de Sats en La Habana, el 4 de septiembre de 2014.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Amor deshecho


El amor está en cuarentena. Y por lo que parece, no solamente aquí, sino también allá o acullá. Ocurre en parte porque (al menos aquí) hemos hallado una expresión moderna para conjurarlo.

"Hacer el amor" significa entre nosotros punto menos que deshacerlo. Pero desde luego que el problema trasciende la etimología.

Hace unos años, en la televisión cubana entrevistaban a una vieja y muy conocida actriz, y dentro del ensarte de preguntas boberas que acostumbran formular en estos casos (también en cualquier otro, pero sobre todo en estos casos), saltó la liebre:

"¿Cómo aprecia el estado del amor entre los jóvenes habaneros?", le preguntaron. Ante lo cual dijo la actriz: "Creo que están padeciendo cierta confusión en los términos. Hacer el amor, para ellos, no va casi nunca más allá del acto sexual. Pero esto es lo menos preocupante. Peor, porque agrava la confusión, es que nuestros jóvenes no disponen de condiciones mínimas para disfrutar la plenitud del sexo, hecho que a su vez les impide conocer el amor pleno. Para empezar, ni siquiera cuentan con un espacio discreto y relativamente cómodo donde "hacer el amor".

En suma, la actriz se quejaba, no tan veladamente como para no ser entendida, de la extinción de la especie que decretó el régimen para las posadas de La Habana.

¿Quién que es, hombre o mujer, en esta capital de nuestra isla no fue en años atrás cliente asiduo de las posadas? ¿Cuántos matrimonios duraderos y pródigos no se cultivaron allí? ¿Alguien tiene idea de cuántos cientos de miles de habaneros hechos y derechos constituyen, aun sin saberlo, productos made in las posadas?

¿Cuántos de nosotros, dondequiera que estemos hoy, no rendimos culto en la memoria a nuestra primera experiencia sexual plena y, por tanto, amorosa, que tuvo lugar, no más faltara, entre aquellas paredes húmedas y sin cáscara, garabateadas con ocurrencias zafias y alebrestadas y cómicas, profusas de rendijas que debíamos tapar con el pañuelo para impedir la participación de quienes se convidan solos, sobre sábanas ajadas, con botellas de agua remediadora ante la negación de los grifos, pero que a fin de cuenta nos marcarían para siempre: en la nariz, con su olor a leche náufraga; y en el corazón, con la infinita nostalgia?

La Campiña, 11 y 24, Venus, Hanoi, Amistad, Rayo, Las Casitas de Ayestarán, La Monumental, La Lechera, el grupo de posadas de la Playa de Marianao… En fin, no alcanzaría el espacio disponible para nombrarlas todas. Suele comentarse por acá que este tipo de instalación, tal y como aquí existían, era poseedor de características bien particulares y diferenciadoras con respecto a otras de su clase (más o menos) que existen en el mundo. Lustre nacional, como el azúcar.

Y como al azúcar, nos las agriaron de un borrón. Pero el azúcar por lo menos podemos recibirla importada. Mas, ¿quién va a mandarnos desde afuera un sitio reservado donde hacer el amor?

Acostumbrados a responder con remedios timadores ante cada demanda de soluciones, nuestros salvadores de la patria (inquilinos a pupilo de Miramar y el Vedado) desactivaron las posadas para apilar en ellas a unos pocos, solamente unos pocos de los menesterosos sin techo que durante años y decenios han pernoctado aquí en una especie de barracones de esclavos a los que llaman albergues.

Desvestir a un santo para vestir otro, así calificaban nuestros abuelos despropósitos tales. Pero en el caso ni a eso llegan, pues al tiempo que dejaron el santo encuero, sus ropas no les alcanzó ni para proveer de taparrabos a los desvestidos.

En cambio, han cargado a su cuenta una herejía por la que difícilmente hallarán la manera de que los absuelva la historia: condenaron al amor extinguiendo su habitáculo.

No en balde aquella actriz, con todo y sus años, puso el grito en el cielo. Es que no hay forma humana de cumplir con lo que manda Dios en materia de hacer el amor (sea literal o metafóricamente), parado en sobresalto a mitad de una escalera, agachado detrás de los urinarios de un cine o de un teatro, con la hierba al cuello, en las oscuridades públicas bajo el acecho del violador y del atracador, o en casa de mamá, que tal vez se haga la dormida durante unos minutos, pero con la condición de que se excluyan las exclamaciones y suspiros, que son como el postre.

El resultado, por supuesto, está a la vista. Es el amor deshecho. ¿O será mejor decir amor desecho?

Claro que nunca es tarde si de amor se trata. Y bien puede el régimen, si es que verdaderamente está dispuesto a desfacer entuertos, tal y como tanto se pregona por estos días, ubicar entre sus prioridades la restitución de las posadas habaneras.

La oportunidad se pinta sola. Y además les permitiría matar tres pájaros de un tiro.

El primero, proporcionarle otras viviendas medianamente decorosas a esa pobre gente que hoy se hacina en los ruinosos nidos de amor devenidos cuarterías.

