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jueves, 21 de julio de 2016

Diálogo con mi abuela


En el marco de las celebraciones por el Día África, el 25 de abril de 2016, la reconocida cineasta Gloria Rolando, presentó en el cine Charles Chaplin, en La Habana, su más reciente documental, Diálogo con mi abuela.

Gloria Rolando tiene una vasta obra cinematográfica acerca de las raíces africanas y caribeñas de la cultura cubana, así como ha abordado importantes acontecimientos de la historia nacional, tal es el caso de la masacre de los Independientes de Color. En el 2014, ella estrenó Reembarque, documental que se concentra en el proceso de repatriación de los migrantes haitianos quienes fueron traídos como mano de obra barata para trabajar en la industria azucarera.

En esta oportunidad, la cineasta aborda su propia historia familiar a partir de la relación que tuviera con su abuela Inocencia. Un testimonio contado en primera persona que nos acerca a vida cotidiana de las mujeres afrodescendientes cubanas. A continuación, la dedicatoria de Gloria Rolando.

A mi madre,
A mi abuela,
A Santiago Villafuerte, quien me inició en el amor al mundo del cine.

En el año 1993 grabé la conversación que tuve con mi abuela Inocencia, sin imaginar que esto sería la base de un diálogo muy particular. Mi abuela se llamaba Inocencia Leonarda Armas y Abreu. Nació en 1906 en la ciudad de Santa Clara. Se sentía muy orgullosa de que sus nietos habían podido estudiar. Ella, negra y pobre, alguna vez quiso ser enfermera.

Diálogo con mi abuela es un audiovisual donde mezclo el documental y algunos momentos de ficción. Un diálogo entre la realidad y la imaginación en el que participa la poesía de la vida cotidiana. La naturaleza (las flores, el bosque, las raíces de los árboles, la frondosa ceiba, el mar, el cielo, el sol) también se integra al lenguaje de Diálogo con mi abuela porque cada elemento, juega su papel en la narración visual.

Una foto de los años 20 donde aparecen mi abuela Inocencia y su primera hija, Olga América Casamayor Armas, mi madre, es la imagen del poster del documental y también de la evocación espiritual que viene representada a través de las voces del Grupo Vocal Baobab. La música, al igual que en otras obras realizadas por mí, forma parte del relato.

El Grupo Vocal Baobab (Los ojos del arcoiris, Raíces de mi corazón, 1912: Voces para un silencio), pone su sello de identidad cuando interpreta los cantos tradicionales del espiritismo cubano, llenos de energía y sobretodo, mucho sentimiento. Sus integrantes son los que “llaman” y “reciben” -al pie de la Bóveda Espiritual- aquellas imágenes que representan a los antepasados que vienen a dialogar a través de estos pasajes de la memoria: los africanos, las madres, abuelas y abuelos y, en general, aquellas mujeres negras cuyas prodigiosas manos fueron el sustento de muchas familias. Baobab también despide el diálogo con la conocida canción Silencio, de Rafael Hernández Marín.

En realidad no sé como catalogar Diálogo con mi abuela. Lo dejo a consideración de la crítica especializada. Queda abierta la denominación de esta experiencia donde se escucha la voz original de mi abuela Inocencia. También están, como parte de ese diálogo, mis preguntas y comentarios. Fue algo espontáneo, en la casa, con una grabadora de cassette, pequeña. Y esta conversación está acompañada de fotos familiares, unas mejores que otras, a color o en blanco y negro.

Pero la voz de mi abuela Inocencia representa la de muchas mujeres negras cubanas y creo que más allá de las referencias a la historia familiar, Diálogo con mi abuela puede ayudar a que el espectador imagine algunos rasgos de la vida social de la ciudad de Santa Clara, lugar de nacimiento de Inocencia. Una ciudad que al igual que otros lugares de la Isla de Cuba, vivió las páginas de los conflictos raciales en los inicios del siglo XX. Por ejemplo, los sucesos del Parque Leoncio Vidal en el año 1925. Mi abuela, al igual que muchos descendientes de africanos en Cuba, llevaba el apellido de los antiguos amos, Abreu. Su testimonio representa una pequeña parte de ese inmenso ejército de la “gente sin historia”.

Por ese pasado de tanto dolor, por el presente y el futuro de esa población cubana descendiente de esclavos; por esos 130 años de la abolición de la esclavitud en Cuba que se conmemoran en 2016; por esas razones y muchas otras, se hace esta obra de 40 minutos de duración donde el diálogo permite darle voz también a quienes no estamos de acuerdo con las representaciones de la población negra en Cuba ni otras partes del mundo. Esos estereotipos coloniales que llenan los ojos de los turistas. Esas artesanías vulgares, baratas e irrespetuosas que ignoran la verdadera historia y la contribución social de los negros y las negras. Es evidente que ignoran las verdaderas imágenes que con pasión, respeto y ternura se muestran en Diálogo con mi abuela.

Ojalá que esta obra pueda poner un granito de arena en la movilización de la conciencia. Ayude a pensar y darle más valor a nuestros pequeños y humildes espacios de la vida cotidiana; a dialogar con los miembros de nuestras familias más allá de sus creencias religiosas, profesiones, ideas políticas, beneficios materiales o lugar donde se encuentren.

Al final, sólo ese diálogo profundo, real, contradictorio, sincero, lleno de amor y lágrimas puede ayudarnos a sentirnos un poco más dichosos como seres humanos.

Gloria Rolando
La Habana, 10 de febrero, 2016.
Tomado del blog Negra cubana tenía que ser.

lunes, 18 de julio de 2016

Dora Alonso: "Yo creo en la naturaleza y en el bien"



Hice varias entrevistas a Dora Alonso. De hecho, propiciaba conversar con ella, ir a sus presentaciones de nuevos títulos o ediciones y recuerdo haberla conocido de niño, pero ya profesionalmente, cuando laboraba como voluntario en Tribuna de La Habana.

Fue en un viaje a Güira de Melena y, con los recuerdos prendidos de cada palabra, entonces Dora me habló de su primer novio, un líder obrero desaparecido muy joven; de sus inicios como autora y su experiencia vital tan polifacética. Íbamos juntos en un ómnibus y aquel jovencito se robó su compañía. Ella prefería a los jóvenes. En todas sus dedicatorias de entonces solía poner: “para mi joven y querido Enrique”.

Coincidiendo con su novena década de vida, Dora Alonso -la autora para niños considerada más emblemática por muchos dentro de toda la serie literaria infantil cubana-, publicó por la editorial Gente Nueva la primera edición de su última obra: Juan Ligero y el Gallo encantado, en un bello volumen que ilustró Eduardo Muñoz Bachs y fue presentado en el Feria Internacional del Libro de La Habana.

Noticia tan agradable para su público infantil, que se renueva en cada generación de cubanos, sirvió en aquel momento de pretexto para visitar su apartamento de Playa, en 31 A, entre 30 y 26, donde la aclamada escritora había residido por espacio de 53 años y en el cual se atesoran aún sus múltiples ediciones, que ya rebasan los dos millones 300 mil ejemplares en quince idiomas, algunos de ellos tan exóticos para nosotros como el turco, el griego, el checo y el vietnamita.

Cubana y capricornio de pura cepa, nacida el 22 de diciembre de 1910 en Máximo Gómez, Matanzas, y fallecida en La Habana el 21 de marzo de 2001, en esta entrevista que ya tiene más de una década, Dora Alonso confiesa modestamente que sus libros pudieron ser mejores y que le han ido saliéndole al paso con cada hecho de su larga vida. En realidad, solo se vanagloria de haber tenido una vida rica en experiencias humanas, marcadas por alegrías, sueños, anhelos, esperanzas y hasta episodios terribles para cualquier persona, episodios que el tiempo, en su devenir implacable y sorpresivo, le ha deparado en esos noventa años.

Como un museo, su estudio atesora estantes con libros, cuadros, objetos de arte, piezas de cerámica, plantas, y hasta la célebre Giraldilla, símbolo de la ciudad, una de las condecoraciones recibidas a su sostenido quehacer literario y aportes a la cultura nacional.

En Juan Ligero y el Gallo encantado se advierte la benéfica herencia de obras anteriores como El cochero Azul y El Valle de la Pájara Pinta, pero aquí la imaginación se desborda con más fuerza, la voz del narrador se libera y, si antes podía hablarse de un realismo ingenuo, ahora resulta evidente que -en la aventura de este niño marcado desde su nacimiento para vivir una experiencia mística de autocrecimiento y un largo viaje iniciático hacia el mundo de la noche (imaginación, fantasía, tradición, mito, leyenda)- hay un despliegue mayor de recursos que colindan con el realismo mágico o lo real maravilloso. En definitiva, esta entrega es un agradable paseo por la magia, que será tan agradecido por un menor como por el más exigente adulto.

Lo que le hace bien al cuerpo, el alma regocija…

-Yo aprovecho muchísimo el folclore, el cuento tradicional que el niño conoce a través de generaciones y lo que hago es mezclar todo: elementos, personajes, situaciones.

-Terminé de escribir Juan Ligero y el Gallo encantado, que es una historia muy pintoresca y surrealista entre el 97 y el 98. Hace años que no escribía cuentos, casi cinco, desde que publiqué lo último, que fue el volumen Escrito en el verano.

-La gente se equivoca con la literatura para niños. El niño tiene una percepción viva, latente, a través de la imaginación. El niño sabe dónde está el equilibrio y la belleza, la ternura y la delicadeza, la fantasía y la poesía. Al niño se le puede dar casi todo, pero hay que ver cómo se lo transmites.

Es casi inevitable preguntarle lo que ha significado para usted escribir para niños.

-Cuando uno se da cuenta de que hay libros y se leen, es entonces que sabe la vigencia de estos y ahí comienza el momento de pensar. He tenido la suerte de que a mi edad “la azotea siga clarita” y puedo seguir escribiendo y pensando. Me alegré mucho por la edición de El Cochero Azul en la editorial Norma de Colombia, que lo distribuirá en todo Estados unidos y Sudamérica y, sobre todo, porque es de mis libros aquel que lleva más implícito el espíritu patriótico y hasta revolucionario del cubano y el que más ha gustado a los niños.

-Juan Ligero y el Gallo encantado es una historia más fantástica, se remonta al Caribe; y El Valle de la Pájara Pinta, también le sigue los pasos, por su comunicación con los niños, el despliegue de fantasía, la ternura, el amor hacia la naturaleza y los animales. En definitiva, cuando escribes asumes un compromiso con quienes pueden leerte y con los niños este compromiso es superior.

Sería magnífico que Juan Ligero y el Gallo encantado y otras obras suyas de gran aliento poético como El Valle de la Pájara Pinta, El Cochero Azul, Ponolani fueran adaptadas a medios expresivos de mayor difusión (televisión, radio, cine, dibujos animados)…

-Esa experiencia solo la he tenido con Las Aventuras de Guille, de la cual se hizo una adaptación para televisión hace algunos años. Creo absolutamente necesario que se estimule y se revitalice aún más la literatura infantil y juvenil cubana. Es la base para el futuro, para que las flores crezcan mañana. A los niños hay que darles libertad, sencillez, amor.