El segundo, reacondicionar los habitáculos para que vuelva a prosperar la especie extinguida; incluso, esta restitución debiera contemplar por decreto que en las redivivas posadas se admitan como lo que son, usuarios corrientes, las parejas de homosexuales, cuya situación resulta todavía más crítica que la del resto de las parejas.

Y el tercero, al reivindicar este derecho de los homosexuales, estarán facilitando que se apunte otro punto en su tarea proselitista la princesa heredera de la nueva dinastía.

José Hugo Fernández
Cubaencuentro, 12 de febrero de 2008.

lunes, 6 de octubre de 2014

¿El pecado está en parir?







Dadira Mora Jabalera, residente en Cadena No. 3-A entre H y Final, en el municipio habanero de Guanabacoa, es madre de cuatro hijos, nacidos de relaciones con tres hombres distintos.

Daniel, el mayor, tiene 7 años; le sigue Adebleris, de 5; Melody de la Caridad, de 1 año y medio, también padece de epilepsia, y Melany Daniela, de 3 meses, ya ha estado ingresada cuatro veces en el hospital William Soler. Los cuatro son asmáticos.

A Melany de la Caridad una trabajadora social le consiguió una plaza en un círculo infantil, pero la niña no ha podido asistir: no la admiten por su epilepsia.

Dadira vive con sus cuatro hijos en una choza en pésimas condiciones, como en las fotos se puede ver. Es un cuarto de 4 metros de largo por 3 de ancho, de madera y techo de zinc con filtraciones.

No tiene refrigerador, por lo que en ocasiones tiene que botar leche y alimentos de sus hijos. Tampoco tienen televisor, aunque ella conserva uno viejo y roto en blanco y negro. El baño es una letrina y se encuentra a cinco metros del cuarto.

Ella se ha dirigido a todas las Instituciones gubernamentales, solicitando ayuda por sus pésimas condiciones de vida y su críticasituación económica, pero no ha recibido respuesta. Solo le han solucionado el círculo y que pese a su niña no ser admitida tiene que abonar el importe mensual.

Con el fin de solicitar una prestación social a través de una “chequera”, se dirigió al jefe de los trabajadores sociales del municipio, de nombre Lázaro, quien en forma descompuesta le respondió: “¿Quién te mandó a parir tanto?”.

Al ver que no le daban solución, decidió hablar con la responsable de asistencia social, de nombre Lucía, quien alegó que ése no era su problema.

Así vive esta familia desde hace 4 años, en un cuartucho insalubre que pertenece a la madre de Dadira y ella teme que en cualquier momento la pueda sacar de allí.

Lamentablemente, esta historia de miseria total se ha convertido en algo normal en la sociedad cubana.

Fotorreportaje de Juan Carlos Díaz Fonseca
Red Cubana de Comunicadores Comunitarios
Publicado en Cubanet el 28 de agosto de 2014.

viernes, 3 de octubre de 2014

Injusticias de la música, a la cubana



A Maggie Prior la vi por primera vez cuando tenía unos once años. Había ido con mis padres a la casa de un eminente ingeniero cubano, donde tenía lugar una descarga y alli estaba Paquito D’Rivera al saxo y el clarinete, Maggie Prior cantando, Carlos del Puerto en el contrabajo, en la guitarra Carlos Emilio, y en la percusión y batería Enrique Pla. Paquito puede refrescarme la memoria en esto.

Desde chico, la música me atraía muchísimo, y luego, ya de adolescente vi a Maggie Prior en varias descargas, y poco antes de su deceso, en el Patio en la Plaza de la Catedral de la Habana, en una descarga que dio ella acompañada de un guitarrista, una flautista, y un percusionista.

Una vergüenza que por decreto de los burócratas del castrofascismo su voz quede solo en nuestras memorias y no en una cinta. En mi mente infantil, a mí me recordaba a un pájaro, porque cantaba las notas como después hemos visto hacer a tantas cantantes de jazz, jazz latino, y jazz brasilero.

Por alguna razón, la voz privilegiada de Maggie Prior no era del agrado de los burócratas del régimen y jamás hizo un disco. Tampoco la pasaban por la radio y sólo quienes asistían a sus descargas o sus colegas músicos, tenían el privilegio de poderla escuchar. La casa disquera -la veintiúnica- del régimen, la EGREM no le prestó jamás la menor atención.

A Senén Suárez (Matanzas1922-La Habana 2013) ya lo he mencionado en anteriores textos. Tuve el placer y el privilegio de conocerle en mi adolescencia, cuando chocaba por primera vez contra las cuerdas, no en el cuadrilátero de boxeo, que mucho cariño le tenía a mi cara, pero sí con las seis cuerdas de la guitarra y las cuatro del bajo.

Conocía a Felipe Dulzaides, y una vez ambos maestros tocaron juntos en el Riviera y allí conocí a Senén. Él tocaba la guitarra eléctrica no como se dice, "después de Tropicana", sino desde 1957. Primero una guitarra acústica electrificada y más tarde una Gibson 150 ES, con la que grabó sus primeros éxitos para Decca, los mismos que llegaron a Londres y atrajeron por su estilo a un joven llamado Eric Patrick Clapton.