Sin embargo, siendo usted quien es, El Libro de Camilín se publicó después de más de doce años en una editorial. Agua pasada, esa prosa poética de tan fina sensibilidad humana, nunca se ha reeditado, Ponolani, un libro de memorias, singular y tierno, aunque más favorecido, solo conoce tres ediciones y se podría enumerar textos y textos, suyos y de otros autores. Creo que obras semejantes deberían reeditarse, reimprimirse constantemente para que quienes vienen naciendo las conozcan.

-Así lo creo. El cochero Azul tiene alrededor de 400 mil ejemplares y soy afortunada porque, en total, mis obras sobrepasan una tirada de dos millones 300 mil ejemplares en 15 idiomas, desde lenguas universales como el inglés, el francés, el portugués, el italiano y el español hasta otras.

¿Cuánto existe de la Dora que fue niña, en sus propios libros para los pequeños?

-Por fuera, yo era un gallito. A los diez años yo dirigía un equipo de pelota. Era una niña fea, con muchos granos, sin voz. La maestra de la escuela pública, la señorita Amelia, siempre me daba el personaje de la princesa y, en cambio, yo le pedía el de la esclava, porque era el que me iba mejor. Me sentía más libre como una niña pobre y desarrapada, que vestida de princesa. Eso lo cuento en mi Carta al Patito Feo, que escribí cuando se planeaba aquel libro llamado Cartas a Fantasía.

Apuesta usted, evidentemente por la literatura. ¿Cree en ella?

-Yo me voy a morir algún día -bastante lejano, acota sonriente-,, pues ya me paseo con todos mis años a cuestas por este milenio. Creo tanto en la vida que, después, voy a ser siempre algo, aunque sea una bibijagua. Yo creo, por encima de todas las cosas, en la naturaleza y en el bien.

Enrique Pérez Díaz
Cubarte, 21 de marzo de 2014.
Foto: Tomada del periódico Girón de Matanzas.


jueves, 14 de julio de 2016

Historia de un paria (IV y final)



En 2012, a Farah la invitaron unos turistas griegos al hotel Habana Libre para filmar una película pornográfica que luego se distribuiría en internet. Durante tres días de filmación, Farah visitaba el hotel en las madrugadas para penetrar a seis hombres y seis mujeres, todos juntos en una misma habitación.

Farah no es muy buena con los detalles, y hay que preguntarle treinta veces para que termine de hacer un cuento. Su coherencia existe solo dentro de su propia fantasía. Es difícil sacarle datos precisos, fechas exactas. Anécdotas estrictamente confiables. Como si su vida fuera una loca fábula, y no interesara realmente cuándo sucedió esto o aquello, o como si fuera demasiado excesivo para haber ocurrido en la vida real.

-Me pidieron hacerles sexo oral a todos, y uno de los días de filmación hicimos una pirámide, unos subidos arriba de los otros. No lo hice por prostitución. No me prostituyo como el resto de las travestis.

Los extravagantes griegos le pagaron alrededor de doscientos dólares.

En otra ocasión, la llevaron a las montañas de la Sierra Maestra, el escenario de la lucha armada contra Batista antes de 1959, para rodar otro filme pornográfico con tres chicas y dos hombres.

-Yo entraba a la orgía vestida de cabaretera.

Por lo demás (y como cada vez que cuenta algo) hay pocos detalles. En resumen: no conserva ni llegó a ver ninguna de esas películas. Pueden haber sucedido o no. En teoría, todas están colgadas en internet, y hay que pagar por verlas.

Las pertenencias más preciadas de Farah son sus pelucas, sus vestidos viejos y sus propias fotos: la huella documental de su carrera, que han ido dejando fotógrafos y periodistas extranjeros a través de los años: parando el transporte público, en una rara especie de glamour; encaramada en una cerca; dándole declaraciones a un micrófono de Telesur y saludando a su fanaticada en los carnavales de La Habana, que no son carnavales hasta que ella llega.

En otra foto, se ve a Farah agarrada de la mano de Mariela Castro, directora del CENESEX e hija del presidente, durante la primera Jornada contra la Homofobia en Cuba, en mayo de 2008.

-Mariela Castro esperó a que yo llegara para comenzar la marcha del Orgullo Gay. Me dijo: “Dale para que desfiles al lado mío”. Muy divina y fabulosa ella. Cuando se acabó la marcha, me dio un paquetico con cien dólares: “Aquí tienes tu regalo”.

Elio Medina tiene una teoría interesante. Y según esta teoría, a Farah la protege algo sobrenatural.

-No es normal que siga viva con todas las cosas que le han pasado, dice.

En cuestiones de fe, Farah sigue el patrón de la conveniencia. Si los Testigos de Jehová están haciendo donaciones, ella se convierte en seguidora de los Testigos de Jehová. Si los Adventistas del Séptimo Día le regalan un folleto que explica las evidencias históricas de que Jesús existió, puede que se haga seguidora suya. Si tiene la soga al cuello, le pide a Elio que interceda por ella ante Oggún o Elegguá y se encomienda entonces a las deidades de la religión yoruba.

En un mismo año le dieron dos puñaladas (fue en los 2000, pero no recuerda con exactitud la fecha y nadie cercano a ella la recuerda tampoco). La primera en una reyerta en un bar de la calle Águila, de donde salió con un punzón clavado en la barriga. Los cirujanos tuvieron que abrirla como un cerdo para comprobar que el arma no le había dañado ningún órgano.

La segunda puñalada tiene varias versiones. Según Farah, fue un tajo accidental, en otra reyerta de jóvenes homófobos que la habían emprendido a cuchilladas contra los homosexuales reunidos en el Parque de la Fraternidad. Según Elio Medina, estaba ella en el Barrio Chino, y la cortaron por interceder en una pelea. Según Isabel Pulido, el tajo se lo hizo un hombre con el que ella se había propasado.

Cualquiera que sea la real, todas las versiones terminan en la misma escena: Farah, con el filo de un machete hundido en el cuello. Farah engavetada en la morgue del hospital de emergencias de Carlos III. La dieron por muerta. En la funeraria de la calle Zanja, sus vecinos y amigos (nunca sus familiares), esperaban el cadáver con el local lleno de coronas hechas de empalagosos gladiolos, envueltas en bandas de papel que decían cosas como “Descansa en paz, Farah”.

Al llegar al hospital con el cuello abierto, Farah sufre catalepsia (un padecimiento que la acompañará toda su vida) y que consiste en la pérdida temporal de los signos vitales, a un punto tal que los médicos asumen el fallecimiento del paciente.

Investigaciones científicas como la publicada en el British Journal of Medicine en 1876 definen a la catalepsia como un “episodio neurológico asociado a pacientes que sufren de esquizofrenia, histeria y hasta melancolía”. El relato de Edgar Allan Poe El entierro prematuro (The Premature Burial), reseña aparentes casos de catalepsia de personas que fueron enterradas vivas.

Engavetada en la morgue, Farah yacía con una etiqueta amarrada al dedo gordo del pie. La etiqueta decía Raúl Pulido Peñalver. Como la cordura de Farah existe fundamentalmente dentro de su propia imaginación, historias como esta hay que corroborarlas.

Elio Medina no deja mentir a su amiga:

-La funeraria estaba repleta de gente. Ella apareció con un vendaje en el cuello, con el suero en la mano y vestida con una bata de hospital. Cuando llegó, la gente empezó a gritar, a desmayarse.

Ella lo cuenta mucho mejor:

-La frialdad de las neveras me despertó. Armé una bulla tan grande que vinieron a sacarme. Se formó tremendo corre-corre. Me dijeron que en la funeraria de Zanja estaban esperando mi cadáver. Me tiré un trapo por arriba y me escapé. Salí a la calle y un muchacho me llevó en bicitaxi hasta la funeraria. Llegué y empecé a gritar: Yo no estoy muerta. ¿Qué cosa es esto? Arranqué las coronas de las paredes y las tiré para el piso. Después me volvieron a llevar para el hospital.

Algunos aseguran que el médico que la sacó de la morgue estuvo varios años bajo tratamiento siquiátrico.

Alguien que no haya vivido en La Habana podría pensar que el barrio ha asumido a Farah con naturalidad, que los vecinos son amables, que todo el mundo la quiere, y ciertamente Farah no hace más que salir del solar y todo el que se cruza con ella le grita frases que ella valora mucho como: ¡Eres la única!, ¡Estás espléndida hoy!

En cambio, alguien que conozca medianamente cómo funcionan las cosas en estos barrios, sabe que a Farah se le quiere, pero a cierta distancia, desde el otro lado de la acera, desde allá arriba en el balcón. Como se quiere a los leprosos, con ese indulgente cariño. Esa repugnante hipocresía. Los vecinos más cercanos, eso sí, perdonan sus excesos y la ayudan en la medida de lo posible para personas que ya tienen suficiente con el peso de sus propias miserias.

La última vez que Farah se cruzó con su padre, había ido al edificio de la calle San Nicolás a visitar algunos vecinos.

-Me dijo: ¿Tú qué haces aquí? Le respondí que él no era el dueño del edificio. Fue muy malo. Ahora está enfermo con problemas de la presión o del corazón. No sé. Paso por delante de él y es como si no existiera. Legalmente tengo derecho a esa casa, pero no quiero saber nada de ella.

-¿Qué harías si tu padre necesitara de ti en algún momento?

Farah mueve la cabeza para decir que NO, sin tener que abrir la boca.

-Cuando a mí me dieron las puñaladas y por poco me muero, él nunca fue a verme. Con él no tengo sentimientos.

El martes primero de marzo, al mediodía, suena el teléfono de Teresa, en la calle Lagunas del barrio San Leopoldo. Alguien descuelga.

-Hola Teresa, Farah me dio este número en caso de que necesitara localizarla. ¿Sería posible hablar con ella?

-Farah está ingresada desde el doce de enero en el Sanatorio del SIDA, en Santiago de las Vegas.

Martes, primero de marzo de 2016. Primera visita.

Farah quiere atentar contra su vida. Promete que esta noche la encontrarán muerta, con un cóctel de pastillas en el estómago.

Una enfermera (con ese condescendiente trato que aprenden a desarrollar en un sitio donde los pacientes están cruzados por la irreversible fatalidad), le dice a Farah en una indulgente broma que no se suicide hoy, que hoy es su guardia y no quiere complicaciones.

Desde que en 2009 la diagnosticaron como positiva al VIH, nunca había necesitado más que un par de dosis diarias de Nevirapina, Lamivudina y Tenofovir, para seguir bailando en la calle y luchando los pesos.

El epidemiólogo que la atiende desde hace ocho años, el doctor Rolando Valdez Cruz, se impresiona de las pocas recaídas que ha tenido su paciente respecto a la vida que lleva, y a la que debería llevar quien sufre de una retrovirosis crónica.

-Se ha mantenido compensada por años y, sin embargo, sus rutinas tanto de vida como de alimentación no son las adecuadas. Ella sale a la calle y se salta los turnos de desayuno, almuerzo o comida. Los pacientes con esta condición deberían tener al menos seis comidas al día y no andar trasnochando, porque todo esto puede inmunodeprimirlos.

Teresa, que lleva más de diez años asomándose al balcón para saber si Farah tiene qué comer, cuenta: "A veces se pone a llorar. Dice que está enferma, que se siente decaída. Pero resulta que se ha pasado el día sin desayunar ni almorzar ni merendar. El dinero que hace no lo gasta en alimentarse. Lo gasta en ropa, en una peluca. En boberías".

Elio Medina expresa: "Con el VIH ella no se cuida. No toma los medicamentos a su hora, no se alimenta bien. Con una cajita de comida de una cafetería ya se conforma.

Farah evita hablar del asunto. Para ella, mientras menos piense en eso, tanto mejor. En 2009 se sometió a los exámenes después de una larga temporada sin subir de peso, padeciendo de frecuentes vómitos, fiebres y cuadros diarreicos. Desde el diagnóstico, muchos le achacan una presunta indiferencia ante la enfermedad.

La primera vez de Farah en el Sanatorio de Los Cocos es precisamente en una etapa de escasez. Cuando las cuotas de comida son demasiado magras para pacientes que necesitan una alimentación reforzada. Cuando la gestión interna y la administración fallan en sus tareas esenciales.

-Llegué aquí con doce cuc (pesos convertibles) de mi lucha, pero ya no tengo un quilo. La comida es un sancocho y he tenido que gastarlo todo comiendo pan y refresco en una cafetería particular que hay allá afuera. No me puedo quedar mucho tiempo aquí, porque mi vida es otra cosa. Esto no tiene nada que ver conmigo y yo necesito salir a luchar mi dinero.

La prolongada estancia de Farah en el Sanatorio, sin embargo, se debe más a su mala cabeza que a su condición de salud. Ingresó voluntariamente para hacerse un chequeo más o menos rutinario. La ubicaron en una habitación compartida con un paciente de veintiséis años cundido de sarna noruega y casi cuarenta diluciones (dil) de sífilis. Farah se enamoró del paciente, se enredó con él, se contagió de sífilis. Y lo que pudo haber sido una visita de rutina al médico se convirtió en una estancia de casi tres meses bajo observación e inyecciones de penicilina.

-Empecé a tener una fiebre muy alta y a convulsionar. Sabía que algo no estaba bien. Menos mal que empezaron a ponerme el tratamiento rápido. Él no me habló claro. Pero a un gustazo, un trancazo. ¿No es verdad?

-¿Y lo dejaste?

-No. Seguimos juntos. Ayer se lo llevaron a un pabellón de aislamiento, y como no me dejaban verlo planté con los médicos. Fui a visitarlo y, ¿sabes lo que me dijo?: “Tú me gustas mucho, pero yo todavía no estoy enamorado de ti”.

Farah luce más descuidada que nunca. No usa maquillaje. Excepto en los momentos en los que habla del muchacho, se ve mustia y acorralada, con el rostro constantemente cruzado por expresiones de escepticismo. En el cuarto en que la ubicaron pasa el día observando sus propias fotos, que trajo de su casa y colgó en las paredes. El resto del tiempo se le va conversando con otros pacientes o mirando en un televisor pequeño la novela mexicana Barreras de Amor.

Actualmente en Cuba hay más de veinte mil pacientes vivos diagnosticados con el virus del SIDA, y más de tres mil fallecidos. En el Sanatorio de Santiago de las Vegas, el más grande de los tres que quedan en la Isla (los dos restantes se localizan en las provincias de Sancti Spíritus y Holguín), casi todos los internos están bajo tratamientos que no pueden recibir en hospitales comunes, o se quedaron a vegetar ahí por falta de una casa a donde regresar o de familiares que quieran responder por ellos.

Farah no tiene una familia que cuide de ella. Lleva más de dos meses ingresada y ninguno de sus hermanos ha hecho una sola llamada telefónica. Pero Farah sí tiene una casa. Más que una casa, tiene una carrera. Ella no llegó hasta aquí en la vida para tener un vulgar fin en semejante olvidado hospital. Ella es una artista y tiene un público, y ese público está en la calle. Ese público debe extrañarla.

Viernes, once de marzo de 2016. Segunda visita.

Farah recibió una llamada de Teresa y tuvo que salir de pase el fin de semana anterior, de sábado a martes. Amed, uno de sus ex, conservaba la llave de la casa y, al enterarse de que ella estaba ingresada en el Sanatorio, se tomó la libertad de alquilarla a un grupo de homosexuales que tuvieron por unos días el barrio revuelto.

-Cuando llegué a la casa aquello era un prostíbulo. Amed tenía metidos allí a una pila de homosexuales, que hacían el sexo el día entero y gritaban. Un vecino fue a llamarles la atención, y lo amenazaron con tirarle agua hirviendo. Al final llamamos a la policía y los pudimos sacar.

Farah evacuó sus pocos efectos personales y los guardó con los vecinos porque Amed, a falta de algo valioso que robarse, le había vendido dos maniquíes que ella tenía de adorno en la sala. Después de ponerle un candado a la puerta y clausurarla con un par de listones de madera, ingresó nuevamente en el Sanatorio el martes ocho.

De vuelta al encierro y a la depresión. Mientras estuvo de pase, conoció a otro muchacho en la Habana Vieja.

-Tengo mucha suerte con los hombres. El fin de semana barrí. Me encontré con tremendo mulato y él me pidió mi dirección. Le dije que estaba presa, y había salido de pase. “Estoy presa porque agredí a un tipo y le metí un cuchillo”, le dije. Tú sabes que yo soy ocurrente.

En un pequeño paseo por el Sanatorio, les informa a varios pacientes con los que ha hecho empatía que vinieron a verla de la calle. "La que es dura, es dura", les dice.

Martes, quince de marzo de 2016. Tercera visita.

Hastiada de nuevo. Asegura que su vida es en la calle, bailando. Que está harta, que ya terminaron de ponerle la penicilina y la sífilis cedió.

-Llené dos maletines con todas mis cosas y me voy hoy mismo por la noche. A mi pareja me lo llevo para mi casa. Nos vamos juntos de este lugar horrible.

Una semana después de tenerlo viviendo en la casa, el veinteañero que la contagió de sífilis en el Sanatorio comienza a rechazar las caricias de Farah. En este punto de su vida, tan cansada de mendigar cariño, no insiste. Se harta de él, le recoge los bártulos y lo echa a la calle.

-A fin de cuentas me puedo dar el lujo de escoger, porque la artista soy yo.

En marzo de 2016 las principales fobias de Farah siguen siendo las alturas y la soledad. Tuvo un perro llamado Miseria, un perro fiel que murió bajo las ruedas de algún camión. Miseria fue sustituido por Canelo, igual de famélico, porque Farah quiere tenerlos de compañía, pero raramente les da un plato de comida.

-Tienen que aprender a luchar en la calle. Si yo lo hago, cómo no lo van a hacer ellos.

En marzo de 2016 Farah pesa cincuenta kilos repartidos en un cuerpo que sobrepasa el metro ochenta. Flaca y larga como un palo de escoba. Arácnida. Un lunar falso tatuado entre las cejas.

En la boca, solo dos dientes son suyos: dos cascos medio prietos aferrados a la mandíbula de abajo. En la de arriba, las piezas alineadas y falsas de una prótesis. En su fantasía de glamour y estrellato, una diva con solo dos dientes no deja de ser una diva.

Jorge Carrasco
El estornudo, 25 de abril de 2015.
Foto de Farah hecha por Almudena Toral.

lunes, 11 de julio de 2016

Historia de un paria (III)



El 29 de diciembre de 2008 ya oscurecía y Farah se buscaba los pesos en las calles de La Habana. Mientras, Santiago cocinaba frijoles negros. Sandro, la pareja que Jorge tenía en aquel momento, metió un cucharón en la olla y a Santiago no le gustó. Santiago y Sandro se fueron a las manos y en fracciones de segundos, Sandro le clavó un cuchillo en la ingle a Santiago.

Teresa sintió la gritería de Jorge: “!Lo mataste, lo mataste!”. El barrio se puso en función de la reyerta. Unos minutos después llegaba Farah, maquillada, contenta del buen día que había tenido. Cinco años de relación cortados por un solo tajo. Fin de Santiago Sánchez López. Fin de la historia.

Dos años más tarde, en 2010, Jorge murió a causa de una cirrosis hepática por el abuso de los medicamentos que consumía.

-Lo cuidé hasta el final. Después de bailar en la calle y de buscar dinero, compraba comida, la cocinaba y se la llevaba al hospital. El día que murió yo estaba en la casa descansando. Acababa de dejarlo bañado en el hospital. Tres días antes de morirse conversamos y le perdoné todo lo duro que fue conmigo.

Sola de nuevo. Al padre se lo encontraba poco, y cuando coincidían en el barrio, cada uno hacía como que el otro no estaba ahí. Con sus hermanos apenas se cruzaba. Iván estaba preso hacía un tiempo en Orlando, Estados Unidos, por tráfico de drogas. En una ocasión le mandó doscientos dólares.

La casa había quedado reducida a un pequeño cuarto en usufructo, luego de que paulatinamente Jorge la desglosara en otros pequeños cuartos que vendió a inmigrantes y gente más o menos marginal.

-Me deprimí mucho por la muerte de Santiago y Jorge, y comencé a hacerle rechazo al cuarto. Empecé a pasar más tiempo en la calle buscando pareja.

Elio Medina es un homosexual santero que vive en otra ciudadela, a un par de cuadras de Farah. La conoció cuando Jorge aún vivía, se encariñó con ella y se convirtió en una especie de amigo y guía espiritual. Elio cuenta:

-Ella es muy buena y confiada. Pasa por cualquier esquina, se encuentra a cualquier muchacho y se lo lleva a vivir a su casa. Una vez llegué a sacar de ahí a diecisiete personas. Fui a verla y la gente estaba durmiendo en el piso. Ella llevaba varios días sin comer.

Después de Santiago ha desfilado por la casa de Farah un pueblo. Muchachos holgazanes ninguno de los cuales ha sobrepasado los treinta años, ninguno de los cuales ha sido negro, porque a ella los negros no le gustan. Nadie cercano a Farah ha conocido una pareja suya que no abusara de su confianza o no le diera una paliza cuando le ha sido imposible costear los lujos a los que aspiran esos tipos.

Desde Santiago Sánchez López hasta la fecha, varios chulos se han disputado la custodia de Farah, especie de gallina de los huevos de oro. Consumida por su hambre de afecto y su flaca autoestima, Farah es capaz de aguantar casi cualquier cosa -desde humillaciones hasta golpes- por no pasar la noche sola.

Como es de suponer, el que quiere obtener algo de ella –un techo donde pasar la noche o pasar una temporada, un plato de comida– solo tiene que ser medianamente astuto para decirle lo que quiere escuchar. Farah se hace la vista gorda, se engaña a sí misma y trata de engañar a los pocos que se preocupan por ella, cuando asegura que a sus cincuenta años tiene a los jovenzuelos comiendo de su mano, hasta que las mentiras salen a flote y las relaciones –si ese nombre podemos darles– se hacen insostenibles.

A saber, las más importantes de los últimos diez años comienzan con Vladimir, alias La Muerte, fumigador de oficio.

-¿Por qué le decían La Muerte?

-Niño, porque era un blanquito precioso, de ojos azules. Lo máximo. Pero por dentro era un veneno. Era como Chucky, el muñeco diabólico.

Farah se fue a vivir con Vladimir a un llega-y-pon que alquilaron en las afueras de San Miguel del Padrón. Se adaptó al aislamiento de la periferia. Rápidamente se convirtió en la criada del lugar. Fregaba, limpiaba, ordenaba, bailaba en la zona para conseguir dinero y comprar comida.

-Todo era color de rosa hasta que comenzó a robarme el dinero. Cuando quería dejarlo me caía a golpes y me amenazaba.