Su estilo fue copiado por Carlos Santana, que lo ha vendido como 'Latin Rock' y como suyo. En realidad, lo que se puede escuchar en un disco de Santana fue creado hace mucho por el Maestro Senén Suárez. Quiero decir que Clapton hace una mejor interpretación del Rock Cubano -llamémoslo por su nombre- de Senén Suárez que la copia de Carlos Santana.

Más tarde, recuerdo haber ido a casa de Senén y visto su guitarra, una Crucianelli italiana modelo España, de color rojo. Nunca la toqué porque las cuerdas estaban montadas para un zurdo como era el gran guajiro. Le llamo guajiro, porque Senén se llamó siempre a sí mismo guajiro, y porque además de ser un guitarrista (al cual muchos guitarristas con educación formal despreciaban, pero lo despreciaban por envidia a su estilo impecable) era un tresero impresionante. La primera vez que vi un tres de cerca fue con él, y también la única vez que vi un tres electrificado.

Senén Suárez tenía mucha influencia de las frases del piano en el son montuno, y eso se aprecia en sus grabaciones. Después de 1980 cayó en desgracia, y casi no se le veía en público, y creo que se retira en el 87. Ya casi no tocaba en público, y sé de buena tinta que Senén no quiso tocar con Ry Cooder no porque estuviera viejo, o cansado, o porque desde hacía años no tocaba (en público, porque en su casa tocaba todos los días, y con los jóvenes visitantes lo hacía con mucho gusto).

No quiso tocar con Ryder porque era un proyecto que lanzaba y auspiciaba el mismo sector del “ministerio de la incultura” (Senén se reiría al leer esto), que tanto le había rechazado. El instituto de la música de ese mismo ministerio siempre le dio la espalda. Algo que a mí nunca me extrañó. Siempre le dieron 'bola' (respaldaron) a un grupito de incondicionales y punto.

La 'bola' (el respaldo) no siempre tenía matiz político, aunque esa componente estaba presente como una amenaza. Un músico partidario del régimen abiertamente, que se prestase a participar en mítines de repudio o eventos de apoyo a la dictadura no tenía mucho de que preocuparse. Para otros, lo que se les venía encima se les venia encima como una aplanadora de vapor con pinchos en los cilindros, pero con un disfraz académico. Era la temida "comisión evaluadora" de músicos, solistas, y agrupaciones musicales.

Dicha comisión, aparte del consabido aval ideológico, clasificaba a los músicos como A, B, o C. Para ellos, la instrucción musical tradicional no contaba mucho, y menos el talento artístico innato. Las escuelas de “capacitación” , los conservatorios de nivel “medio” y otras invenciones y engendros socialistas, eran los que determinaban el nivel de un músico o solista, y por tanto, de una agrupación.

Una orquesta de categoría B solo podía ofrecer empleo a músicos B, por decreto de la comisión, ya que un músico A estaría sobrecalificado. Por tanto, ellos y solo ellos, podrían determinar la calificación de un músico, independientemente del talento y de su aceptación popular.

No hablemos de la aceptación de la crítica oficial, que estaba determinada por la ideología. Imaginemos que un músico del talento de Paco de Lucía, no tendría evaluación porque no había pasado por un conservatorio. O un cantante del talento de Benny Moré, que tampoco había pasado por una educación vocal. Y naturalmente, no había plaza para una mujer como Maggie Prior que, además, se dedicaba a un género semi-proscrito por el régimen.

Los intérpretes de la música popular cubana que no tenían una formación de conservatorio, pero que escribían magníficas canciones en cuanto a música y letra, y tocaban sus instrumentos de oído, se veían desplazados a un rango inferior y les daban un salario mínimo, a pesar de que les ponían a tocar en cualquier instalación turística y la recolección en moneda dura iba toda para la bolsa dictatorial.

Por otra parte, el país era visitado constantemente por músicos de la izquierda estadounidense, española y latinoamericana, muchos de ellos sin formación musical tampoco, pero por el solo hecho de ser extranjeros eran ya considerados de más valor por los personeros del “misterio de la incultura”. En fin, el talento musical quedó cuantificado y calificado por esquemas ajenos al verdadero talento, y sobre todo, ajeno a la apreciación musical de un público que de exigente paso a indiferente, y en un mundo en que el talento fue rápidamente sustituido por la chusmería y la vulgaridad.

El talento, poco a poco, se fue convirtiendo en una marca sospechosa, que llevó a muchos músicos cubanos al exilio, donde recibieron poco reconocimiento. Hoy en día, desgraciadamente los mismos de poco talento y mucho reconocimiento en Cuba, gozan reconocimiento en las comunidades de emigrados -ojo que no les llamo exiliados- para gran vergüenza. La injusticia también se exporta.

Charlie Bravo
Foto: Una de las últimas fotos de Senén Suárez, tomada de su blog (http://senen-suarez.blogspot.com).