Para salir de Vladimir, Farah se buscó otro chulo. Con Amed Negro Trujillo duraría cinco años.

Se conocieron una noche en el Parque de la Fraternidad. Amed le preguntó si ella era Farah, la famosa. Ella respondió que sí. Ese día, después de hacerse de rogar, se fueron juntos al cuarto de San Leopoldo.

-Le hice una “comidita de puta”: platanitos, tomates, arroz y huevo frito. Hicimos el sexo. Nos compenetramos.

Amed era epiléptico y pastillero. Cuando se juntaban las dos cosas, Farah tenía que huir lejos, porque la tunda era segura. Estuvo preso varias veces por golpear a su abuela de crianza, por desorden público y por amenaza con arma blanca. La misma Farah lo denunciaba a veces por robo o por agresión física, para retirar la denuncia unas horas más tarde.

Cada vez que Amed caía, allá iba Farah, tacones de brillo, vestido atrincado, cargada de jabas con comida, a ver a su marido a la prisión. Cuando Amed salía de pase, se quedaba en la casa de ella.

En una de las visitas a Amed, otro preso comienza a ficharla. Andrés Bravo Cardenal alias El Diente, que estaba en la cárcel por robo con fuerza, sale de pase un día y se tropieza con Farah en un kiosco de fritangas.

-Había frío. Yo me estaba comiendo un pan con minuta y él me pidió que le comprara uno. Se lo compré. Empezamos a conversar y le dije que estaba cansada de Amed, que me daba muchos golpes. Él quiso acompañarme hasta el barrio, me iba a dejar en la esquina, porque Amed estaba en mi casa, de pase también. El final de la historia es que Andrés terminó entrando a la casa. Yo dije que él era un primo mío. Y Amed dijo: “¡Qué primo de qué, si él está en la prisión conmigo!”. Entonces planté: “Pues mira, a partir de ahora él es mi marido”. Niño, cinco de la madrugada y ellos se fueron a los golpes por mí. Tuvo que venir la policía.

Farah se enamoró rápido, como se enamora ella cuando le muestran un mínimo de simpatía. Se hizo tatuar en la espalda las iniciales de Andrés Bravo Cardenal: ABC, con tinta azulada. Él, por su parte, se tatuó Farah en el antebrazo. En alguna ocasión le escribió un par de cartas desde la cárcel. En un cuadernillo donde Farah anota números de teléfonos y cosas importantes, conserva este pedazo quién sabe por qué razón: “(…) es bueno que de vez en cuando salgas a la discoteca para que puedas divertirte un rato, porque tú eres merecedora de muchas cosas, pero también recuerda que la calle está mala cantidad, y no puedes llegar tarde a tu casa. Te amo mucho, Farah. De tu amor, Andrés”.

Las visitas a la prisión y las jabas de comida eran ahora para Andrés, un muchacho que en la calle parecía hermético, de carácter frío, duro e impenetrable. Pero que entre las cuatro angostas paredes del cuarto de San Leopoldo lo que precisamente le pedía a Farah era que lo penetrase. Así copulaban la mayoría de las veces.

-Me enganché con él, porque me trabajó la línea de fuego. Cuando nos enredábamos éramos Shakira con Beyonce. ¡Ayyyyy! ¡Perra! ¡Dura! Andrés era una 'salá' en la cama.

Cuando quedó en libertad y estuvo a tiempo completo en el cuarto de Farah, las golpizas comenzaron de nuevo.

-Era muy materialista. Al principio yo le puse los colmillos de oro, que me salieron en sesenta dólares cada uno. A plazos le terminé de pagar una cadena y después un reloj. Pero cuando no tenía dinero se ponía mal.

En una de las golpizas más fuertes que Andrés le atizó, Teresa tuvo que asomarse al balcón con un palo en la mano:

-Lo amenacé con caerle a palos si seguía maltratándola. A Farah aquí la quiere todo el mundo. Él me dijo que ella lo sacaba de paso. Yo le respondí que si lo sacaba de paso, que recogiera sus cosas y se fuera. Que si se quería comprar unos zapatos o lo que fuese, que trabajara. Farah es muy indefensa. Es poquita cosa. Anda siempre arreglada, sale para la calle y regresa con sus cuatro pesos, es la reina de la Habana Vieja. Pero no oye consejos.

Elio Medina, su padrino, fue una vez testigo de una escena similar en su casa.

-Vino un día a visitarme con Andrés, y él la ofendió delante de mí, la humilló. Lo agarré por el cuello y lo boté de mi casa. Farah no es muy inteligente que digamos, y cuando la ofenden y tiene lucidez, se demora mucho en dar una respuesta.

A principios de 2016, después de casi tres años aguantando golpes, bailando en la calle para mantenerlo, le cambia la cerradura a la puerta y se deshace de Andrés.

-Yo soy el tipo de homosexual al que le gusta llamar la atención. Mientras más extravagante me visto, más segura estoy de mí. Cuando me gritan en la calle !Farah, perra, dura, diva, tú sí!, me siento realizada. En una revista dijeron que yo sí tenía cojones y timbales, por haberme lanzado a las calles vestida de mujer sin importarme nada. Cuando joven fui un homosexual precioso. Fíjate que tengo cincuenta años y todavía me veo despampanante.

-He llegado a tener sesenta pelucas, y cuando se ponen feas las regalo o las boto. Cuando bailo en la cervecería, el que me quiere regalar dinero me lo tiene que poner adentro de la blusa. Le digo a todo el mundo que ese dinero es para ponerme las tetas de silicona. Eso sí quisiera. Cambiarme de sexo no. Yo he tomado anticonceptivos y hormonas, y me han salido mis teticas, pero las he dejado de tomar porque me dan náuseas y mareos.

-Soy virgo. Los virgos somos alegres, tenemos suerte para el dinero. Somos muy queridos. Gente sencilla y natural. Soy tan famosa que cuando Beyonce vino a La Habana, fue a la cervecería a conocerme. Del nerviosismo me mandé a correr y me escondí en el baño. Al final me pidió que bailara algo. Mandé a la orquesta a tocar El cuarto de Tula. Beyonce me regaló quinientos dólares y un vestido. Eso lo sabe todo el mundo. Con el dinero me fui para Varadero y me llevé seis pepillos y dos amigas mías travestis. Era la poderosa. Los pepillos me llovían y yo tenía para escoger.

En marzo de 2016 la casa de Farah es el mismo cajón de cuatro por cuatro que heredó de Jorge La Reglana en el barrio de San Leopoldo. El olor, en cuanto cruzas el umbral, te conecta con la miseria y la marginalidad en que transcurre su vida. El vaho nauseabundo de un sitio poco ventilado y que se limpia con escasa frecuencia y con escaso rigor.

Como los típicos cuartos en usufructo en la superpoblada y ruinosa Centro Habana, el de Farah también queda fraccionado en planta baja y planta alta, con una división de madera llamada 'barbacoa'. Arriba, el cuarto, con una camita personal de sábanas calamitosas y un escaparate viejo. Magullados zapatos de mujer en el suelo de tablas. Ropa vieja de colores chillones que le van regalando. Algunas figurillas de barro y un arcaico ventilador de pie. Dos posters en las paredes: uno de Shakira (frente a la cama) y uno de mujeres y hombres en cueros (a la cabecera de la cama).

Abajo, una sala-comedor-baño-cocina. La entrada del bañito no tiene puerta. Hay en el apretado espacio, con vista al inodoro blanco, dos muebles de una felpa cochambrosa color rojo vino. Las pertenencias de Farah son escasas. Si ha tenido algo de valor en algún momento de su vida, el marido de paso se lo ha robado. Nunca ha tenido, por ejemplo, un refrigerador. Los pocos alimentos que compra los cocina en el día. Cuando no tiene ganas de encender el fogón (la mayoría de las veces), lleva un pozuelo plástico al comedor de ancianos y casos sociales de la calle Perseverancia y allí le dan algo.

Anclada a la pared de la salita, hay una complicada repisa de madera con varios compartimentos atiborrados de fotos y baratijas como pequeños muñecos de cerámica y flores artificiales. Un comprobante de pago de Aguas de La Habana, colillas, una caja vacía de cigarros Criollo. En el resto de las paredes, un collage de desnudos masculinos que fueron arrancados de alguna revista erótica, y un afiche grande con la propaganda del perfume Le Male, de Jean Paul Gaultier, donde un imponente rubio muestra sus abdominales.

En otro destartalado estante de madera, hay un viejo equipo de música y una larga colección de discos llenos de polvo. De Rocío Durcal y Rocío Jurado, Un mano a mano de lujo; de Madonna, You can dance. El show Nuestra Belleza Latina, Donna Summer en concierto, la novela mexicana Amor por siempre. Una colección de documentales de Discovery Channel con los programas Armas de alta tecnología, Aliados de la II Guerra Mundial, Devoradores de Hombres, Trenes de alta velocidad y otros. Varios cassettes VHS con filmes como Hércules y La máscara negra. Completa la colección un video pornográfico que tiene en la carátula fotos pequeñas que adelantan a dos tipos calvos teniendo sexo al lado de una piscina.

-Yo soy una enferma sexual. Me gusta mucho hacer el sexo.

Jorge Carrasco
El estornudo, 25 de abril de 2016.
Foto de Farah hecha por Almudena Toral.

jueves, 7 de julio de 2016

Historia de un paria (II)



Isabel Pulido, única hermana hembra de Raúl, tiene 52 años. En la casa de San Nicolás, donde actualmente cuida al padre de ambos, sale y cierra silenciosamente la puerta. Adentro no se puede mencionar el nombre de Raúl. En el balcón, Isabel recuerda aquella época.

-Él empezó a dormir en el bañito por todos los problemas. Ahora la homosexualidad es una moda, pero antiguamente tú no sabías si traía sífilis o cualquier otra enfermedad. Allí él dormía de lo más bien, porque eso estaba limpiecito.

Raúl entraba a la casa apenas para ver la televisión. El padre llegó a prohibir que se le diera comida si no cambiaba su conducta. A escondidas, Haydée o Isabel le alcanzaban a veces un plato al cuartico.

Poco tiempo después, la rectitud del padre terminó por hastiar a los hermanos varones de Raúl, que se fueron de la casa en cuanto pudieron. Isabel iba y venía, según el novio que tuviera en el momento.

A los doce años estaba Raúl llorando en un portal. Había tenido una pelea con el padre. Una pelea que terminó en juicio.

-Un día, en medio de una golpiza de mi papá, me reviré. En la casa había uno de esos botellones grandes de cristal. Cogí aquel botellón y se lo metí por la cabeza. Y de ahí fuimos para la policía.

Con una frialdad que da miedo, Isabel recuerda:

-Una difunta vecina del edificio se metió en la bronca y acusó a mi papá. Pero mi papá ganó, porque entre padre e hijo nadie se puede meter, y el padre le puede hacer al hijo lo que le de la gana.

En aquel portal, antes de la policía, antes del juicio, Raúl, hermoso niño según quienes lo conocieron y según él mismo, lloraba sin consuelo. Ese día conoció a Jorge González Mesa, alias la Reglana, y desahogó con él sus penas.

La Reglana era un señor negro y gordo con un ojo de vidrio y una espantosa reputación. Homosexual. Santero. Hijo de Yemayá. Adicto a drogarse con medicamentos como el dexactedron y el parkisonil, la Reglana se le cruzó en el camino a Raúl en un momento drástico. Le secó las lágrimas y lo demás sucedió rápido: Jorge, que no tenía hijos y vivía solo en la calle Laguna, apenas a seis cuadras de los Pulido, accedió a tomar la custodia de Raúl si su padre lo permitía. Su padre dijo que sí, que por supuesto. Le dio de baja en la libreta de abastecimientos y se sintió aliviado. Haydée moriría un par de años después.

Jorge fue agua en el desierto. Le dio a Raúl un techo. Le quiso cambiar, aunque sin éxito, los apellidos. Lo llamaba hijo y Raúl lo llamaba padre. Pero Jorge no trabajaba, vivía del negocio, de la venta de pastillas alucinógenas a las almas desesperadas de Centro Habana, y Raúl tuvo que comenzar a bailar en las calles, a limpiar casas nuevamente, a hacer los recados a los vecinos del nuevo barrio.

-¿Jorge era bueno contigo?
-Regular.
-¿Por qué?
-Porque era un homosexual muy fuerte.
-¿Te golpeaba?
-Una sola vez me dio un manotazo, porque le falté el respeto. Yo era muy bocón. No me daba golpes, pero era un señor muy fuerte, y no le gustaba que yo hiciera cosas malas. Fue bueno y fue malo. A veces me botaba de la casa y yo tenía que irme por ahí. Después me recogía de nuevo.

Teresa, una vecina que hace más de diez años vive en los altos de la casa de La Reglana, el nuevo hogar de Raúl, recuerda:

-Jorge no se movía de la silla y, sin embargo, no le faltaban ni la comida ni los cigarros. Cuando el muchacho no traía el dinero o las cosas para la casa, lo maltrataba bastante. Lo usó, como lo usan muchos todavía. Pero fue quien lo crió, quien lo acogió cuando en su casa lo despreciaron.

Por ese tiempo, finales de los setenta, Raúl salió de la casa por primera vez completamente vestido de mujer.

-Salí a tomar las calles con un vestido de quinceañera que me habían prestado. La gente escandalizada. Tú sabes cómo era en esos años.

Después de tal paso no había ya razón para que Raúl siguiera llamándose como tal. Pensó que era mejor olvidarse de su propio nombre, tapiar también esa parte de la oscura fosa que era su corto pasado, y empezar de nuevo.

Cuando las calles de Centro Habana comenzaron a quedarle chicas, la gente empezó a llamarlo Farah María, a la sazón una intérprete cubana que se hizo popular por la estrofa "No me baño en el malecón, porque en el agua hay un tiburón". Con su sofisticada h al final, Farah era el nombre mismo del éxito. Nada malo podría pasarle a alguien llamado Farah.

Los años pasaron. Y Farah comenzó a pagar sus primeras multas por maquillarse y vestirse de mujer. Alguna que otra vez compareció en juicios populares junto a amigas travestis. Los juicios populares, en el caso de la conducta homosexual, eran ceremonias que pretendían la redención del gay a través de la terapia de choque de la vergüenza pública. En otras ocasiones la trasladaban a la unidad de policía más cercana, la ponían a limpiar el local en una rara medida de escarmiento. Unas horas después la dejaban en libertad.

Negra, homosexual y pobre, Farah reunía todas las condiciones para ser un paria social en la nueva Cuba que se construía. Una Cuba edificada bajo el espejismo de las inclusivas promesas que juraron los hombres fuertes, los hombres de campo que hicieron la Revolución, y bajo cuya anuencia se institucionalizó paulatinamente la homofobia en la Isla.

A la vuelta de los años ochenta, el gobierno revolucionario había “saneado” el país de cientos de homosexuales que escaparon de Cuba durante el éxodo del Mariel. El Código Penal establecía la penalización de cualquier actitud que pudiera ser considerada demasiado extravagante bajo el delito de ostentación pública, por el cual se podía cumplir de tres a nueve meses de prisión.

En 1982, Farah comenzó una saga dantesca por las cárceles. Las fechas precisas no las recuerda ni ella misma. Su cronología personal es tan atolondrada, tan llena de hitos, de escuelas de conducta, de maridos, de puñaladas, de juicios, que cualquier fecha puede estar sujeta a un cambio. En 1982, eso sí, está segura de haber pisado una cárcel por primera vez. Tenía dieciséis años.

-Estaba en la playa de Guanabo con un grupo de homosexuales. Dejamos la casa sola y al regresar nos habían robado, entonces fuimos a la estación de policía para hacer la denuncia. En vez de buscar a los ladrones, nos llevaron presas a nosotras.

En el Combinado del Este, la mayor prisión del país, Farah y sus amigas cumplirían nueve meses de cárcel.

-¿Cómo te fue allí?

-Fabuloso. Yo era la reina de la prisión. Estuve en un pabellón donde había alrededor de trescientos homosexuales. Aquello me encantó. Hacía lo que me daba la gana. Me vestía de mujer con vestidos hechos de sábanas y pelucas de tiras de saco. Con pasta de dientes me maquillaba los párpados y los labios me los pintaba con pintura roja.

Su nombre de pila en la prisión era Lulú, en honor a un dibujo animado donde la muñeca homónima se la pasaba chupando paletas. Farah era una aficionada a chuparse el dedo. Durante los nueve meses que estuvo presa, solo Jorge y su hermano Efrén la visitaron. Con los demás miembros de la familia -sobre todo con el padre- había ocurrido una irreparable fractura. En la propia casa de San Nicolás, su nombre se pronunciaba en sordina.

Isabel Pulido dice:

-Comenzó a ir preso porque en cuanto empezó a desarrollar, se reunía con “elementos”, con gente de la que no tenía que rodearse. Y mi papá lo enterró. Él sabía muy bien que el padre de nosotros trabajaba en la Seguridad del Estado y era muy recto, que cuando decía una cosa había que hacerla.

A la semana de haber quedado en libertad, Farah va presa de nuevo. Esta vez adrede. Ella y Katia, otra travesti que también había pasado unos meses divinos en el Combinado del Este, comenzaron a hacer fechorías para que las capturaran nuevamente. Habían dejado sendos maridos en la prisión, y a la prisión había que volver. Entre rejas (extraña paradoja) algunos tenían más libertad que en la calle.

Lo primero que se les ocurrió fue ir a comer hasta el hartazgo en Las Bulerías, un restaurante del Vedado, a sabiendas de que no tenían un centavo para pagar la cuenta. Por desgracia para ellas, lo único que se buscaron fue una paliza y cincuenta pesos de multa.

Días después, Farah y Katia agarraron un pedazo de hierro e hicieron añicos una de las vitrinas de la tienda La Sortija, en la calle Monte. Mientras los empleados llamaban a la policía y los transeúntes disfrutaban del espectáculo, Farah y Katia se colaron en las estanterías, despojaron a los maniquíes de sus vestidos y sus pelucas y se las encasquetaron, para posar inmóviles como gráciles figurillas dentro de las vitrinas destrozadas.

-En el juicio nos pidieron un año en el Combinado del Este. Fuimos a parar al mismo pabellón donde habíamos estado anteriormente.

Cumplió la condena. Salió. Calentó los motores en la calle y, casi dos años después, la encarcelaron nuevamente por robarse, con otras tres consortes de causa, las prendas de mujer que colgaban en una tendedera en Guanabacoa.

-Nos descubrieron porque en medio de la noche, un niño empezó a llorar y despertó a la gente en el edificio. El robo se valoró en unos 88 pesos. No se me olvida. Esa vez nos pidieron once años de cárcel.

Once años de los que apenas cumpliría cuatro. Junto con una revisión de causa por la que quedaba absuelta en 1988, uno de los tantos presos a los que Farah había jurado amor eterno, la sorprendió con otro de los tantos presos a los que Farah también había jurado eterno amor. En algunos sitios la infidelidad se paga con muerte. Y este hombre resentido, del que Farah ya no recuerda su nombre, la alzó en peso y la arrojó del cuarto piso.

-Lo único que recuerdo es que me desperté en el hospital de emergencias de Carlos III.

Fractura de cráneo, parálisis temporal, pérdida casi total de la dentadura. Farah estaba viva de puro milagro.

En 1992 inaugura la prisión de Valle Grande, ubicada en La Lisa, en las afueras de La Habana. A partir de ahí, la cárcel se convierte en algo eventual, casi siempre bajo los delitos de escándalo público o peligrosidad predelictiva. La peligrosidad predelictiva, que consta en la Ley 62 de 1987 en el Código Penal, considera como estado peligroso y punible la proclividad de ciertos individuos a cometer delitos.

La conducta antisocial de Farah, que no tenía un trabajo estable, que se había pasado los últimos años de su vida en la cárcel, la convertían en una ciudadana potencialmente perniciosa para la sociedad. Pero a mediados de los 2000 su record delictivo estaba limpio. Hasta donde era posible, Farah era feliz. Llevaba casi diez años sin caer presa. La policía ya no se preocupaba por ella como antes.

Eusebio Leal, historiador de La Habana y especie de indulgente guardián del centro histórico de la ciudad, hacia 2005 emite un documento por el que se prohíbe a las autoridades la detención de Farah por bailar públicamente y ostentar su homosexualidad en el centro turístico de la ciudad. Eusebio Leal la convierte en intocable. En el documento la llama “personaje costumbrista”.

Farah había transitado, a base de constante gravamen, de paria social a personaje pintoresco con salvoconducto legal. En las calles se le comenzaba a reconocer como la madre de las travestis cubanas. La precursora. En lugares turísticos del centro histórico como la cervecería de la Plaza Vieja, comenzaron a permitirle bailar con la orquesta musical de paso, y coquetear con el público, que en los días de más suerte podía dejarle hasta quince dólares de propina.

La mega popular orquesta cubana Van Van la había inmortalizado en su tema El travesti, donde después de mencionar a varios transformistas famosos de La Habana entonan: ¡Y qué decir de Farah María, Ave María por Dios!.

Farah había conocido a Santiago Sánchez López, un joven de apenas veinte años con quien Jorge la dejaba convivir en la casa. Santiago había llegado para llenar un gran hambre de afecto.

-De todos mis maridos, fue el que más me quiso y el que más yo quise.

Con Santiago, Farah consiguió algunos de los pocos empleos estatales que le permitía su título de noveno grado. En el asilo de la calle Reina, por ejemplo, trabajaron juntos asistiendo a los ancianos. Como es de suponer, Farah le puso el alma a un sitio tétrico que olía a orina rancia.

-Los ancianos son personas muy susceptibles y me querían cantidad. Yo les hacía cuentos, les cantaba canciones infantiles, les celebraba los cumpleaños.

Con Santiago en 2008 se fue a limpiar pisos en el hospital Calixto García, para ganar un poco más de lo que ganaba en el asilo. Fiel guardián, Santiago no la perdía de vista. Teresa, la vecina, recuerda:

-Santiago tenía obsesión con ella. Si ella salía, él salía. Si ella entraba, él entraba. Y como ella es muy alta y él era muy bajito, parecía la cartera de Farah. El padre del muchacho quería conseguirles otro apartamento para que salieran de la casa de Jorge, que siempre estaba llena de homosexuales fajándose entre sí. Pero Farah no quiso. Para ese tipo de gente, ese cuarto tiene azúcar.

Jorge Carrasco
El estornudo, 25 de abril de 2016.
Foto de Farah hecha por Almudena Toral.

lunes, 4 de julio de 2016

Historia de un paria (I)



Como a Farah le gustan los tipos malos, a nadie sorprenderá saber que sus dos maridos salieron de la prisión del Combinado del Este el mismo día. Bajo el indulto que el gobierno cubano concedió a más de tres mil quinientos presos por la visita del Papa Francisco a Cuba, en septiembre de 2015, quedaron absueltos Amed Negro Trujillo y Andrés Bravo Cardenal.

Unas horas después de que sus maridos –como la mayoría de las travestis cubanas suele llamar a sus parejas en un gesto emancipador– fueran absueltos, Andrés se apareció en la ciudadela de San Leopoldo donde Farah vive.

Farah la incontinente, Farah la adicta sexual. Farah, que es cualquier cosa menos una mujer de romanticismos y tiernas fidelidades, yacía embelesada en los brazos de Minguito, uno de sus amantes de paso.

Andrés echó la puerta abajo. Le cayó a golpes a ella y le cayó a golpes a Minguito.

-Los dos se enredaron por mí, y yo corrí para la unidad de policía gritando Auxilio, Socorro... La gente del barrio me gritaba “¡Farah! ¡Dura!, ¡Quédate con los dos: un ratico uno y un ratico el otro!”.

Mucho antes de tener sesenta pelucas, de convertirse en carne de presidio, de que le hundieran un cuchillo en la ingle al hombre que más feliz la hizo, mucho antes de ser llamada Lulú y de ser llamada Farah María, Raúl Pulido Peñalver nació en San Antonio de los Baños –municipio de la actual provincia Artemisa– el 24 de agosto de 1965.

A su madre, una hermosa mulata llamada Ana Julia Peñalver, la leucemia le dio el tirón final cuando Raúl tenía seis años. Él y su hermano Efrén, de nueve, quedaron entonces bajo la custodia de Rubén Pulido, el padre de ambos. Un hombre demasiado recto, pero de moral demasiado flexible que, esposa en lecho de muerte, ya llevaba el matrimonio en paralelo con una aventura amorosa en La Habana.

Al morir la madre de Raúl ya no había impedimentos para que Rubén Pulido se mudara a la capital con su amante Haydée. Se llevó a Raúl consigo. A Efrén lo terminarían de criar los abuelos maternos en San Antonio.

En la nueva casa –apartamento ubicado en el quinto piso de un edificio en la calle San Nicolás, Centro Habana- Raúl fue criado como un outsider (forastero). Haydée, su madrastra, tuvo tres hijos con Rubén: Isabel, Iván y Alexis, todos contemporáneos con Raúl, cuya existencia le recordaba constantemente a Haydée el amargo tiempo en que fue la segunda del hombre que le gustaba.

-A veces yo sacaba fotos de mi mamá para recordarla y esa mujer entraba en crisis.

Cuando cursaba el segundo grado, a Raúl lo becan en una escuela primaria de educación diferenciada para menores con trastornos del comportamiento, donde abundaban los casos sociales, en su mayoría niños huérfanos de padre y madre. La escuela quedaba en las afueras de la ciudad, cerca del Parque Lenin, lo suficientemente remota como para que Haydée y su familia se mantuvieran impermeables a los problemas del inquieto niño.

Le daban pase los fines de semana. Su padre no iba a recogerlo la mayoría de las veces, y con frecuencia alguna maestra se apiadaba del caso y cargaba con Raúl para su casa. Otras veces se escapaba a las arboledas con los muchachos a los que tampoco iban a recoger, y pasaba el fin de semana mataperreando en los campos de la periferia.

Aunque sus calificaciones eran estupendas, los maestros hacían hincapié en ciertos gestos, ciertas inflexiones de la voz, ciertas marcas preocupantes en un niño varón. En una escuela donde cada alumno era especial, Raúl Pulido era ya el centro de gravitación de su pequeño mundo. La escuela, se podría decir, orbitaba a su alrededor, y en el medio estaba él, siete, ocho, nueve, diez, once años, un niño que bailaba femenilmente, que gesticulaba todo lo que no se supone que debía gesticular un hombrecito.

-Las maestras me regañaban y yo les decía: “No me digan más que no gesticule. Yo tengo nueve años, pero ya soy homosexual. Y voy a ser homosexual hasta el último día de mi vida”.

Los fines de semana en que traían a Raúl de pase, Haydée, especie de encargada del edificio, recibía quejas constantes de los vecinos, que ponían a tender sus sábanas y sus toallas en la azotea. Sábanas y toallas blancas y limpias que el travieso Raúl descolgaba de las tendederas para ponerse de vestidos, para inventarse pelucas y desfilar provocativamente en la misma azotea, asomándose a la calle para soplar besos y saludar a su público imaginario, un grupo de vecinos que abajo, escandalizados y rojos de furia, veían ondear al aire fresco sus pertenencias.

Raúl terminó la primaria entre las manchas del expediente –donde sabias maestras escribían párrafos altruistas y admonitorios que habrían de leer futuras maestras sobre la torcida conducta del niño descarriado– y las palizas del padre que cada vez resistía menos la rebeldía del hijo que comenzaba a manchar la imagen de su familia.

-Mi papá me daba tantos golpes por esas travesuras que un día me subí a la azotea del edificio y por poco me tiro. Vino la policía y vino todo el mundo, y yo gritando que me iba a tirar. Mi hermano Iván fue el que logró bajarme de ahí.

A los doce años, cuando Raúl comienza la secundaria en una escuela taller de la calle Manrique, su situación en la casa se había hecho intolerable para Rubén y Haydée. Además de sus travesuras en el edificio, Raúl comenzó a bailar en la calle al ritmo de las canciones de moda, a hacerles mandados a los vecinos y a limpiar casas para ganar su propio dinero. Dormía fuera con regularidad, comenzó a juntarse con otros homosexuales y –lo más grave– cierto día apareció en la secundaria con uniforme de hembra. Una amiga del aula le prestó una saya y una blusa. Raúl se dividió el pelo en dos motonetas (coletas) y así se presentó en pleno matutino.

-Imagínate, yo en la fila de las niñas. Se formó tremendo escándalo. Me llevaron para la dirección y mandaron a buscar a mi papá.

No solo la niñez, sino también la adolescencia, transcurren fuera del hogar, de una escuela de conducta en otra. Como la insubordinación nunca ha sido premiada con aplausos, a partir de los doce años Raúl no durmió nunca más dentro de la casa.

El cuartico de desahogo fue el castigo más drástico. Más drástico que los azotes con la chancleta y con el cinturón, porque esos golpes dolían, pero duraban poco. El cuartico de desahogo, en cambio, era un escarmiento en estado permanente. En el pasillo, al lado del apartamento donde seguía viviendo la familia, a Raúl Pulido, cachorro descarriado, lo encerraban en las noches bajo llave. Adentro había un canapé, un lavamanos, una taza y una ducha que usaba para bañarse. Comenzó a tener crisis de asma por la humedad del lugar y algún que otro vecino preocupado le aconsejaba a Rubén y Haydée que sacaran al niño de ahí.

Jorge Carrasco
El estornudo, 25 de abril de 2016.
Foto de Farah hecha por Almudena Toral.

jueves, 30 de junio de 2016

Miriam Acevedo, un icono musical de los 60



No quiero escribir sobre la excelencia de Myriam Acevedo como actriz, sino de la cantante que fue, y que ha sido para mí, no lo niego, un referente de misterio idealizado a falta de un contacto directo, sensorial, pues nunca la escuché, ni la vi cantar. Las búsquedas de grabaciones, discos y viejos programas de televisión han sido hasta hoy infructuosas. Y ahora, cuando sumados los fragmentos de la memoria de quienes la conocieron y de los que sobre ella han escrito, la tengo delante gracias a la magia del cine y la digitalización, entiendo todo lo que suscitó en aquellos contradictorios años de la década de los 60.

Acerca de la Myriam Acevedo actriz se ha investigado y escrito; entre otros, la dramaturga Esther Suárez Durán hace justicia a la estatura que alcanzó en las tablas a finales de los 50 e inicios de los 60, no sólo en Cuba, sino también en otros países. Sin embargo, el comienzo de aquella década acercó a la Acevedo de nuevo a sus orígenes en los escenarios, pues en realidad su vida artística comenzó muy tempranamente ligada no al teatro dramático, sino a la música, como ella misma reconociera siempre.

Descubro lo que al parecer fue una de las últimas entrevistas que concediera la Acevedo: la que en 2009 dio a la periodista Tania Quintero, y en la que narraba: “Comencé a cantar desde que tenía dos años de edad, y a los tres años y medio me presenté en el Teatro Nacional cantando la canción Enamorada. Después pasé a diferentes compañías infantiles, siempre como cantante. Era lo que se decía una niña prodigio”.

Aquella vocecita que hacía su tempranísimo debut en el Teatro Nacional con la Compañía Infantil de Rivera Baz, llamó la atención de los directivos de la CMQ quienes deciden unirla a otra niña que daba también muestras de talento: “Me presenté en La Corte Supema del Arte como cantante y gané todos los premios. Anoland Díaz era también una niña excepcional. Desde pequeña tocaba el piano de afición como una verdadera profesional, era el asombro de todos. Ella cantaba con voz de soprano, y yo de contralto infantil. Y al dueño de la CMQ se le ocurrió que nuestras voces podían hacer un dúo perfecto. Se llamó Myriam y Anoland, el dúo perfecto. Anoland era cubana y era muy jovencita cuando se fue para Panamá con su familia.”

De Anoland en la música no se volvería a saber en la Isla, hasta que su hijo, el cantante y compositor panameño Rubén Blades revolucionara el fenómeno de la salsa con sus letras de crónica social y su ritmo inconfundible. De Miriam, pues se supo y mucho: eligió el teatro y fueron grandes sus éxitos y perdurable el recuerdo de su talento escénico, aunque explicó a Tania Quintero su relación personal entre la música y el teatro: “Cuando entré en la adolescencia no quise cantar más. Comencé a estudiar bachillerato y ese mismo año ingresé en la Academia de Arte Dramático para estudiar teatro. Seguí cantando, entre amigos, y la música fue siempre una pasión. Pero decidí dedicarme completamente al teatro".

Myriam debuta en esa misma academia el caluroso domingo 25 de agosto de 1947 con un papel secundario en la obra El niño Eyolf, de Henrik Ibsen; transita por el grupo Prometeo; merece el Premio Talía por su desempeño en la comedia Un nuevo adiós, y en 1954 protagoniza Las criadas de Jean Genet, dirigida por Francisco Morín. Pasa cinco años en Nueva York, donde estudia en la academia teatral de Stella Adler, alumna de Stanislavski, y hace teatro en Broadway. No me detendré en detallar su exitosa trayectoria sobre las tablas, aunque sí subrayaré un hito especial que sobreviene en 1960: el 16 de marzo se estrena, en presencia de su autor Jean Paul Sartre y de Simone de Beauvoir, en el rol protagónico de La ramera respetuosa, dirigida de nuevo por Francisco Morín, en la Sala Covarrubias del recién inaugurado Teatro Nacional de Cuba, con un importante éxito de público y una crítica fascinada por el desempeño de la genial actriz.

Las páginas de Lunes de Revolución dejarían para siempre lo que la propia Myriam escribiría casi de inmediato y desde su íntima percepción y su vivencia personal al interpretar el personaje de Lizzie: Noche de la ramera es un interesante y ubícuo texto en el que además, Myriam es capaz de transmitir el estado de ensoñación que se vivía en esos tempranos sesenta en La Habana, Cuba. Ya en ese texto, Myriam anticipa lo que sería su próximo gran triunfo sobre las tablas habaneras: Santa Juana de América, de Andrés Lizárraga, para la cual invitaba con certeza de la acogida que tendría su estreno previsto para el 21 de mayo de ese irrepetible 1960, bajo la dirección de Eduardo Manet. Días después llegaría al gran público a través del programa televisivo dominical Pueblo y Cultura.

En 1962 el hotel Capri con su Casino de Capri –aún no había sido rebautizado como Salón Rojo– era el eje de lo mejor de las noches en La Habana, y como no podía ser de otro modo, un martes de marzo de ese año Myriam Acevedo debuta en los llamados Martes del Capri, acompañada por Froilán Amézaga, quien más tarde sería guitarrista acompañante de la gran Elena Burke. “En los años 60, cuando regreso a Cuba después de cinco años en New York, donde estudié y actué en inglés, Rogelio París me propone volver a cantar. Y así comencé a cantar de nuevo, acompañada por la guitarra. Froilán fue uno de mis guitarristas. Nunca escogí entre el teatro y la canción. Creo que dos amores pueden convivir.” Gustó mucho en esas noches del Capri.

El impacto de su desempeño como cantante sería resaltado por el diario Revolución al adjudicarle una mención entre los más destacados del género cabaret en 1963. Este espectáculo tuvo tal aceptación que provocó que la Acevedo fuera invitada a presentarse en China y varios países europeos donde, más allá de subir a los escenarios, fue ávida en explorar y enriquecerse con el teatro y la cultura de los países socialistas de entonces.

Transcurren dos años y Miriam regresa a Cuba con un cúmulo de vivencias e informaciones que influyeron, a no dudarlo, en el contenido de sus propuestas sucesivas, consideradas por algunos como 'parateatrales', y que no hicieron más que nutrir la amplitud del registro artístico de la Acevedo. La ruptura de límites formales y genéricos caracterizó su entrega desde lo musical, donde cabían con idéntica validez la canción, la poesía, la expresión dramática, y hasta la apoyatura en recursos visuales externos.

Las puertas del Teatro Amadeo Roldán se abren en febrero de 1965 a su recital de canciones y textos, bajo la dirección de Rogelio París y que fue, en definitiva, un importante hito en el vínculo de Myriam con la música. Toda de negro, con peinado y look a lo Juliette Greco, se hizo acompañar por Enriqueta Almanza, en el piano y el clavicémbalo; Guillermo Barreto en la batería; Orlando 'Cachaíto' López en el contrabajo; Wilfredo 'Musiquito' Gelabert en saxo y clarinete y Rey Montesinos, en la guitarra. La Almanza tuvo también a su cargo los arreglos, mientras que Jorge Garcíaporrúa colaboró en la adaptación de algún texto. Llama la atención la cuidada selección musical, casi siempre temas de textos sugerentes y armonías difíciles, perfectas para que Myriam Acevedo pudiera explayar su virtuosismo, tan agradecido y aplaudido por el público que colmó el coliseo de la calle Calzada, en el Vedado.

La compositora Marta Valdés, quien ejercía la crítica musical entonces con asiduidad que nunca agradeceremos lo suficiente, nos dejó su texto Una actriz que canta, publicado en la revista Bohemia el 12 de febrero de 1965 y por ella sabremos mucho acerca de la relación entre la cantante y los temas elegidos, es decir, entre ella y la música:

“No fue únicamente a base de situar números más movidos entre otros lentos, que se logró mantener la atención a lo largo de las dos partes del programa: hubo también variedad de timbres de acuerdo con el carácter de las canciones (números acompañados por un instrumento –piano, clavicémbalo o guitarra-, por dos o más en combinaciones en que a veces la voz iba de la palabra al efecto verdaderamente instrumental (La reina que nunca sonrió, Qué rico está el vino).

"Por fin, el aporte de la cantante, trabajando el repertorio a base de varias líneas. Yo diría que hubo tres fundamentalmente: la adoptada en números cantados en el sentido exacto de la palabra (Papagaio pandorga, Agua de beber camará, Sueño, La palomita, Tous les garcons et les filles, Tardes grises, Un día joven, Green fields, Una mirada, Canción de amor de Kanting, La reina que nunca sonrió, Tú me sabes comprender); otra en un estilo de canto casi recitado, cortante (Romancillo, Voy a medirme el amor, No creo en ti, Macorina); y una última para canciones de cierto sentido narrativo, o bien de carácter teatral en las que es un personaje el que canta.

"En esta última línea, junto a trozos hablados aparecían elementos de alguna de las dos anteriores o la utilización de ambas (Callecita estrecha, Balada de los tres gatos, Surabaya Johnny, Qué rico está el vino). Fue en esta línea donde la Acevedo dio importancia al movimiento escénico, en función del personaje, desde luego, nunca diciendo con el gesto lo que la palabra comunica. Aparte del despliegue de capacidades que todo aquello trajo, hubo momentos sobresalientes en los números interpretados sobre la primera línea que propongo, en los cuales se demostró el sentido musical y el buen gusto de Miriam en matices vocales de gran expresividad que seguramente habrán dejado clara su condición de cantante (además de actriz) y no de actriz que canta", afirmaba Marta Valdés en la revista Bohemia.

Dicen que los aplausos delirantes obligaron a Myriam a hacer cuatro encores, dos de los cuales eran ya éxitos en su repertorio: Se equivocó la paloma y Sans toi, balada francesa que se haría muy popular en la década de 1960. Junto al teatro dramático, Myriam Acevedo continuó cantando, sin dejar dudas acerca de sus motivaciones para hacerlo como necesidad expresiva.

Cantó, se recuerda, en la Casa de la Cultura Checoslovaca, espacio cultural en 23 y O, en La Rampa habanera que brillaba con un destello que se tornó sospechoso para algunos. Pudo elegir siempre entre la compañía del piano o la guitarra: la memoria nos trae, al menos, los nombres de los muy jóvenes entonces Sergio Vitier y Rey Montesinos, en la guitarra; Frank Fernández, en el piano.

De su trabajo con la Acevedo en el recital del Teatro Amadeo Roldán, Montesinos rememora: “Lleno totalmente con público sentado en el suelo de los pasillos y otros de pie al fondo de la platera, y en medio de eso, presencié el silencio posiblemente más grande que yo haya visto en mi vida, mientras Myriam cantaba Pónme la mano aquí, Macorina, o una canción de Brasil que se llama Papagaio pandorga.

"Comencé a trabajar con ella gracias al guitarrista Froilán Amézaga, quien me enseñó el repertorio de Miriam tal y como él lo tocaba; así mismo yo lo hice todo el tiempo, nota por nota, como las ponía Froilán, pues si por casualidad yo le invertía a Myriam el orden de las notas, ella se daba cuenta y me decía: 'ese acorde que me pusiste está bien, pero no es igual al que siempre me pones' y yo lo único que había hecho era que en lugar de do-mi-sol, le había puesto do-sol-mi, y ella lo notaba, pues tenía un oído tremendo, siempre había que hacer las cosas como se habían ensayado. Es posiblemente la cantante más profesional con la cual he trabajado, pues todo lo hacía a la perfección e igual como lo hacía siempre. Recuerdo que cuando cantaba Papagaio pando, que ella decía era una canción que hablaba de un papalote, yo, que era el acompañante y estaba acostumbrado a como ella lo hacía, llegaba a ver el hilo del papalote en el aire, así que imagínense el público", recuerda Rey Montesinos.

Ocurrían más cosas esperanzadoras en esa década en La Habana: Felito Ayón y un grupo de amigos inauguran en agosto de 1960 un espacio singular, con un atractivo que estaría no sólo en el encanto de aquella casona hermosa revestida en su interior de cuadros de la vanguardia cubana, sino en la peculiaridad de músicos, artistas e intelectuales, melómanos y recién enterados, que establecieron una interesante y fecunda interrelación en la que ganó la música, el teatro, el arte todo.

Si consideramos la alta cultura y las vivencias mundanas de Ayón y sus amigos, podríamos especular que su nombre fue elegido por ellos para remedar el del famoso café-concert Le Chat Noir en los Folies Bergère, uno de los más populares y míticos en el París de finales del siglo XIX, creado en 1881 por Rodolphe Salis, en pleno barrio de Montmartre, y donde se mezclaban el canto, la danza, fragmentos de piezas teatrales y hasta la presentación de payasos y artistas circenses.

El Gato Tuerto, ese recinto hoy desdibujado de su signo inicial y que desde su elevado ambiente se permitió el descenso vergonzante hasta la sinrazón, será importante en la historia de la música cubana de los 60 por más de un motivo que ampliaré de modo especial más adelante en en el blog Desmemoriados, pero ahora es Myriam Acevedo quien nos llama a centrarnos en el impacto de su presencia y su arte en el más famoso café-concert que tuvo alguna vez La Habana, donde fue presencia obligada y ya hoy mítica.

Su propuesta transitaba por la canción, la poesía y lo dramático y era, según se dice, algo así como lo que hoy llamamos performance con una altísima originalidad y fuerza sin límites, sin barreras genéricas, abierta a toda manifestación que reforzara la intención creativa y de comunicación con el público, a partir de una entrega desprejuiciada, algo muy avanzado si analizamos el panorama artístico en las noches de la Cuba de los sesenta. Aún es preciso profundizar, pero si fuera cierto que fue en 1961 cuando M. Alezra abrió en París una especie de taberna que más tarde sería considerada como el primer café-teatro en el sentido y formas que hoy conocemos, habría que alertar de que ya por esos días Myriam Acevedo hacía algo similar y muy transgresor en El Gato Tuerto, en La Habana.

En la citada entrevista con Tania Quintero, la Acevedo afirmaba: “Yo convertí El Gato Tuerto en un teatro-cabaret, donde cada semana tenía lugar un espectáculo distinto. Mi marido Jorge Carruana y yo, creábamos y dirigíamos esos espectáculos. Jorge era pintor y cineasta. Y se nos ocurrió hacer un programa con Virgilio Piñera, donde yo cantaba y Virgilio declamaba sus versos. Este programa con Virgilio duró dos semanas, fue una verdadera revolución.”

A inicios de la década de 1960, ya Myriam era musa de la intelectualidad noctámbula habanera, en especial, del grupo nucleado en torno al semanario Lunes de Revolución, y no necesitaba de ardides promocionales para hacer coincidir a incondicionales y neófitos en sus presentaciones.

Muchas noches se hizo acompañar en El Gato Tuerto por la guitarra de Sergio Vitier, sobre todo cuando reapareció en diciembre de 1966. Un mes después, los espectáculos de Myriam seguían siendo noticia creciente: “Lo mismo lee un cuento de Cortázar, que canta y recita una canción del siglo XVI o lee a Borges. En su repertorio se encuentran, entre otras composiciones Algún día, de Pablo Milanés y Yesterday, de Los Beatles”. De ser cierto –como parece serlo- esta referencia de la musicóloga Adriana Orejuela a la canción Yesterday, de Paul McCartney, Myriam Acevedo se colocaría entre las primeras, si no la primera voz en llevar la música de los chicos de Liverpool a un espacio público en Cuba, en momentos complicados para la música anglosajona en la Isla.

Durante el siguiente año, 1967 se le podía ver durante varios meses –al menos hasta julio- en El Gato Tuerto, donde compartía cartel, entre otros, con el cantante Bobby Jiménez, y afianzaba sus personalísimas versiones de La cleptómana o Boda gris, al tiempo que Virgilio Piñera leía sus poemas, en un espectáculo de raro e irrepetible encanto.

La Acevedo va a influír en algunas cantantes de la época, como Maggie Prior y, en opinión de Rey Montesinos, también en Yolanda Farr. Años después, en 1973, el trabajo de María Eugenia García en Teatrova, dejaría ver también la huella de quien fue la primera y a la vez insuperable artífice del canto, la palabra, el texto y lo dramático.

Myriam Acevedo en El Gato Tuerto fue noticia en La Habana de entonces, por eso en su edición del 13 de febrero de 1967, el Noticiero ICAIC Latinoamericano le dedicó unos minutos mostrando, en el mismo sitio a donde acudía cada noche a cantar, una de las múltiples aristas de su entrega.


Son las únicas imágenes audiovisuales que se han podido encontrar de Myriam Acevedo en Cuba, precisamente en su último año en Cuba, hoy digitalizadas como parte de un acuerdo entre el ICAIC y el INA de Francia.

En 1968 Myriam Acevedo viajaría con un permiso para trabajar fuera de Cuba; termina radicándose en Roma, Italia, donde morirá muchos años después, el 22 de julio de 2013, a los 85 años de edad. También es éste, al parecer, el único registro como cantante, pues hasta donde sabemos, Myriam Acevedo nunca grabó un disco. Aun así, no pierdo la esperanza de que en alguna parte aparezca una vieja y olvidada cinta con su voz o con su imagen. Valdría la pena tener un poco más de ella.

Agradezco a Jaime Jaramillo, Rey Montesinos y Bobby Jiménez por la colaboración imprescindible.

Rosa Marquetti Torres
Desmemoriados. Historias de la música cubana, abril de 2016.


lunes, 27 de junio de 2016

Ponme la mano aquí, Macorina


Se nos ha ido, como consecuencia de un rayo rezagado de tequila, la buena de Chavela Vargas, una de las más grandes intérpretes de la música popular mexicana.

Gozaba de enorme cariño entre el público español, con el que mantuvo frecuentes contactos desde los más prestigiosos escenarios peninsulares e isleños. Nunca olvidaremos su recital en el auditorio Adán Martín, de Tenerife, en 2006, así como su actuación en un programa de RTVE en el que cantó dos veces la misma canción, por culpa de los efectos del tequila, precisamente. Esa canción no pudo ser otra que su famosa Ponme la mano aquí, Macorina.

Una canción que, junto a La llorona y Piensa en mí, fue pieza clave e inamovible en su repertorio, dado el mensaje prostibulario de los versos, dedicados por el español Alfonso Camín a un personaje llamado María Calvo Nodarse, conocida por el sobrenombre de "la reina de las putas de La Habana".

Señalan sus biógrafos que fue la primera mujer que obtuvo el permiso de conducir en Cuba, como así parecen reflejar una de las estrofas de Macorina: "Ella gasta gasolina / en su carro colorao, / y sigue con el tumbao, / que ella es la gran Macorina".

El autor de los versos, Alfonso Camín, había nacido en Asturias. Se trasladó a Cuba con su familia siendo muy niño. En el país caribeño ejerció el periodismo y escribió poesía para libretos de ópera y zarzuela, participando activamente en el llamado movimiento afrocubano de poesía, como lo demuestra su libro de poemas titulado Carey, al que pertenecen los versos de Macorina, un poema mucho más extenso que la canción que más tarde musicaría Chavela Vargas durante su estancia en Cuba.

El encuentro de los dos en la isla caribeña se produjo en 1950, cuando Chavela había viajado a La Habana por una semana y se quedó a vivir en ella durante dos largos años. De ahí que tuviera oportunidad de conocer a Camín en una de las frecuentes reuniones bohemias en que se intercambiaban poemas y canciones.

Así llegaron a sus manos los versos de Macorina, relata la cantante en su biografía titulada Y si quieren saber de mi pasado (Aguilar, Madrid 2002), título extraído de la famosa canción Un mundo raro, de José Alfredo Jiménez.

Según cuentan algunos estudiosos, como Darío Jaramillo, la primera versión de Macorina fue publicada en la revista madrileña Norte, en 1931. Con posterioridad, Camín añadió a las estrofas el estribillo de Ponme la mano aquí, Macorina, todo un santo y seña que luego llevaría la canción en su vertiginosa propagación por todo el mundo, porque, en su prima etapa y antes de que surgiese la música que le añadió Chavela, era una simple rumba que se originó en un espectáculo del teatro Alhambra, de La Habana, grabada posteriormente por la orquesta de Jaime Prats.

De los versos musicados por Chavela, y como modesto homenaje de reconocimiento a su inmenso talante de mujer luchadora, aquí van algunas de las estrofas de su inolvidable Macorina, tal vez la canción que mejor llegó a identificarla:

"Pon, ponme la mano aquí, Macorina, / pon, ponme la mano aquí. / Veinte años y entre palmeras, / los cuerpos como banderas, / noche, guateque y danzón, / la orquesta tocaba un son / de selva ardiente y caprina, / el cielo un gran frenesí (...) Tus senos carne de anón, / tu boca una bendición / de guanábana madura, / era tu fina cintura / la misma de aquel danzón. / (...) Tus pies dejaban la estera / y se escapaba tu saya, / buscando la guardarraya / que al ver tu talle tan fino / las cañas azucareras / se echaban sobre el camino / para que tú las molieras / como si fueras molino.. (...) Después el amanecer / que de mis brazos te lleva, / y yo sin saber qué hacer, / de aquel olor a mujer, / a mango y a caña nueva, / con que me llenaste al son / caliente de aquel danzón"...

Elfidio Alfonso
La Opinión de Tenerife, 9 de agosto de 2012.

Tres versiones de Ponme la mano aquí, Macorina: Abelardo Barroso y la orquesta Sensación; Charanga Rubalcaba y Raphael.

jueves, 23 de junio de 2016

Cándido Camero en su 95 cumpleaños


El percusionista Cándido de Guerra Camero, más conocido por su nombre artístico, Cándido Camero, nació en San Antonio de Los Baños, La Habana, el 22 de abril de 1921. A la edad de 4 años comienza a tocar el bongó y a los 8, su padre le enseña el tres cubano, instrumento que mucho tiempo después le permitiría acompañar a Ramón 'Mongo' Santamaría y Luciano 'Chano' Pozo.

Como ejecutante del tres, en 1935, con 14 años, debuta profesionalmente. Cándido recuerda cómo su padre le olía las manos, para saber si había estado fumando o bebiendo. Ingresa en los septetos Gloria Habanero y Bolero, de Tata Gutiérrez. Un tío materno lo entrenó en la percusión, y antes de cumplir los 20 años se integra a la orquesta del cabaret Tropicana, bajo la dirección de Mario Romeu.

Camero había empezado a tocar las tumbadoras o congas en 1940, con bandas de jazz de La Habana. Tenía 25 años cuando en 1946 viaja a Estados Unidos, acompañando a un grupo cubano de baile, entre los cuales se encontraban Carmen y Rolando, dos bailarines profesionales con quienes ya había trabajado en el cabaret Faraón, en la esquina habanera de Zanja y Belascoaín. Pero no tenían dinero suficiente para llevar a un bongocero y un conguero en la gira por todo el país.

Es así cómo Cándido decide tocar los dos instrumentos simultáneamente. El éxito no se hizo esperar. Para el público era algo nuevo y raro: por primera vez un músico tocaba congas y bongós.

En 1950, Machito lo presenta a Dizzy Gillespie, y éste al pianista Billy Taylor, con el que trabaja alrededor de dos años en el Downbeat de Nueva York. De regreso a La Habana, Cándido Camero y el conguero Rolando Alfonso colaboraron con el pianista y compositor Bebo Valdés en la creación del ritmo batanga.

En 1953, graba con George Shearing, y ese mismo año reemplaza a Jack Costanzo en la big band de Stan Kenton. Con ella recorre el país tocando el güiro y tres congas, mientras otros músicos tocaban una sola conga o tumbadora. Crea un estilo único al voltear sus congas para obtener notas específicas. Fue el comienzo de una impresionante carrera como percusionista de casi todos los grandes jazzistas de la época, con quienes ocasionalmente alternó en el bongó.

En 1956, diez años después de haber llegado a los Estados Unidos, graba en solitario el primero de varios discos para el productor Creed Taylor y la ABC/Paramount, con los trompetistas Alfredo 'Chocolate' Armenteros, Art Farmer, Bennie Glow, Jimmy Nottingham, Ernie Royal, Charlie Shavers y Nick Travis; los contrabajistas Oscar Pettiford y George Duvivier; el baterista Charlie Persip; el pianista Hank Jones; los saxofonistas Al Conh y Phil Woods; el trombonista Jimmy Cleveland, y los percusionistas Chichuagua Martínez, Machito, Armando Peraza y Patato Valdés.

Es por esa época que Cándido logra adaptar una segunda conga a su set, convirtiéndose en el primer percusionista en usar más de una conga. La aparición de una tercera conga se remonta al año 1950, cuando Cándido siente la necesidad de tocar melodías enteras con sus congas.

A fines de 1961 y principios de 1962, Lalo Schiffrin está a cargo del piano y los arreglos de Conga Soul, donde el bajo Milt Hinton se suma a los habituales. En 1971, Tito Puente aporta arreglos, pailas y vibráfono a la sesión de Brujerías, en la que coincidieron Cachao, Chocolate, Mauricio Smith, Gil López y Chino Pozo. En 1973, Chico O'Farrill firma los arreglos de Drum Fever. A partir de esta fecha, Camero se dedica a hacer grabaciones con importantes figuras del jazz.

En 2008, junto a Quincy Jones y otros cuatro músicos, Cándido Camero es nombrado Maestro del Jazz por el National Endowment for the Arts. En 2009, la Academia Latina de la Grabación, le otorga el Premio a la Excelencia Musical, también concedido a la brasileña Beth Carvalho, el argentino Charly García, la peruana Tania Libertad y los mexicanos Marco Antonio Muñiz y Juan Romero, por considerarlos "artistas que han realizado contribuciones creativas de excepcional importancia en el campo de la grabación durante sus carreras".

Discografía

Candido Calipso Dance Party ABC - Paramount, 1957
Candido the Volcanic ABC - Paramount, 1957
Candido In Indigo ABC - Paramount, 1958
Latin Fire ABC - Paramount, 1959
Conga Soul Roulette Records, 1962
Candido's Comparsa ABC - Paramount, 1963
Candido ABC - Paramount, 1965
Beautiful Blue Note, 1970
Candido 1000 finger man Solid State, 1970
Brujerías de Candido Tico Records, 1971
Candido Drum Fever Polydor LP, 1973
Dancin and Pracin Saulsoul, 1979
Candi's Funk Saulsoul, 1979
Jingo Saulsoul, 1983
The Conga Kings, 2000
The Master, Chesky Records, 2014

A los 82 años y casi siete décadas de carrera artística, Cándido Camero es el protagonista de Manos de fuego, documental que encabeza este post, del realizador cubano Iván Acosta.


Tania Quintero, con informaciones de EcuRed, Wikipedia e Internet.